El susurro de las amapolas 75
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El ángel de la guarda

Érase una vez un hombre que contagió su pasión a una pecadora.

Amaia llegó a la casa de Dios buscando consuelo y lo único que recibió fue la falsa promesa de un profeta que solo quería agradar a su amo.

Amaia se sinceró con Olmo porque, aunque ella no fuera del todo creyente, no pudo retener el peso de la culpa dentro de su cuerpo.

Amaia le contó la verdad a Olmo y este se aprovechó. Vio un enorme potencial en ella y lo que hizo fue intentar convertirla en su discípula.

No fue difícil darle un ejemplar de la Biblia que contuviera su droga alucinógena en polvo. En cuanto ella deslizase las páginas y se llevara las manos hacia la cara, poco a poco iría sucumbiendo al influjo de Olmo.

Pasó exactamente así.

Primero las voces susurrándole al oído, después las visiones de los arcángeles y por último se convirtió en canal, al igual que Olmo.

Solamente que Amaia creía que de verdad estaba hablando con Dios. Pero, en la más cruda realidad, era Olmo el que mantenía conversaciones con ella para manipularla.

Olmo probó la fe de una madre que estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de proteger a sus hijos.

Por lo que quiso saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

Olmo descubrió a la mano derecha de Roberto Díez, el marido muerto de la hermana de Amaia.

Le llamó alegando que sabía dónde estaban los asesinos de su socio.

Pero, el 28 de agosto de aquel año Amaia desapareció de la faz de la tierra y Olmo no tenía señuelo para inculpar a Klaus por los asesinatos de Praixze.

El alemán amenazó a Olmo y al párroco no le quedó más remedio que acabar con él. Le drogó y le pidió que confesara que él era el autor de los asesinatos.

Acabaron por matarlo en la cárcel debido a un ajuste de cuentas.

Mientras, Amaia junto con su hija seguía desaparecida. Olmo la buscó durante años, convencido de que había sido descubierto y que en cualquier momento Amaia iba a delatarle.

Hasta que Julia volvió treinta años más tarde. Marco, su padre, no le contó la verdad en su primera visita. Fue él, de manera inconsciente, el que llevó a Olmo a las puertas del refugio subterráneo en el que se ocultaba Amaia.

Se la llevó esa misma noche.

Se coló en casa de Xabier y, aprovechando que toda la pandilla estaba de vuelta en el pueblo para celebrar la aparición de Julia, lo drogó para que matara tanto a Amaia como a sus amigos.

Así todo encajaría a la perfección. Madre y amigos muertos nada más reaparecer. Mataría dos pájaros de un tiro. No pudo impedir lo de Toni Morantes, así que tuvo que solucionarlo él mismo deprisa y corriendo.

Pero ahora todo se ha ido a la mierda, nada ha salido según lo planeado.

Si quiere complacer a su Dios y terminar la cadena que él empezó, Olmo Mendoza va a tener que mancharse las manos de sangre.