El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) El Trueno de los Caídos
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El Trueno de los Caídos

La puerta se cerró con un crujido suave. Afuera, la noche volvía lentamente a su forma habitual, aunque ya no parecía la misma. Lo invisible había dejado huella, como una herida sin sangre.

Dentro de la casa, el ambiente era denso. Nadie hablaba. Las paredes de piedra, torcidas por los años, parecían más estrechas que nunca.

Kael caminaba de un lado a otro con los puños cerrados. Una fina escarcha se formaba cada vez que exhalaba, sin querer. Thoren se sentó pesadamente sobre un banco de madera reforzada. Solo Ara permanecía cerca de la ventana, sin apartar la vista del cielo oscuro.

—Nos vieron —gruñó Kael finalmente, rompiendo el silencio con voz ronca—. Cada maldita trampa, cada ruta, cada punto de escape. Todo lo que hicimos… puede que ya no sirva de nada.

—No solo eso —añadió Thoren, apretando los nudillos—. Vendrán preparados. Ya saben cómo esquivar. Cómo moverse. Cómo rompernos.

—¿Y si nos tendieron esta calma como carnada? —susurró Ara, sin girarse—. ¿Y si cada día de paz fue parte de su juego?

La pregunta cayó como plomo. Nadie la rebatió.

Samvarg, desde la mente de Kael, se hizo presente:

“El cazador que muestra sus ojos… no siempre busca asustar. A veces solo quiere que sus presas se muevan”

Kael frunció el ceño.

—¿Y qué se supone que hagamos? ¿Quedarnos quietos?

Valgor respondió desde lo profundo, resonando con gravedad:

“No. Pero tampoco correr sin dirección. Los ojos no ganan batallas. La unión, sí. Y ustedes aún no han usado todo lo que son”

Lume, silencioso, dejó ver un pulso de luz suave. Ara volvió la mirada. Comprendió: no estaban solos.

—Tal vez no podamos evitar que vengan —dijo ella, girándose hacia los otros—. Pero sí podemos hacer que les cueste cada paso.

Thoren asintió con lentitud. Kael no dijo nada, pero la rabia en su rostro comenzó a enfriarse. El hielo se disipó.

Fue entonces que la puerta se abrió con suavidad. La figura de la anciana Elsha apareció envuelta en sombras. Se apoyaba en el marco, encorvada, pero había firmeza en su presencia.

—Escuché lo suficiente —murmuró—. Y si quieren que les diga algo… ustedes no me deben nada. Pero están aquí, igual. Por gente como nosotros. Gente que los trató mal, los insultó, los rechazó.

Caminó hasta el centro de la habitación. Sus pasos eran cortos, pero cada uno resonó como si el suelo la reconociera.

—He visto muchos venir. Muchos prometer. Muchos esconderse. Ustedes no corrieron. Ni una sola vez.

Ara bajó la mirada. Kael cruzó los brazos. Thoren la miró directo.

—Ustedes están heridos. Rotos por dentro —continuó Elsha, sin levantar la voz—. Pero siguen de pie. ¿Quieren saber qué vi cuando los vi discutir allá afuera? Vi que estaban dispuestos a morir por todos nosotros, incluso por los que no los querían aquí.

Silencio.

—Eso no lo hace cualquiera. Eso se llama valor. Y si llega el final… no estarán solos. Yo… estaré aquí. Hasta donde el cuerpo me lo permita.

Se sentó. Temblaba un poco, pero sus ojos estaban firmes.

—Puede que hayan visto un ojo en el cielo. Pero aquí abajo, hay muchos ojos que los ven a ustedes. Que comienzan a creer, aunque sea un poco.

Kael tragó saliva. Thoren le puso una mano en el hombro a Ara. Nadie sonrió. Pero algo se aflojó, invisible.

Fue entonces cuando la anciana miró hacia la puerta. Vaciló.

—Ah, casi lo olvido… —dijo, más despacio—. No soy la única que vino a hablar.

Ara frunció el ceño. Thoren se giró. Kael alzó la vista.

Y en el marco, dos siluetas se dibujaron. Una, baja, frágil, con ojos enormes que ya habían llorado demasiado. Otra, más alta, con el rostro endurecido por el miedo… y la culpa.

Miko. Y su madre.

La mujer dio un paso, con la voz rota:

—Si aún quieren escucharme… también estoy lista.