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Esperando no tener que ver más a ese despreciable individuo, volví una vez más al Pera Palace para examinar el contenido del sobre en detalle.
Subí por la preciosa escalera a toda prisa y llegué a mi habitación en un estado de inusual ansiedad.
Tiré mi chaqueta en la cama sin más, puse los papeles en el escritorio y me senté frente a ellos.
El contenido de la carta iba a cambiar tanto el curso de mi investigación como el de mi vida:
Roma, 28 de septiembre de 1943
Mon cher ami,
Espero que esta carta te encuentre bien.
Como sabes, estoy en Roma investigando un documento que encontré en la Biblioteca del Palacio Topkapi y que es de gran importancia para mí y para nuestro amigo común.
Como te dije hace algún tiempo, esperaba terminar este informe tan pronto como volviera de mi viaje de estudios por Italia, pero dadas las circunstancias actuales, no sé si podré hacerlo o cuándo.
Si alguna vez logro terminarlo, ten por seguro de que serás el primero al que le pediré que me haga el honor de leerlo para que puedas darme una evaluación honesta de su contenido.
Sabes cuánto aprecio tu opinión profesional.
También me gustaría pedirte perdón por adelantado por haberle enviado esta carta a través de mi hija en lugar de enviarla por correo a tu domicilio.
Soy perfectamente consciente del hecho de que mi cauteloso procedimiento puede haberte sorprendido o incluso alarmado.
Por favor, déjame explicarte por qué procedí de esta manera.
Creo haberte contado que durante mis estudios universitarios en Viena me hice amigo de un estudiante alemán llamado Matthias Paul.
En ese momento éramos sólo dos jóvenes apasionados por la investigación histórica y compartíamos un gran interés por la cultura bizantina.
Como yo era de Estambul, Herr Paul me miraba con una mezcla de respeto y lo que yo pensaba que era una sana envidia.
En poco tiempo nos hicimos amigos inseparables, no sólo para visitar museos y tiendas de antigüedades, sino también para asistir a las fiestas más animadas de la ciudad.
Cuando regresé a Estambul, nos mantuvimos en contacto y me prometió que me visitaría muy pronto, aunque su incipiente carrera académica no se lo permitió de primeras.
No cumplió su promesa hasta algunos años después cuando vino a Estambul en un viaje de estudios.
Me alegré de volverlo a ver y de enseñarle la ciudad, pero pronto me di cuenta del dramático cambio que se había producido en mi querido amigo.
Me habló con rara pasión sobre un nuevo partido político que, según él, iba a sacar a Alemania del humillante estado en el que estaba sumida después de la Gran Guerra.
No necesito explicarte el partido político al que se refería.
Pero debo decir que, tal vez porque todavía me apreciaba o simplemente por interés profesional, nunca mencionó el odio que su adorado Führer profesa por el pueblo judío y se comportó conmigo con la misma familiaridad de antaño.
Tienes que entender que, en ese momento, apreciaba a Herr Paul no sólo como un colega sino también como un muy buen amigo, y no tenía ninguna razón para dudar de su buena fe.
Él conocía mis orígenes judíos desde que nos conocimos y nunca me mostró ninguna animosidad por ello.
Después de esta visita, volvió a Alemania y nos mantuvimos en contacto episódicamente.
En sus cartas parecía particularmente interesado en el trabajo de restauración de Santa Sofía llevado a cabo por Thomas Whittemore y su equipo, del que yo formaba parte, como tú muy bien sabes.
Obviamente, nunca pensé que el interés de Herr Paul fuera más allá de lo puramente académico, así que lo mantuve al tanto de nuestro trabajo con placer.
Con el tiempo, nuestro intercambio epistolar se hizo menos frecuente y no tuve noticias suyas entre 1939 y 1942, cuando Herr Paul me visitó precisamente mientras estaba preparando mi traslado a Zúrich.
Mi viejo amigo había cambiado mucho, casi no lo reconocí cuando lo volví a ver.
Dijo que trabajaba para una organización gubernamental llamada Ahnenerbe.
No necesito explicarte que esta organización representa el lado más tenebroso del régimen nazi.
Por supuesto, me hice el tonto y fingí ignorancia de la existencia y objetivos de esta malvada organización.
Entonces Herr Paul me contó en detalle sus viajes por Europa y Oriente Medio, sin mencionar en ningún momento las bases racistas de sus supuestas investigaciones científicas.
Después de cortejarme durante una larga hora con su admiración por mis publicaciones científicas sobre la historia de Bizancio, fue directo al grano.
Explicó que el motivo por el que había venido a verme era que necesitaba toda la información que tenía sobre la investigación que yo había realizado sobre el contenido de la Biblioteca del Palacio Topkapi para una publicación que él estaba preparando.
Como yo era un gran especialista en este tema y, según él, éramos grandes amigos, esperaba que yo pudiera hacerle ese gran favor.
Por supuesto, yo no estaba dispuesto a poner a disposición de Ahnenerbe años de investigación, así que le dije sólo lo que creía que ya debía saber, añadiendo cuánto lamentaba no poder ayudarle más en su empeño puesto que era un tema que ya no me interesaba.
Herr Paul trató de ocultar su decepción, pero era obvio que no se creyó mis excusas.
Antes de irse, dijo en un tono bastante inquietante que estaba seguro de que nos volveríamos a encontrar muy pronto.
Mucho más extraño fue lo que pasó en los días posteriores a nuestro encuentro.
Una tarde, noté que en mi camino de regreso a casa un tipo me estaba siguiendo.
Era extranjero, y no parecía conocer muy bien la ciudad, así que me las arreglé para despistarlo fácilmente.
Mientras me escondía en un callejón oscuro, pude oírle murmurar en alemán: “Wo ist der verdammte Jude?”
Llámame paranoico si quieres, pero me pareció una extraña coincidencia que un alemán me siguiera justo después de que Herr Paul viniera a visitarme.
En cualquier caso, me mudé a Zúrich al poco tiempo, así que no pensé más en ello…
El caso es que ayer estaba comiendo en un restaurante en Roma y me sorprendió ver a Herr Paul invitándose a mi mesa sin pedir permiso.
Su saludo fue mucho menos cordial de lo habitual, y en su glacial sonrisa vi más desprecio que amistad.
Venía acompañado de dos jóvenes cuyas caras, no sé porqué, me parecían familiares, los cuales se sentaron en una mesa vecina, vigilándome en todo momento.
“Mi querido amigo Elías, ¡qué agradable sorpresa!”
, dijo con un indisimulado sarcasmo. “Es una gran coincidencia encontrarnos de nuevo aquí en Roma, ¿no es así?”
“¿Es realmente una coincidencia, querido Matthias?”
, respondí. Su máscara cayó inmediatamente.
“Veo que te gusta hablar con franqueza”, respondió.
“Mira, sólo puedo decirte que algo va a pasar con los judíos romanos. Algo no muy agradable. Y no te molestes en decírselo a tu amigo el rabino, no hay nada que pueda hacer al respecto. Dicho esto, yo sí que puedo hacer algo por ti.
Puedo asegurarme de que no te pase nada y que puedas volver a tu cómoda vida como profesor universitario en Zúrich. A cambio, sólo necesito que me digas qué estás haciendo en Roma y por qué pasas tanto tiempo en la Gran Sinagoga.”
Por supuesto, me negué a explicar lo que estaba haciendo allí.
Entonces él respondió: “Tú sabrás. Ya no puedo hacer nada por ti, amigo mío.”
Y se fue, diciendo fríamente “nos veremos muy pronto.”
En el momento en que Herr Paul y sus sabuesos desaparecieron de mi vista, fui directamente a la Gran Sinagoga para advertir a la comunidad judía sobre lo que se les venía encima.
Allí trataron de calmarme, diciendo que habían recibido un ultimátum de la Gestapo pero que habían pagado su libertad dándoles una gran cantidad de oro (más de 50 kilos, me dijeron).
A pesar de esas palabras, la seguridad con la que Herr Paul habló de “algo no muy agradable” a punto de suceder me llena de inquietud.
Además, el hecho de que se interesara por mi investigación en la Gran Sinagoga me ha llevado a tomar precauciones urgentemente.
Estoy convencido de que sus sabuesos me han estado siguiendo desde que salí de Zúrich el verano pasado, y quiero evitar a toda costa que el fruto de mi investigación caiga en manos de los nazis.
Por eso, mi querido amigo, te envío esta carta de una manera tan poco ortodoxa. Espero que lo entiendas.
Tan pronto como tenga un poco de tiempo y tranquilidad te escribiré de nuevo para contarte más detalles sobre mis investigaciones en la Gran Sinagoga. Por favor, disculpa que no diga más por el momento, pero nuestro amigo común me ha pedido que sea lo más reservado posible sobre este asunto.
Con mis mejores deseos de la Ciudad Eterna,
Elías
P.D. - Si me pasa algo, encontrarás el fruto de mi trabajo en mi apartamento de Zúrich. Mi hija tiene un juego de llaves.