El susurro de las amapolas Epílogo
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Epílogo

Cerrar el círculo

La novela se publicó a los dieciocho meses, el mismo tiempo que le ocupó a Julia escribir la primera.

Ahora, con un sello editorial totalmente nuevo y renovado, Julia goza de la cercanía de unos editores que no la tratan como un mero producto, si no como lo que es: una persona que cuenta historias.

Ahora más que nunca, Julia ansía contar todo lo que lleva dentro. Ha encontrado su voz, la que tantos años ha estado oculta, y por fin ha acabado siendo lo que ahora es.

Una escritora de éxito.

El Palacio de la Prensa está abarrotado el sábado por la mañana. Multitud de lectores y lectoras residentes en Madrid se han acercado a la plaza de Callao para asistir a la presentación de su escritora favorita, la reina del thriller en castellano: Julia Lazkano.

—Díganos, señora Lazkano, ¿a qué viene ese cambio de nombre? —pregunta un hombre del público que tiene en la mano un ejemplar de la última novela de Julia.

—Lo primero, podéis tutearme. —Julia estalla en una carcajada que se contagia a todas las personas de la sala—. Lo segundo, ¿te has leído ya la novela? —le pregunta al hombre.

El susodicho niega con la cabeza.

—Pues para saber por qué ahora mi apellido es Lazkano, tendrás que sumergirte en sus páginas.

Otra mujer alza la mano.

—¿Por qué contar esta historia? ¿Qué es lo que tiene de especial?

—Creo que esta novela es la que me define a mí como escritora.

Con El Susurro de las Amapolas me he reencontrado no solo con el oficio, sino conmigo misma.

Ahora, respondiendo a lo que me preguntas, considero que es esencial contar nuestra historia, ya sea una realidad ficticia o no.

Debemos conocer lo que pasa para ser conscientes en lo que nos convertimos.

Yo quería contarla porque se lo debía a mis dos familias, la de Madrid y la de Praixze.

Yo quería hacer justicia con lo que sucedió en ese pueblo y hablar de otros temas.

Esta historia no es solo una trama de suspense, yo quiero pensar que es parte de algo mucho mayor; habla del fanatismo, de la culpa, del valor de la familia encontrada y de muchas otras cosas que iréis descubriendo conforme os enfrasquéis en la lectura.

—Me chivan por el pinganillo, Julia, que nos queda tiempo solo para una pregunta antes de dar comienzo a la firma —avisa la presentadora que está sentada al lado de Julia.

Por último, un adolescente que no tendrá más de dieciocho años levanta la mano.

—¿Cuál será tu próxima novela?

—No eres el primero que me lo pregunta, ya sabéis que no me gusta mucho adelantar nada de mis futuras obras, pero como hoy estamos en confianza, os voy a adelantar algo de mi futuro trabajo narrativo.

Todos en la sala están pendientes del discurso, por primera vez, Julia está a punto de revelar los primeros esbozos de su próximo libro.

—Mi próxima novela no será thriller, como todas mis obras. La catalogo como una comedia romántica. Voy a contar una historia que me nació hace mucho tiempo, una que no pude contar por presiones de mi antigua editorial. Aún no tiene título definitivo, pero, ¿queréis verlo?

—¡SÍ! —responde toda la sala al unísono.

Julia hace una seña al equipo de control y estos aprietan varias teclas.

Las luces se apagan y la pantalla se enciende.

Se muestra entonces una imagen dibujada, en La Gran Vía, concretamente. Ahí hay un chico y una chica, ambos jóvenes. Se están abrazando mientras Madrid sigue vivo.

Debajo puede leerse el título del siguiente proyecto de Julia:

PROYECTO KARMA

Cuatro horas más tarde, Julia por fin ha terminado de firmar a las seiscientas personas que han acudido a la presentación.

—¿Te vienes a tomar algo, Julia? —le pregunta su nueva editora.

—Lo siento, Carmen, pero estoy molida. Creo que voy a irme directa a casa, necesito descansar.

—Bueno, si cambias de opinión, o simplemente quieres que te haga compañía, llámame.

Julia y Carmen se despiden. Julia pilla un Uber para que la lleve directa a casa, está cansada no solo de la presentación, sino por todo lo que ha tenido que vivir en tan poco tiempo.

Ha empezado a ir a terapia para sobrellevar la pérdida de sus madres y todo lo relacionado Olmo, aunque ahora por lo menos todo el mundo va a conocer su historia.

Cuando llega a la puerta de su casa, escucha varios ruidos dentro, como si alguien estuviera moviendo los muebles o yendo de un lado para otro.

Julia abre la puerta, temerosa, y prepara en su teléfono el número de emergencias solo por si acaso.

—¿¡Quién está ahí!? —pregunta a viva voz.

Se tranquiliza cuando ve salir de la cocina a Carlos, su hermano, con una tortilla de patata recién hecha entre sus manos.

—Joder, tate, ¡qué susto! Me podías haber avisado de que venías.

—Es que entonces no habría tenido gracia, era una sorpresa, vamos a celebrar tu cuarta novela. Siéntate, que solo me queda llevar el vino.

Julia le obedece y se sienta en el sofá. Carlos llega con dos copas de vino tinto y le da a Julia la suya. Ambos brindan y beben.

—¿Cómo va todo por Praixze? ¿Cómo están papá y la tía?

—Todo normal, como siempre. Enriqueta cotilleando, Concha sirviendo carajillos, Morales sobreviviendo como puede a un pueblo de mierda y papá y la tía viviendo por fin sus vidas en paz.

—Menos mal que todo ha acabado... con Olmo muerto y tú recuperado ya nadie tendrá de lo que preocuparse.

Julia se acerca a su hermano y le da un prolongado abrazo. Ambos estrechan sus cuerpos con fuerza.

—Te quiero mucho, Julia.

—Y yo a ti, Carlos.

Es entonces cuando este esboza una inquietante sonrisa.

—Isaac —le replica este.

A Julia se le hiela la sangre nada más escuchar el nombre.

—¿Cómo dices? —le pregunta preocupada.

—Mi maestro me hacía llamar Isaac.

Julia se zafa del agarre de su hermano, intenta golpearle, pero no puede. Se levanta rápido del sofá, pero de pronto su visión se nubla. La copa de vino no tendría que habérsela bebido.

Julia cae desplomada en el suelo. Aún está consciente, pero por poco tiempo.

—¿Qué estás haciendo?

—Cumplir la última voluntad de mi maestro. Él me preparó durante años para este momento. Sabía lo que iba a suceder, sabía que él no sobreviviría y por eso me dejó un último encargo.

—¿Qué encargo? —Julia se intenta mover, pero su cuerpo está totalmente paralizado.

—Terminar lo que empezó hace treinta años. Cazar a la única presa que se le resistió.

La conciencia de Julia se va fundiendo a negro, no le queda mucho para perderla por completo.

—No tendrías que haber vuelto nunca al pueblo, Julia, tendrías que haber seguido con tu vida.

—¿Qué vas a hacerme?

—Vas a suicidarte, Julia.

—No, yo nunca haría eso, nadie se lo va a tragar. Papá sabe que has venido, lo sabrán todo. Déjame, Carlos, tate, por favor...

—No creo que debas de preocuparte por nuestro padre ni por nuestra tía, ambos se han reunido con mamá.

—¡¿Qué les has hecho?!

—Lo mismo que te voy a hacer a ti.

—Nadie se lo va a creer, yo soy fuerte.

—¿Seguro? Una escritora que ha vivido una situación traumática que ahora depende de las benzodiacepinas; que ha admitido que es un fraude a la que su antigua editorial está presionando... ¿Quieres que siga?

Julia ya está totalmente inmóvil, le quedan apenas unos segundos de lucidez antes de dormirse por completo.

Carlos se saca un sobre de la chaqueta y se lo coloca a Julia entre sus manos.

—No...

—Es tu nota de suicidio, según la crítica, será lo mejor que hayas escrito.

Julia se deja vencer por el sueño, pero antes de dejar de oír, escucha...

—Era tu destino y el nuestro, Julia, él quería que fuese así. Ya te advirtieron que esta historia solo podía cerrarse con tu muerte. Dulces sueños, hermanita...

Un fundido a negro.