La Sobreviviente #2
—Sí... y no. —La mujer levantó la cabeza, la voz le temblaba—.
Después de pelar por varios minutos, su cuerpo estaba muy débil.
En un acto final, cuando ya lo rodeaban, cuando la ciudadela desplegó más de esas malditas antenas que le robaban su poder…
el Titán de Electricidad se elevó con un grito ensordecedor.
El cielo se partió. Las nubes se arremolinaron como una corona de tormentas, y él ascendió con ellas.
Se perdió entre relámpagos que no dejaban de estallar.
Era como ver a un dios sangrando luz. Cada paso suyo provocaba temblores, cada aleteo, huracanes.
Y luego… desapareció. Sólo quedó el trueno, el fuego, el vacío.
Kael imaginó esa escena con el corazón latiéndole en el cuello. El Titán, herido, perdiéndose en lo alto, mientras abajo la traición ganaba terreno.
—Pero… —dijo la mujer, respirando hondo—. Aunque se fue, sabíamos que algo andaba mal. Porque después de esa batalla… la ciudadela creció. Avanzó como una plaga. Las estructuras aumentaron. Las luces… brillaban más intensas. Se alimentaban de lo que le robaron. De él.
—¿Y ustedes? —preguntó Thoren— ¿Cómo escaparon?
—Pasó un tiempo. No sabemos cuánto. Nos mantenían encerrados.
Nos… inyectaban cosas. Nos obligaban a soportar combinaciones.
Nos metieron elementos que no debían convivir.
No uno, ni dos… ¡tres! —exclamó con rabia contenida—.
Era una locura. Un cuerpo no puede soportarlo.
Se desgarra desde adentro, se convierte en algo antinatural.
Kael se inclinó hacia adelante.
—Ningún humano sobrevive a más de un elemento. — volvió a repetir.
La mujer asintió, furiosa.
—Lo sé. Y sin embargo… lo hicieron. Nos usaron como conejillos. Algunos explotaban. Literalmente. Otros… mutaban. Hubo un momento en que ya no sabíamos quién era quién.
—¿Y entonces huyeron?
—Sí. En medio de uno de los experimentos, un grupo… logramos salir. No sabíamos a dónde ir, solo corrimos. Bajamos de aquel infierno. Cruzamos ruinas, cenizas, desiertos… hasta llegar a esta ciudad abandonada. Un lugar sin nombre. Muerto, olvidado… como nosotros.
Ara bajó la mirada. Sentía el eco de esas palabras muy dentro de su pecho.
—Pero no tardaron en encontrarnos —dijo la mujer—. Vinieron por nosotros. Nos cazaban como animales. Y entonces decidimos que no moriríamos así. Nos levantaríamos. Usaríamos lo que nos habían dado. Aunque fuera inestable. Aunque nos destrozara desde dentro.
Se hizo un silencio más denso.
—Aquí… ya vivían otros. Refugiados. Escondidos entre las sombras. Nos dieron comida, agua… techo. Nosotros les dimos algo a cambio: fuego. Fuerza. Protección. Y cuando llegaron de nuevo… peleamos.
Kael notó que sus labios temblaban de dolor.
—Mi hermano... —murmuró, casi para sí—. Él… lo sabía. Sabía que estábamos fallando. Que no duraríamos. Así que cuando nos acorralaron… se quedó atrás. Usó todo lo que le quedaba. Su cuerpo ya no era suyo. Era un recipiente a punto de estallar. Y estalló. Como una estrella negra.
Las palabras colgaron en el aire. Nadie se atrevió a romperlas.
Kael miró hacia la lejanía, donde aún quedaban jirones de humo flotando entre los edificios ruinosos. La ciudad sin nombre se alzaba como un testigo silente de la guerra que nunca cesaba.
Y en lo alto, la ciudadela, lejana pero cada vez más presente, seguía creciendo… alimentada por la sangre de titanes.
—¡¿Y el Titán del Viento?! —exclamó Thoren, con los puños apretados.
—Ya no queda nada de él. Solo su sombra. Su tribu se vendió. Se olvidaron de quiénes fueron. Ahora son jueces, técnicos, burócratas. Su sangre está tan corrompida como su cielo.
»Y la tribu de la naturaleza… ya no canta. Ya no danza. Solo sobrevive. Agoniza entre raíces podridas.
»La ciudadela avanza, crece. Cada año más alta, más cruel. Y lo peor… es que nadie la detiene.
»La próxima vez que ataque… no quedará tierra firme.
La mujer comenzó a toser. Un hilo de sangre escapó por su labio. La madre de Miko la sostuvo, mientras Kael y Ara se miraban sin poder hablar.
Thoren se giró. Su voz era como un filo:
—Entonces no podemos seguir huyendo.
Kael asintió. Por primera vez en mucho tiempo, el miedo ya no dolía. Ardía. Como una promesa.
Nadie habló.
El aire pesaba como un derrumbe.
Ara tenía el rostro hundido entre las manos.
Kael miraba al suelo, las pupilas sin foco.
Thoren temblaba, pero no de miedo. De impotencia.
La mujer exhaló.
—Desde entonces estoy así. Conectada. No viva. No muerta. Suspendida. Recuerdo… y espero.
Kael alzó la mirada.
—¿Esperas qué?
La joven miró hacia donde sentía a Samvarg y Valgor.
Y respondió:
—Que ustedes terminen lo que empezamos.
✦ Flashback: “El Día Que No Terminó”
La habitación está en silencio.
El único sonido es la respiración costosa de la mujer postrada, cada exhalación un lamento silente. Su piel está llena de cicatrices, algunas abiertas, otras cristalizadas, y sus ojos vacíos no ven el presente, sino que están clavados —atrapados— en el ayer.
Y de pronto...
La oscuridad de la habitación se disuelve y el pasado irrumpe como un zumbido ardiente. No como un recuerdo limpio, sino como una fractura mental. Vemos desde sus ojos, pero todo está distorsionado: los bordes se doblan, los colores tiemblan, y los sonidos llegan como susurros gritando.
(Interior – Ciudadela Subterránea, minutos antes del fin)
La resistencia corre por callejones bañados en sangre. La ciudad arde desde abajo. No hay gritos... ya no. Solo el siseo metálico de los drones acercándose.
Ella (entonces joven, con cabello trenzado y la piel manchada de hollín) tropieza mientras intenta mantener a salvo una flor elemental de savia, símbolo de vida de su tribu. Pero ya no hay tribu.
Su hermano está a su lado. Un joven de rostro duro, cubierto de cicatrices recientes, respirando con dificultad. Y en sus ojos hay una certeza aterradora: va a morir.
—No mires atrás —le dice con voz áspera—. Corre. Tú tienes que contar lo que fue real.
Un enjambre de drones ninja cae como lluvia, surcando el cielo ennegrecido. Llevan las marcas de Vaeron, y sus ojos de plasma azul emiten silbidos mientras rotan cuchillas y lanzan dardos sónicos.
El hermano la toma del brazo.
—No me dejes —le suplica ella—. ¡No puedes!
Pero él la abraza. No con ternura. La envuelve en un capullo como una barrera de tallos gruesos, carne, hueso y tormenta.
—Perdóname.
Su cuerpo se abre desde el pecho. Literal. Su carne se quiebra con un chasquido orgánico y de su interior emerge un resplandor múltiple, como si tres soles chocaran dentro de él: un remolino de viento cortante, lianas vivas y relámpagos que gotean sangre.
No debía tener tanto poder. Ningún portador lo tiene. Ninguno puede. Es antinatural. Prohibido. Pero en él está. Se lo impusieron.
Los drones detectan el aumento de energía. Sus ojos cambian a rojo. Bajan.
—¡NO! —grita ella. Pero ya no tiene voz. Solo piel desgarrada.
Y entonces explota.
Pero no hacia fuera.
La implosión es tan brutal que el aire mismo se traga. Las casas no vuelan... se colapsan hacia adentro como si fueran absorbidas por el vacío. El cielo tiembla. La tierra se pliega.
El hermano se convierte en un núcleo atómico de poder elemental. Viento, naturaleza y electricidad estallan al unísono.
Los drones y personas son devorados por igual, sus cuerpos reventados en un destello que parece no tener fin. Las estructuras son arrancadas desde la base y despedazadas. El concreto se derrite.
Y ella... ella queda en el centro de todo.
Su piel se quema. Su cabello se consume. El mundo gira y gira. Los huesos de su espalda se fracturan contra la presión inversa. Pero él la cubre hasta el último momento.
Su torso lo abraza como un capullo hecho de energía, como si su cuerpo se fusionara con el escudo elemental que libera.
Luego, todo cae.
(De regreso al presente – Habitación oscura)
Ella no puede hablar. Tiene un tubo en la garganta. Solo sus ojos tiemblan. Una lágrima corre entre los surcos de una cicatriz.
—…él me… salvó…
Kael se queda inmóvil. Ara toma su mano, presionándola. Thoren desvía la mirada.
—¿Qué viste después? —pregunta Kael con la voz ronca.
Ella hace un esfuerzo inhumano y mueve los dedos. Señala hacia la ventana rota de la habitación.
—...el cráter...
Lentamente, los protagonistas se acercan y miran nuevamente desde la colina donde está la choza.
Y ahí está. Esta vez lo ven diferente, lo entienden.
El cráter.
Enormemente circular. No solo un hueco. Una herida perfecta, como si el suelo hubiera sido arrancado de raíz. En el centro, una figura ennegrecida por la radiación elemental aún se distingue... los restos calcinados del hermano, petrificado con los brazos extendidos hacia donde ella fue lanzada.
Ara no pudo más.
La confesión de la joven postrada se le había metido debajo de la piel, entre los huesos, como una espina envenenada que se arrastraba por su pecho.
Su respiración se volvió errática, sus ojos se llenaron de algo más que lágrimas: era una mezcla de rabia, impotencia, y horror.
Sin una palabra, se levantó abruptamente de la silla y salió de la habitación como si escapara de un incendio.
Thoren reaccionó al instante. Sin pensarlo, fue tras ella.
Kael dudó. Dio un paso, pero no salió. Se quedó en el marco de la puerta. Sus manos estaban crispadas. Había fuego en su interior, helado como su esencia. Volteó lentamente hacia la cama donde yacía la sobreviviente.
La mujer lo observaba sin pestañear.
Silencio.
Detrás, en una esquina, la madre de Miko bajó la mirada. La anciana simplemente cerró los ojos, como si recordara cada palabra, como si cada frase de la historia recién contada la hubiera regresado a una herida mal cerrada.
Kael habló al fin, con la voz firme, cargada de gravedad:
—Ya no podemos huir. Ya no hay camino de vuelta. Esto… esto no se puede ignorar.
Nadie respondió.