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Una limusina de cristales tintados me esperaba a mi llegada al aeropuerto de Los Ángeles. Un chófer estirado y almidonado me condujo sin mediar palabra a mi hotel, donde tuve el tiempo justo para dejar la maleta y refrescarme un poco antes de que prosiguiéramos camino a la mansión del Sr. Cohn.
Siendo la primera vez que visitaba la meca del cine, descubrí no sin un cierto asombro que Beverly Hills es un auténtico museo de arquitectura al aire libre.
A lo largo de sus famosas avenidas y bulevares se encuentran buenos ejemplos de diferentes estilos arquitectónicos: por supuesto el estilo colonial español, pero también todas las tendencias de los años 30, 40 y 50, además de obras maestras de la arquitectura contemporánea.
Sin embargo, el gran Albert Cohn no estaba interesado en ninguna moda pasajera.
Su deseo cuando empezó a planear la construcción de su casa en Beverly Hills era recrear el Jugendstil de sus años vieneses.
Su imponente mansión era, en cierto modo, una síntesis de diferentes edificios creados por el arquitecto Otto Wagner en su ciudad natal.
Era como si quisiera dejar claro un aspecto: vine, vi y conquisté Hollywood, pero en el fondo sigo siendo un judío vienés del viejo mundo.
Al llegar a la residencia del Sr. Cohn, y pese al espectacular marco arquitectónico, no pude evitar el darme cuenta del sistema de seguridad de última generación que me auscultaba desde todos lados.
La mansión era una fortaleza protegida por la más alta tecnología, y por ello no me sorprendió del todo que el mayordomo del Sr. Cohn estuviera esperándome en el exterior y se dirigiera a mí por mi nombre: “Sr. Schmidt-Toledano, el Sr. Cohn y su hijo solicitan el placer de su presencia”,
me dijo en un tono muy profesional, guiándome dentro del edificio.
Al abrir la puerta principal, decorada con delicados motivos florales en hierro repujado, sentí como si una máquina del tiempo me hubiera retrotraído a la Viena de los años 30.
Hollywood no existía entre esas paredes.
“Mein lieber Otto, es un placer poder saludarte en persona”, dijo el Sr. Cohn con una gran sonrisa.
Me recibió en su imponente biblioteca, que no sólo estaba llena de magníficos libros encuadernados en cuero, sino que también estaba decorada con exquisitos muebles de principios de siglo y con lo que parecían ser cuadros originales de Klimt y Schiele.
Obras que nunca había visto antes en mi vida.
Pese a sus casi cien años de edad, Albert Cohn lucía una figura imponente.
Famoso por ser un hombre muy atractivo en su juventud, en años posteriores adoptó un estilo más propio de un patriarca bíblico, con una larga barba blanca y una melena correspondiente.
Su rasgo más llamativo eran sus ojos, de color azul hielo, intensos y penetrantes.
En su mirar, uno podía sentir que dentro de ese decrépito caparazón se escondía el espíritu de un jovenzuelo.
A su lado, la presencia de David era paradójica.
Mientras que el parecido físico entre padre e hijo era notable, David daba la impresión de ser un espíritu mucho más profundo y duro: tranquilo y reservado, rara vez sonreía o mostraba alguna emoción en particular.
“Es un honor para mí, Sr. Cohn”, respondí, tratando de ocultar lo intimidado que estaba.
Debió darse cuenta, porque me respondió de la manera más cordial: “Oh, por favor, Otto, nada de formalidades conmigo. Llámame Albert, por favor.”
Y después de decir esto, me tomó por el hombro y comenzó a caminar pausadamente. “Dime, Otto, ¿qué sabes de mí?”
“Bueno, lo que todo el mundo, Sr. Cohn. Digo, Albert. Usted es un productor de fama mundial con innumerables éxitos de taquilla. Es un filántropo generoso. Y en lo que me toca, Usted es el presidente y fundador de PROVENANCE. “
“Bueno”, dijo riéndose, “esa es sólo la versión resumida de mi currículum oficial. Estoy seguro de que también has oído cosas, digamos, más picantes, pero no deberías creer todo lo que dicen de mí. En realidad, mi vida ha sido mucho más interesante de lo que cuentan. Por favor, toma asiento.
Me gustaría contarte mi verdadera historia.”