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El refugio de la condenada
Amaia Marín permaneció más de doce mil días muerta para el mundo, refugiándose en un zulo a tres metros bajo tierra.
Julia aún desconoce por qué su madre acabó viviendo en un agujero como ese, pero lo va a descubrir dentro de unos pocos minutos.
El agujero que le servía de refugio a Amaia no está mal cuidado, es espacioso y gracias a una pequeña lámpara de aceite se ilumina un poco el agujero.
El zulo cuenta con una estructura de tabiques de madera para sujetar la tierra, por eso no se ha producido ningún derrumbe. Están apuntalados y las paredes están forradas con tablones de madera.
En una esquina hay una especie de colchón inflable junto con un par de cojines y una manta. También hay algunos peluches y demás utensilios que sirven para el entretenimiento.
—Así que mi madre estuvo aquí durante todos estos años.
Marco asiente.
—¿Ahora te quedas callado? Se suponía que después de traerme hasta aquí ibas a explicarme lo que sucedió con mi madre.
—Eso será mejor que te lo cuente ella.
Ahora sí que a Julia se le desorbitan los ojos. Como ahora baje por la trampilla una mujer parecida o calcada a su madre, se caga por las patas abajo.
Pero no.
Nadie baja, no hay ninguna otra persona en ese búnker.
Julia mira a su padre desconcertada, increpándolo con la mirada porque no sabe a qué se refiere.
Cuando Marco capta la expresión de su hija, señala a una de las paredes del búnker.
La mirada de Julia sigue la trayectoria de las pupilas de Marco.
En la pared que ambos están mirando, hay un pequeño ladrillo que no cuadra con la madera.
El truco más básico, esconder algo en las paredes con algo fácilmente identificable.
Julia va hacia la pared y saca el ladrillo, que deja al descubierto una especie de compartimento mucho más grande que lo que acaba de sacar.
Mete la mano hasta el fondo y, aunque le cuesta un poco, nota como algo le roza los dedos.
Sigue inclinándose un poco más para ganar distancia, las yemas de los dedos ya tocan un poco más la superficie del objeto. Comienza a traer hacia sí, con pequeños movimientos, lo que sea que esté al otro lado.
Con un poco de esfuerzo, Julia consigue sacar el misterioso objeto.
Se trata de una caja de madera oscura, de esas que tiene la superficie lisa y ningún dibujo.
Esta caja está personalizada porque tiene grabado en ella el nombre de Amaia.
Parece que la hendidura se hizo con un cuchillo o con una piedra porque aunque el nombre se puede leer perfectamente, no ha quedado del todo fino.
Julia quita con cuidado el cierre y abre la misteriosa caja.
Dentro, hay una serie de cintas de radiocasete y una grabadora antigua.
Cada cinta tiene un número grabado. La numeración va del uno hasta el cinco, por lo que Julia ha llegado a la conclusión de que debe escucharlas en orden.
Va hacia el colchón y se sienta.
Julia se pone los auriculares para escuchar mejor las grabaciones y, sin decirle nada a su padre que la mira de forma expectante, saca la primera cinta.
La introduce en la grabadora, le da al botón de reproducir y comienza a escuchar la voz de su verdadera madre.