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Sevilla, unas horas más tarde.
Mi padre tenía un estudio repleto de libros y documentos de su época de diplomático. Después de su jubilación, pasaba la mayor parte de su tiempo leyendo y escribiendo allí. Lo recuerdo sentado en su escritorio, rodeado de esos gigantescos estantes de madera, trabajando en silencio.
Ordnung muß sein. Todo en la vida de mi padre giraba en torno al orden.
Alemán de pura cepa, lo tenía todo perfectamente catalogado y guardado en carpetas claramente etiquetadas.
Era un perfecto burócrata. Ese comportamiento maniático que me irritaba tanto cuando era adolescente me iba a resultar muy útil ahora que tenía que escarbar en su pasado.
Me pasé un buen rato revisando los documentos de la época en que Großvater vivía todavía y de los diez años siguientes a su muerte, pero no pude encontrar nada que relacionara vagamente a mi padre con los papeles que el Sr. Mertens me había enseñado.
Todo lo que encontré fueron cartas e informes relacionados con sus deberes profesionales como diplomático.
En otro momento los habría examinado con mayor atención, pues algunos de ellos parecían ser harto interesantes, pero no tenía tiempo para eso.
Tenía que encontrar pruebas y sólo me quedaba un lugar donde buscar: su caja fuerte, y sabía perfectamente donde se encontraba.
En el Muro de la Vergüenza.
El Muro de la Vergüenza era el nombre que le había dado al gran espacio de la pared donde antes colgaban los cuadros robados de Großvater.
Irónicamente, la caja fuerte había estado oculta justo detrás del cuadro propiedad de Simon Goldberg, aquel cuadro que me había llevado a entablar relaciones profesionales con la familia Cohn y que, por ende, me había puesto en la tesitura en la que estaba en ese preciso instante.
Lo que no sabía en aquel momento era que el contenido de esa caja fuerte era tan horroroso o más que la historia de esos cuadros robados.