El testamento de Elías (Provenance 1) 4
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De camino a nuestro hotel, mi móvil sonó.

Era nada más y nada menos que Monseñor Hoffmann.

“Sí, dígame.”

“Sr. Schmidt-Toledano, espero que esta llamada intempestiva no le moleste.”

“En absoluto, Monseñor. ¿Qué puedo hacer por usted?”

“Me preguntaba si tiene alguna información nueva sobre el tema que discutimos en Sevilla.”

“Perdone, pero me pilla en un taxi acuático y con el ruido del motor no le entiendo bien. ¿Podría repetir su pregunta, por favor?

“¿No estará usted en Venecia por un casual? ¡Ah, Venecia, qué bella ciudad! Es usted un hombre afortunado. Le decía que me preguntaba si tiene alguna información nueva sobre el tema que discutimos en Sevilla.”

“Todavía no, me temo.”

“Tengo entendido que ha estado muy ocupado últimamente.”

Ese comentario me sobresaltó.

“¿Qué quiere decir con eso?”

“Un pajarito me ha dicho que ha conseguido descubrir más libros de la Biblioteca de la Comunidad Hebraica de Roma. ¿O estoy mal informado?”

Al principio no supe qué responder. Claramente, había un topo católico en el Tempio Maggiore.

“No me gustan las preguntas retóricas, Monseñor, y estoy ocupado ahora mismo. Pero no se preocupe, me pondré en contacto con usted en cuanto tenga algo que decirle.”

“Lo entiendo, mein Sohn. Pero por favor, no olvide la urgencia y la importancia del asunto en cuestión.”

“Soy muy consciente de la situación, Monseñor.”

“Entonces gracias por sus esfuerzos y vaya con Dios.”

“Adiós, Monseñor.”

Rebecca no hablaba alemán, pero de tonta no tenía un pelo. Cuando colgué, me miró con un gran signo de interrogación en su cara.

“¿Qué ha sido eso?”, preguntó.

“Te lo cuento de ello cuando lleguemos al hotel. Es un tema bastante delicado.”