El Sitio Abierto Capítulo 9 — Las tensiones
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Capítulo 9 — Las tensiones

Lo que ocurrió el noveno día en el campamento ilustraba algo que Ixchel había observado en todas sus misiones sin excepción: el aislamiento siempre terminaba por encontrar una grieta por la que colarse.

No necesariamente de forma dramática. A menudo de una forma casi invisible: una palabra mal dicha, una tarea mal repartida, un silencio que duraba un poco más de la cuenta.

El noveno día, Marco y uno de los porteadores tuvieron un altercado por un instrumento de medición.

El porteador lo había movido sin avisar.

Marco, que trabajaba de manera sistemática y necesitaba saber exactamente dónde estaba su material, lo encontró en un lugar donde no lo había dejado y reaccionó con una brusquedad que sorprendió a todos.

No era gran cosa. En la ciudad, habría pasado en un minuto. En la selva, a nueve días de la partida, con los cuerpos cansados y un calor constante que se había filtrado en todo, no era poca cosa.

Ixchel dejó pasar unas horas antes de intervenir.

Había aprendido a no interponerse en las fricciones demasiado rápido: intervenir de inmediato significaba que la gente ya no pudiera resolver sus propios conflictos, y esa incapacidad generaba una dependencia de la mediación que debilitaba a los equipos a largo plazo. Así que esperó.

Al final de la tarde, habló con Marco a solas.

—El instrumento. ¿Estaba dañado?

—No.

—Entonces el problema es que lo movieron, no el instrumento en sí.

—El problema es que necesito saber dónde está mi material. Si no lo sé, pierdo tiempo buscándolo. Y el tiempo que tenemos aquí no es infinito.

—Es justo —dijo Ixchel—. ¿Se lo explicó, o solo reaccionó?

Marco guardó silencio un momento.

—Reaccioné —dijo por fin.

—Entonces explíquele. Puede que no supiera que eso importaba tanto. Hay personas que no han trabajado con este tipo de material y no saben que el orden forma parte del protocolo.

Marco fue a hablar con el porteador esa noche. Ixchel no supo con exactitud qué se dijeron. Lo que vio fue que, a la mañana siguiente, los dos hombres trabajaron uno junto al otro sin tensión visible, y que el porteador guardó el material en su lugar sin que nadie se lo pidiera.

Anotó eso en su cuaderno de misión: no el incidente, sino la resolución. La forma en que la gente podía ajustarse si se le daba la posibilidad de hacerlo por sí misma.

* * *

Elías anotó otra cosa sobre el noveno día. Anotó que Salvador había sido el único en reír durante el incidente entre Marco y el porteador. No una risa burlona. Una risa casi imperceptible, como la de un hombre que ve en una pequeña situación algo reconocible y ligeramente absurdo.

Más tarde le preguntó qué le había parecido gracioso.

—Dos hombres serios discutiendo por algo que ninguno de los dos puede controlar realmente —dijo Salvador—. El material va a estar donde vaya a estar. Los hombres van a hacer lo que vayan a hacer. Y se pasan veinte minutos sufriendo por eso.

—¿Cree que no había que sufrir por eso?

—Creo que en la selva uno sufre por lo que no puede cambiar, y eso no sirve de nada. Uno trabaja sobre lo que sí puede cambiar, y eso sí sirve. La frontera entre las dos cosas es lo que se aprende aquí.

Elías anotó esa formulación. Era simple y certera. Más certera, pensó, que muchas cosas que había leído en manuales de gestión de equipos en entornos hostiles.

—¿Aprendió eso en la selva?

—Lo aprendí de mi padre. Él lo aprendió de la selva.

—¿Y su padre, a qué se dedicaba?

—Cazador. Campesino. Como su padre. Lo mismo desde hace mucho tiempo.

—¿Y usted?

Salvador sonrió.

—Yo llevo arqueólogos de paseo por la selva. Eso es nuevo en la familia. Pero la lección es la misma.