El susurro de las amapolas 90
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Un nuevo presente

Julia abandonó el pueblo de Praixze ese mismo día.

Tardó poquísimo en hacer otra vez la maleta. Las prisas por volver a Madrid y reencontrarse con su hijo le consumían por dentro.

Se despidió de doña Enriqueta con una promesa, que iba a volver a verla todos los años cuando pudiera.

También le dijo adiós a Concha y le agradeció todo lo que había hecho por ella.

Se fue en autobús para despedirse de su tía, y Julia le dijo que el peligro había pasado.

Por último fue a despedirse de su padre y de su hermano.

—¿Vendrás a vernos pronto? —le preguntó su hermano.

—Pues claro que sí —respondió ella—. Y os llevaré a Madrid para que veáis mundo y os lo paséis bien en la capital.

—Te quiero mucho, hija. —Eso fue lo único que le consiguió decir su padre, al que se le había formado un nudo en la garganta.

—Y yo también te quiero, papá.

Por último, antes de marcharse en un coche que le prestó el seguro, Julia les dio un gran abrazo a los dos durante diez eternos minutos.

Por esos diez minutos, mereció la pena todo el viaje.

Julia llegó a Madrid por la noche y lo primero que hizo fue ir a casa de Jacobo.

—Julia... —exclamó cortado—. Ya has vuelto de tu viaje. ¿Qué tal todo?

Sin ni siquiera responder, Julia se lanzó directa a sus brazos. Jacobo no rechazó la caricia, al contrario, la aceptó de buena gana.

—Perdóname por todo el daño que te he hecho, he sido una idiota que no ha sabido aprovechar el pedazo de hombre que eres. Dale la enhorabuena a Elena porque va a casarse con un hombre maravilloso. Te mereces ser feliz y todo lo bueno que te pase.

Los antiguos amantes volvieron a abrazarse, sellando el perdón.

—¡Mami! —exclamó un niño pequeño con una vocecilla de pito.

—¡Hola, mi amor! —Julia corrió a abrazarlo y a besarlo—. Te he echado tanto de menos, pequeñín.

—¿Quieres quedarte a cenar? —le preguntó Jacobo con una sonrisa—. Hemos pedido un par de pizzas y Elena está a punto de llegar.

—Me parece una idea fantástica —admitió Julia mientras cruzaba el umbral de la puerta con el niño en sus brazos.

Esa noche los cuatro rieron, hablaron , se perdonaron...

Y Julia cerró el primero de los círculos.

El segundo lo cerró al día siguiente, frente a una lápida en el cementerio de La Almudena.

Allí volvió a encontrarse cara a cara con sus dos padres. Su madre, impresa en una foto superpuesta en una lápida de mármol. Su padre, de carne y hueso limpiando la tumba.

—Hola, hija —saludó Tomás.

—Hola, papá.

Sobra decir la cantidad de besos, abrazos y carantoñas que se dieron nada más verse.

—¿Cómo estás, cariño?

—Ahora que he cerrado mis heridas, muy bien.

—Me alegro —admitió Tomás con una sonrisa en el rostro.

—Papá, quiero que tú y mamá, allá donde esté, sepáis que habéis sido los mejores padres que una puede tener.

Habréis cometido errores, sí, pero me habéis querido como si fuera vuestra hija de sangre.

Y quiero que sepáis que eso no va a cambiar nunca.

Vosotros siempre vais a ser mis padres. Ahora no voy a tener unos verdaderos y unos postizos, no.

Voy a tener dos familias. Y eso es lo que más me gusta del mundo.

Tomás besó a su hija envuelto en un mar de lágrimas después de aquel discurso.

Ambos se quedaron charlando delante de la lápida hasta que les dieron las mil.

El tercer y último círculo Julia lo cerró nada más entrar por la puerta de su piso caro, amplio y hermoso situado en pleno centro de Madrid.

La volvió a invadir una sensación de euforia, que creía extinguida en su ser. Sintió ese chispazo en su pecho que prendió la llama de ese fuego que lo hacía todo fácil.

Dejó la maleta en una esquina del salón y lo siguiente que hizo fue irse a dar una buena ducha caliente para poder ponerse el pijama a toda prisa.

Después se fue a su despacho.

Cerró la puerta.

Apagó el móvil.

Subió las persianas.

Abrió las ventanas.

Dejó que la habitación se oreara.

Escuchó el ruido ambiente de la capital.

Sacó el ordenador de su cajón.

Se desmelenó.

Encendió el aparato.

Y se puso a escribir en una página en blanco.

Las primeras palabras que puso fueron:

El Susurro de las Amapolas