El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Ojos en el Cielo
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Ojos en el Cielo

La noche avanzaba densa y húmeda, como si el aire mismo estuviera cansado de cargar con el peso del silencio. Las hogueras crepitaban suavemente en las plataformas elevadas.

Un murmullo se encendió como fuego lento. Otros miraron. Algunos señalaron. Una linterna de llama controlada iluminó un poco más… y ahí estaba.

Una esfera flotante, negra como el abismo, inmóvil sobre ellos.

—¿Qué es eso? —dijo uno de los hombres, con la voz rota.

No era una estrella. No era un ave. No era una criatura.

Y entonces, una chispa azul brotó de uno de sus costados, casi imperceptible, como un pequeño relámpago eléctrico.

Kael levantó la cabeza de inmediato. Sus ojos, entrenados para la caza, se fijaron en el objeto.

—¿Ara, tú lo ves?

Ella asintió con lentitud. Lume, junto a ella, brilló tenuemente. Estaba alerta.

Thoren ya estaba en movimiento. Su conexión con Valgor se sintió como una vibración bajo la piel. El titán de tierra alzó la cabeza, y luego emitió un zumbido profundo desde lo más hondo de su garganta.

“Nos observan. Nos estudian. Esto no es cielo... esto es vigilancia”

Samvarg, desde las alturas, giró su cuello y clavó la mirada en el objeto. Su mente se unió a la de Kael con claridad glacial:

“Ese ojo no busca. Ese ojo ya sabe”

Los tres se tensaron al instante.

—¿Desde cuándo ha estado ahí? —preguntó Ara, sin ocultar el escalofrío que le recorría la espalda.

—¿Cómo es posible que no lo hayamos visto antes? —masculló Thoren.

No hubo respuesta.

Solo rabia.

Kael alzó el brazo y formó un fragmento afilado de hielo concentrado. El aire a su alrededor bajó varios grados. Se mantuvo firme, apuntando.

—Vas a caer… —susurró.

El proyectil silbó en el aire como una lanza maldita. Pero justo antes de tocar al objetivo, este desapareció y apareció un metro más allá, con un destello eléctrico seco.

Zztt.

Un rayo. Un susurro de energía. Y otra vez inmóvil.

Los ojos de Kael se abrieron con asombro… y luego se endurecieron.

—No es solo rápido… —dijo—. Es relámpago. Literalmente.

Ara lanzó una raíz espinada como látigo. El objeto se corrió en un ángulo imposible, dejando tras de sí un pequeño eco azul.

Thoren no esperó más. Hizo brotar del suelo varias piedras fundidas, flotando con energía, y las disparó una por una con fuerza brutal. Todas fallaron.

—¡Maldita cosa! —gruñó.

El cielo chispeaba en breves fogonazos. Y más abajo, la ciudad observaba en tensión.

Los murmullos ya no eran discretos.

—¿Nos estaban viendo desde hace días?

—¿Nos van a atacar otra vez?

—¿Esos monstruos vienen de vuelta?

Algunos retrocedieron hacia las casas. Otros se arrodillaron. El miedo había regresado sin previo aviso. Como una enfermedad vieja que nunca se curó del todo.

Kael subió en una plataforma de piedra que Thoren formó bajo sus pies. Juntos ascendieron. Samvarg, desde los riscos, gruñía bajo. Valgor se preparaba para embestir lo que fuera.

Y cuando parecían estar cerca… el objeto simplemente ascendió.

Rápido. Silencioso. Como un rayo que no hizo ruido.

Las nubes lo tragaron. La noche volvió a ser solo noche.

Y todos quedaron con los ojos fijos en un punto vacío del cielo.

Ara bajó la cabeza. Lume se encendió suavemente, como si consolara el momento.

Kael y Thoren se quedaron unos instantes buscando aquel objeto, sin éxito. Por fin descendieron en silencio. Los aldeanos no sabían si preguntar o correr.

Fue entonces que Samvarg habló, a través de Kael:

“El cielo miente. El peligro no siempre ruge... a veces observa. En silencio. Hasta que olvida que alguna vez fuiste libre”

Y Valgor completó, su voz tan profunda que pareció romper huesos:

“Teman al ojo… pero prepárense para la mano que lo controla. El ojo no hiere. La mano, sí”

Las personas guardaron silencio. Muchos miraron al suelo. Otros alzaron la vista, con más miedo que antes.

Kael habló al fin:

—Nos han visto. Todo lo que hicimos. Cada paso.

Thoren apretó los dientes.

—Y vendrán a cobrárselo.

Ara cerró los ojos por un segundo. Respiró hondo.

—Entonces que vengan.

Nadie aplaudió. Nadie gritó.

Solo se quedaron ahí, mirando al cielo, como si aún esperaran ver otra chispa, otro ojo, otra señal de que ya no estaban solos en la oscuridad.

Y aunque no lo sabían con certeza… en lo más profundo, todos lo sintieron:

El juego había cambiado.