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Con la caída de los Estados Papales en 1870, todas las restricciones impuestas a los judíos romanos fueron levantadas y el gueto dejó de ser un campo de concentración (porque eso era lo que había sido hasta entonces en el más estricto de los sentidos).
La comunidad judía celebró esta tan esperada libertad erigiendo una nueva Sinagoga, el Tempio Maggiore, en el mismo lugar donde habían estado confinados durante siglos.
En una ciudad llena de campanarios cristianos, su cuadrada cúpula destaca orgullosamente en el skyline romano.
Y si habitualmente las sinagogas muestran las Tablas de la Ley en la fachada como símbolo distintivo, en Roma decidieron añadir la menorá, probablemente una manera de decirle al mundo: el Imperio Romano ha desaparecido y de su esplendor sólo quedan ruinas,
pero la luz de la menorá sigue iluminando al pueblo judío.
El objeto de mi visita al Tempio Maggiore era una cita con Rebecca Romanelli, la bibliotecaria jefa del Archivo de la Comunidad Judía de Roma, para tratar de averiguar que estaba haciendo Mendes en Roma en el verano de 1943.
Tras aceptar sin rechistar las medidas de seguridad draconianas que el Tempio Maggiore impone a sus visitantes) en Roma nadie ha olvidado el ataque sufrido en 1982, cuando terroristas palestinos lanzaron granadas y dispararon a la multitud que salía de un servicio de Sabbat), la Sra.
Romanelli me recibió en la entrada.
Me saludó amistosamente y se presentó en un inglés con suave acento italiano.
Tenía alrededor de treinta años, y su pelo azabache de rizo abundante, su piel de color aceituna y sus atractivos rasgos faciales traicionaban sus orígenes sefardíes.
Ostentaba una sonrisa permanente en su rostro y tenía un encanto típicamente mediterráneo.
Rebecca, como insistió en que la llamara, me llevó a dar un pequeño recorrido por las instalaciones del Archivo Histórico de la Comunidad Judía de Roma.
Considerado como uno de los archivos judíos más importantes de Europa, contiene documentos relativos al período comprendido entre principios del siglo XVI y finales de los años noventa del siglo XX.
Pese a su importancia histórica, las dependencias del archivo eran bastante anodinas, llenas de escritorios equipados con ordenadores y lámparas con lupa para examinar documentos antiguos.
En una habitación separada, había unos armarios blindados que contenían los documentos más valiosos. Rebecca abrió uno de ellos: “Estos son los libros que quedan de la Biblioteca de la Comunidad Hebraica de Roma”, dijo. “Veinticinco en total de unos siete mil volúmenes. Triste, ¿no le parece?”
“En efecto.”
“Cuando los miras puedes imaginar el valor incalculable de lo que los nazis se llevaron. Mire este, por ejemplo.”
Cogió un libro que parecía particularmente vetusto.
“Este es el Machazor Bene' Romi', un libro de 1485 que recoge las oraciones de todo el año. Y este no es el más antiguo que tenemos. Mire aquí: esto es un Jumash, es decir, una Torá en forma de libro, de la escuela castellana.
Es un pergamino manuscrito en código micrografiado en hebreo realizado en Mallorca en 1325.”
“Impresionante.”
“Ahora bien, en cuanto a la pregunta que planteó en su correo electrónico, me temo que no le puedo ser de mucha ayuda en este asunto. Según nuestros registros, el Sr. Elías Mendes solicitó acceso especial a la Biblioteca para fines de investigación. Sin embargo,
no indicó la naturaleza de su investigación o al menos no hay rastros de ella en nuestros registros. Es todo lo que sé.”
“Ya veo. Así que supongo que no puede explicar cómo el Sr. Mendes tenía en su poder un libro de la Biblioteca.”
“No lo entiendo: ¿me está diciendo que el Sr. Mendes tenía un libro de la Biblioteca?”
Sonreí, extraje el precioso paquete de mi maletín y lo puse delante de ella.
Incrédula al principio, abrió el libro y lo repasó con creciente entusiasmo.
“Mire la página 49”, dije juguetonamente. Esa era la página donde estaba el sello en forma de diamante de la Biblioteca.
“Oddio, non è possibile! E bellissimo!”, exclamó.
“El Sr. Cohn me ha confiado la devolución del libro a sus legítimos propietarios. Es todo suyo.”
“¡Muchas, muchísimas gracias!”, exclamó. “No puede imaginarse lo que este libro significa para todos nosotros aquí”, añadió, llorando lágrimas de alegría. “¿Pero por qué no dijo nada antes? ¡Le habríamos dado una recepción digna de un rey!”
“Bueno, digamos que tenemos razones para mantener un perfil bajo en este tema.”
“¿Algo de lo que deba preocuparme?”, dijo con una sonrisa inquisitiva.
“Nada dramático, se lo aseguro. Digamos que queremos mantener el nombre de Elías Mendes a salvo del escrutinio público. Creemos que podría tener un papel clave en la búsqueda del resto de los libros de la Biblioteca.”
Le expliqué cómo encontramos el libro en una caja de seguridad que pertenecía a Mendes, y que estábamos tratando de averiguar la razón por la que mantenía ese libro encerrado en la cámara acorazada de un banco de Zúrich.
Le dije en confianza que, dado su valor, el traslado del libro de Zúrich a Roma a través de Los Ángeles se había hecho tan discreta como ilegalmente, y que David decidió que el lugar y las circunstancias de su descubrimiento no se harían públicos no sólo para evitar problemas con el gobierno suizo
sino también para mantener el nombre de Elías Mendes en secreto.
“Hay una cosa, sin embargo, que realmente me desconcierta”, dijo Rebecca.
“No es posible que este libro haya salido de la Biblioteca, no importa cuán importante fuera la reputación del Sr. Mendes como historiador. El libro no fue vendido, de eso estoy segura, y no he encontrado ninguna documentación concerniente a un préstamo de ningún tipo al Sr. Mendes.
Questo è veramente molto strano...”