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Antes de ir a la Sinagoga, decidí echar un vistazo a la información que el Sr. Blumenthal me había dado.
En efecto, el informe de la Comisión para la recuperación del patrimonio bibliográfico de la Comunidad Judía de Roma robado en 1943 era un resumen útil de la historia de la Biblioteca, pero constituía al mismo tiempo una clara admisión de derrota:
nada en él proporcionaba ninguna esperanza de encontrar los libros en un futuro próximo.
La Comisión había hecho una extensa búsqueda de los libros, y los resultados de esta búsqueda quedaban bien reflejados en el informe.
Sin embargo, parecía que la investigación no había dejado ningún fleco pendiente.
Según el informe, los libros no se encontraron al final de la guerra ni en Hungen, ni en Frankfurt, ni en ningún otro almacén descubierto por el Ejército de los EE.UU. Una posibilidad tomada en cuenta por la Comisión fue que los libros hubieran sido enviados a Berlín, luego a Ratibor en Silesia y,
después de la guerra, a Moscú, donde se habrían guardado como “trofeos de guerra”, aunque no había ningún indicio que pudiera confirmar esta posibilidad.
Y ahí terminaba el rastro. Mi conclusión fue que no quedaban pistas inexploradas y que yo no iba a tener más posibilidades de encontrar los libros que los expertos italianos de la Comisión que habían redactado el informe.