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Como es absurdo e inconveniente que a los judíos, condenados a la esclavitud perpetua por su propia culpa,...
Estas son las primeras palabras (traducidas libremente por un servidor) de la bula del Papa Pablo IV Cum nimis absurdum de 14 de julio de 1555.
Este documento establecía, entre muchas otras restricciones legales, que los judíos romanos debían vivir segregados de los cristianos en un barrio amurallado de la ciudad cuyas puertas se cerraban todas las noches.
Il serraglio degli Ebrei.
El gueto romano.
Aunque hoy en día es sólo un barrio romano más, abierto y disponible para que todo el mundo lo visite y lo habite, sigue siendo el hogar de la comunidad judía romana y la sede del Tempio Maggiore, la Gran Sinagoga de Roma.
Para el ojo inadvertido, pasearse por el gueto romano puede parecer una experiencia poco impresionante: no hay grandes atracciones turísticas ni monumentos notables.
A espaldas del Teatro de Marcelo, la mayor excepción digna de mención es el Pórtico de Octavia, único resto de un edificio romano que originalmente encerraba los templos de Júpiter Stator y Juno Regina y que hoy alberga entre sus muros una antigua iglesia, Sant'Angelo in Pescheria,
nombre que se relaciona con el mercado de pescado que existía allí en la época medieval.
Sin embargo, para la persona atenta o informada, un paseo por sus calles es una lección de historia, ya que cada adoquín es un amplio testimonio de cinco siglos de vida judía en Roma.
Entre los restaurantes kosher y los cafés de moda, uno se puede tropezar con pequeñas placas de latón en el pavimento, llamadas precisamente Stolpersteine en alemán, (literalmente piedras de tropiezo) por su autor, el artista alemán Gunter Demnig,
en las que están inscritos los nombres y las fechas de nacimiento, deportación y muerte de los habitantes del gueto que cayeron presa de la barbarie nazi.
Cuando llegué al frente del edificio donde el Sr. Blumenthal tenía su oficina, vi tres de esas brillantes piezas de metal grabadas con los nombres de miembros de su propia familia, enviados a Auschwitz para no volver nunca más.
Su padre, su madre y su hermana. Me enteré más tarde de que él sobrevivió sólo porque unos vecinos cristianos lo escondieron y lo criaron como su propio hijo.
En la pared junto a la puerta de entrada al edificio, una elegante placa de travertino llevaba la inscripción Beniamino Blumenthal, AVVOCATO.
Pegado al poste de la puerta, una mezuzá anunciaba discretamente que ese era un hogar judío.
En contraste con estos signos tradicionales, un discreto, pero sofisticado sistema de seguridad dejaba claro que las crecientes amenazas antisemitas sufridas por la comunidad judía en los últimos años eran algo que no se tomaba a la ligera en el gueto.
Cuando toqué el timbre, una minicámara instalada sobre el dintel de la puerta zumbó inquisitivamente durante un rato antes de que la puerta se abriese con un suave clic.
El Sr. Blumenthal vino a recibirme personalmente a la recepción.
Era un hombre alto, de pelo blanco y ojos azules con el porte de un caballero italiano de la vieja escuela.
Su traje estaba perfectamente cortado, y sus modales eran exquisitos.
Me invitó a entrar en su oficina con un gesto cortés de la mano, donde me instalé en un comodísimo sofá de cuero.
“Es un placer colaborar con la familia Cohn”, dijo con una cálida sonrisa. “Por favor, extienda mis mejores deseos a ambos, padre e hijo.”
“Por supuesto”, respondí. Los nombres de Albert y David Cohn eran la tarjeta de visita perfecta para casos como este.
“Como le explicaba en mi mensaje,” continué, “mientras investigábamos la vida del historiador turco Elías Mendes descubrimos que tenía en su poder un libro de la Biblioteca de la Comunidad Hebraica de Roma. Por supuesto, nos hace muy felices restituirlo a su legítimo dueño.”
“¡Oh, es una gran noticia! ¿Lo tiene usted aquí consigo?”, preguntó con un indisimulado interés.
Sin responder a su pregunta, saqué de mi maletín un pequeño paquete cubierto con un trozo de tejido de satén. Lo desenvolví con cuidado y puse el libro en la mesa delante de él. El Sr. Blumenthal lo tomó con mucho cuidado, sus ojos brillando de emoción.
“Oh meraviglia”, dijo mientras hojeaba suavemente las páginas del libro.
“Esto fue sólo un golpe de suerte, sabe usted, e ignoramos por qué el Sr. Mendes tenía este libro en su poder. De todos modos, David Cohn me ha encargado que le diga que PROVENANCE está a su disposición para ayudarle en la búsqueda de los otros libros perdidos de la Biblioteca.”
“Estaríamos muy agradecidos si lo hiciera.”
“Por supuesto, necesitaría cierta información para llevar a cabo mi investigación. Mi primera pregunta se refiere al contenido de la Biblioteca. Si lo he entendido bien, no hay un catálogo completo de los libros saqueados por los nazis.”
“Suponemos que la Biblioteca contenía alrededor de siete mil libros de gran valor histórico y religioso. Y digo que suponemos porque su contenido no estaba catalogado como usted bien dice. Esto se explica porque algunos de esos volúmenes eran extraordinariamente valiosos,
y la mejor manera de mantenerlos a salvo de esos ladrones del otro lado del Tíber era ocultar su existencia al mundo.”
“Por ladrones del otro lado del Tíber, ¿quiere usted decir...?”
“El Vaticano, por supuesto.”
“¿El Vaticano?”
“Ciertamente.”
“¿Por qué el Vaticano estaría interesado en el contenido de su Biblioteca?”, pregunté.
“Es algo completamente normal,” respondió.
“La mayor parte de la gente ignora que en Roma ya existía una comunidad judía bastante antes del nacimiento de Cristo y que ha habido una continua presencia judía desde entonces, a pesar de todas las penurias de las que sin duda usted es consciente. Durante todos esos siglos,
los judíos romanos acumularon un gran número de documentos de gran valor histórico, y se puede suponer que algunos de ellos tendrían más de dos milenios de antigüedad. Entre esos viejos manuscritos podrían encontrarse también testimonios de los primeros cristianos que llegaron a Roma.
Recuerde que en ese momento a los cristianos no se les consideraba más que miembros de una secta judía.”
“Pero todo esto no son más que conjeturas, ¿no es así?”, le interrumpí. “Como usted ha dicho hace un momento, no tienen un catálogo de los contenidos de la Biblioteca.”
“Así es. Pero no creerá usted seriamente que nadie en la Sinagoga sabía lo que estaba escondido allí, ¿verdad? Es como decir que el Papa no conoce los objetos más preciosos guardados en el Archivo Secreto del Vaticano.”
“Supongo que tiene usted razón...”, concedí.
“En cierto modo, la Biblioteca era nuestro propio Archivo Secreto, y puede estar seguro de que a cualquier Papa le hubiera gustado echarle un vistazo. Algunos de ellos trataron de acceder a ella, gente poderosa como Carlos V o Napoleón,
pero en cada ocasión logramos poner nuestros documentos a salvo. Desafortunadamente, los nazis tuvieron más éxito. Maledetta efficienza tedesca...”
“Así que básicamente, ¿usted ignora lo que realmente se llevaron los nazis?”
“No completamente. En 1905 Richard Gottheil publicó un artículo sobre los manuscritos bíblicos en las sinagogas de Roma, pero sólo mencionó catorce libros. Más tarde, en 1934, Isaiah Sonne hizo un catálogo de unos cien libros.”
“Espere un momento”, dije sobresaltado, “¿ha dicho usted Sonne?”
“Sí, Isaiah Sonne, un famoso historiador judío.”
Isaiah Sonne... Después de escuchar ese nombre, las intrigantes palabras escritas a mano por Mendes en su lista de viejos libros judíos adquirieron un significado completamente diferente para mí:
Sonne hat es nicht finden können.
Das schaffst du auch nicht!
Mendes no quería decir el sol no pudo encontrarlo.
¡Quiso decir Isaiah Sonne no pudo encontrarlo!
¿Pero qué fue exactamente lo que Isaiah Sonne no pudo encontrar?
¿Y quién era el destinatario de la segunda frase ¡Tampoco lo encontrarás tú!
? ¿Mendes se refería a la banda a la que febrilmente hacía mención antes de morir?
Todo el asunto seguía teniendo poco sentido para mí, pero al menos tuve la impresión de que estaba progresando.
“Así que se podrían identificar unos cien libros de un total de siete mil. ¿Qué hay del resto? ¿Cómo podríamos identificarlos?”
“Buena pregunta. La única manera de identificarlos es a través de uno de los sellos de la Biblioteca, siempre y cuando no haya sido borrado por algún vendedor sin escrúpulos.”
“¿Qué aspecto tienen esos sellos?”
“Aquí los tiene .” El Sr. Blumenthal me mostró fotos de una serie de sellos en su portátil. Uno de ellos me resultó muy familiar.
“Encontramos este mismo sello en el libro que estaba en posesión de Elías Mendes. Aquí lo puede ver”, dije, mostrándole la página sellada del libro.
“Exactamente, esa es la mejor manera de autentificar la procedencia de los libros. Hemos descubierto otros dos manuscritos con un sello de la Biblioteca que se guardan en el Seminario Teológico Judío de Nueva York. Tenemos un microfilm con imágenes de los dos libros,
pero no podemos probar que formaban parte de los libros saqueados por los nazis en 1943.”
“¿Cómo es posible que dos libros de la Biblioteca terminaran en Nueva York?”
“Buena pregunta. Como dije antes, no sabemos qué pasó con los libros de la Biblioteca durante la guerra. Sabemos que los nazis se los llevaron, pero el rastro se perdió en algún lugar entre Italia y Alemania a finales de 1943.
Los contenidos de ambas bibliotecas fueron enviados a Frankfurt en diferentes trenes y algunos de los vagones nunca llegaron a su destino final. Sospechamos que los libros de la Biblioteca estaban en esos vagones.”
“¿Y qué pasó entonces con esos vagones?”
“Ni idea.”
“Pero un vagón de tren no se pierde así como así. Especialmente el vagón de un tren nazi.”
“No tenemos ni idea, y esto es lo que hace que la búsqueda de la Biblioteca sea tan difícil. Sabemos con certeza que los libros pertenecientes a la Biblioteca del Colegio Rabínico llegaron a su destino y fueron almacenados en el Castillo de Hungen, a 50 kilómetros al norte de Frankfurt,
donde fueron posteriormente encontrados por el Ejército de los Estados Unidos. Sin embargo, no había rastros de aquellos que pertenecían a la Biblioteca de la Comunidad Hebraica. Por lo que sabemos, los vagones podrían haber sido destruidos en un ataque aéreo en el camino al castillo de Hungen.
Puedo proporcionarle toda la información documental que tenemos, pero antes debería empezar con esto.”
El Sr. Blumenthal fue a uno de los sobrecargados estantes de la habitación y cogió un documento.
“Este es el Informe de la Comisión para la recuperación del patrimonio bibliográfico de la Comunidad Judía de Roma robado en 1943. Aquí encontrará toda la información que necesita, aunque me temo que no será de gran ayuda. En resumen,
la conclusión del informe es que no hemos encontrado ninguna pista prometedora.”
“Lo leeré con gran atención, muchas gracias,” le contesté.
“Sólo me queda una última pregunta. Como le mencionaba en mi mensaje, PROVENANCE está interesada en saber qué hacía el Sr. Elías Mendes en el Tempio Maggiore en los días previos a la redada del gueto romano. ¿Tiene alguna información sobre este tema?”
“Me temo que no puedo serle útil en este asunto. Sólo puedo decirle que no hay ningún Elías Mendes en la lista de personas que fueron deportadas de Roma a Auschwitz. Será mejor que lo intente en la Sinagoga, a lo mejor tienen algún registro de su presencia allí.”
Después de agradecer al Sr. Blumenthal su tiempo e información, salí de su oficina con más dudas que certezas.
¿Por qué una biblioteca llegó a su destino y la otra desapareció?
Puedo entender que, debido a su inconmensurable valor histórico (y pecuniario), la Biblioteca de la Comunidad Hebraica fuera tratada de manera especial, pero ¿cómo era posible que no quedara ningún rastro de ella, sabiendo el celo burocrático empleado por los nazis en todo lo que hacían?
¿Y qué pasó con Mendes? ¿Por qué terminó en Theresienstadt en lugar de ser deportado a Auschwitz junto con los judíos romanos?