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Después de este tentador prólogo, el informe comenzaba con una sorprendente admisión de culpa. Elías Mendes había robado algo de la Biblioteca del Serrallo en Constantinopla durante las actividades de investigación llevadas a cabo por Adolf Deissmann en los años 30:
Herr Deissmann nunca me perdonaría por lo que hice, lo sé.
Traicioné su confianza. También soy muy consciente de que lo que hice fue un robo por el que podría ser enviado a la cárcel.
Pero todo eso me daba igual. Tenía que hacerlo, arriesgando mi propia vida si era necesario.
La recompensa era demasiado tentadora y las consecuencias demasiado trascendentes.
No podía dejar este precioso documento en manos de un profesor alemán, un cristiano, por muy decente y respetable que fuera.
La invitación que Herr Deissmann me envió para ayudarle en la catalogación de la Biblioteca del Serrallo fue una auténtica respuesta a mis plegarias.
Siempre había soñado con tener acceso a esta biblioteca única en el mundo desde que leí las investigaciones de Emil Jacobs sobre el tema.
Como la Biblioteca del Serrallo había supuestamente “heredado” el contenido de la Biblioteca Imperial de Constantinopla, había todo tipo de especulaciones sobre lo que se podría encontrar allí: ¡las obras desconocidas de antiguos filósofos y científicos griegos, los libros perdidos de Tito Livio,
e incluso el original hebreo del Evangelio de San Mateo formarían parte de sus tesoros!
Ahora, y gracias a la investigación de Herr Deissmann, sabemos que la mayoría de su supuesto contenido fue destruido después de la caída de Constantinopla o simplemente era el objeto de una grandísima exageración.
Pero eso tenía poca importancia. No estaba buscando ni documentos griegos ni latinos.
Mi objetivo era completamente diferente.
Un objetivo que no iba a discutir con nadie del equipo de Herr Deissmann.
Durante los últimos años he estado recopilando toda la información que he podido sobre Doña Gracia Mendes Nasi, también conocida como “la Señora”, buscando hechos que corroboren una leyenda que mi abuela me había contado:
Doña Gracia encontró los objetos del Templo de Jerusalén y los guardó en una cueva secreta, esperando que el Mesías viniera y los llevara a Jerusalén, donde se construiría un nuevo Templo y donde todos los judíos volverían para vivir felices para siempre en la tierra prometida.
Nacida en Lisboa (Portugal) en 1510, Doña Gracia Mendes Nasi fue una adinerada judía que se estableció en Constantinopla después de huir de la Inquisición española.
Era una defensora de la causa judía y financió una red que ayudó a muchos conversos a escapar de la persecución.
En Constantinopla, se convirtió en una personalidad muy influyente y mantenía estrechos lazos con el Sultán.
Gracias a esto, obtuvo la autoridad sobre la región de Tiberíades en Tierra Santa, donde quería crear un refugio seguro para judíos perseguidos. Era una sionista avant la lettre.
Por supuesto, una personalidad tan importante y venerada suele ser objeto de mitos y leyendas, la mayoría de ellos probablemente falsos.
La historia que mi abuela me había contado ciertamente se parecía a un cuento para dormir a los niños.
Y, sin embargo, algo en el me atraía inevitablemente.
Mientras que el historiador que hay en mí quería descubrir la parte de verdad en aquel mito, el soñador que soy quería creer en este hermoso cuento.
La menorá, robada por los romanos y representada en el Arco de Tito para nuestra eterna vergüenza, estaría escondida en una cueva secreta.
Y yo, Elías Mendes, descendiente de Doña Gracia, la encontraría y la llevaría a Jerusalén para cumplir la profecía.