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La ascensión de Pentecostés
Olmo Mendoza tiene la cara hecha un cuadro y el cuerpo totalmente magullado para cuando el teniente tiene los nudillos de ambas manos destrozados.
El párroco escupe una buena cantidad de sangre y vuelve a levantarse.
—No se corte, teniente. Golpeame cuanto quieras. Será la única manera de saciar tu dolor. Porque sabes una cosa: no vas a volver a ver a tu hija porque la maté yo —la última parte de la frase Olmo la susurra para conseguir un efecto más dramático—.
Otra ráfaga de golpes más.
—No me importa el dolor que estoy sintiendo ahora, teniente.
Dios sabe que es un precio a pagar por un bien mayor.
Nada se compara al placer que sentí al planear cada una de sus muertes.
Nada va a superar la satisfacción que sentía al ver los cuerpos de esos pecadores mutilados.
Daría todo el dinero y empeñaría todas las riquezas que posee El Vaticano con tal de volver a ver el sufrimiento en sus ojos.
La manera en la que miraba el féretro blanco de su hija no tenía precio, me hacía sentir la mejor persona del mundo.
Y después su mujer remató la faena y le provocó un vacío que sigue arrastrando hasta hoy.
El teniente apoya el cañón de su pistola en la frente de Olmo y lo hunde para que se arrodille todavía más.
—Eso es, hágalo —le ordena—. Sucumba a sus pensamientos y ábrame un tercer ojo. Acabe con esto de una vez. Recuerde que cuando yo pase de forma grandiosa por las puertas del cielo, voy a ir a por su hija.
Olmo sonríe de forma siniestra mientras los hilos de sangre se cuelan por los huecos de los dientes. Está al límite de sus fuerzas, sabe que en ese momento se decide todo.
Sabe que el teniente le va a poner punto y final a su historia.
El teniente Brueca desplaza su dedo hasta el gatillo.
—Púdrete allá donde vayas, hijo de la grandísima puta —sentencia Brueca.
Acto seguido, aprieta el gatillo.
Olmo Mendoza no escucha el disparo que le mata.
El párroco cae al suelo con la frente destrozada.
El teniente le vacía el cargador en la cabeza, solo por asegurarse de que no vuelva a la vida este falso profeta. Siete balas más que acaban hundiéndose en el cráneo de Olmo Mendoza.
Brueca suspira aliviado al saber que El Hombre de las Amapolas ha caído muerto.
Su reinado del terror ha acabado de la mejor manera posible.
Pero a esta historia todavía le queda un poco para cerrarse.