Fragmento de Recuerdo — Vorghal, años atrás #3
De un momento al otro, el monstruo rompió su prisión con una sacudida. Las piedras colapsaron sobre los guerreros cercanos, aplastándolos como insectos.
Una figura intentó escapar. Un capitán joven.
Su grito quedó ahogado por un impacto. Su cuerpo se evaporó.
Garokh, aún en pie, respiraba con furia. Su armadura de roca estaba agrietada, su maza deshecha. El polvo le impedía ver, pero sabía que la lucha no podía parar.
—¡Valgor! ¡¡Por favor!!
El coloso de roca cargó una vez más, con la fuerza de mil montañas. Golpeó al Errante con el lomo, lo elevó parcialmente, lo arrastró. Cráteres se formaron, dunas se deshicieron, grietas devoraban todo a su paso.
La Tierra Contra la Nada.
El mundo se caía. El cielo era una herida abierta, y el suelo un cadáver abierto por la mitad.
Garokh lo sabía. Había dado órdenes, había visto a los suyos morir uno a uno. Había sentido su propia maza quebrarse. Pero aún quedaba una última carta.
El líder se arrodilló, puso ambas palmas sobre el suelo, y rugió algo en lengua antigua, una oración grabada solo en los corazones de los ancianos de Vorghal.
—¡Khar’morak val Thaur! ¡¡La Sangre se levanta!!
Y la Tierra respondió.
Rocas y placas tectónicas se partieron para fundirse a su alrededor. Su cuerpo fue engullido por un coloso de piedra viva, una figura humanoide gigantesca de veinte metros, con runas encendidas y brazos como montañas.
Garokh había construido su tumba… y su última arma.
Con voz amplificada por el eco de la roca misma, rugió:
—¡¡ERRANTEEEE!! ¡¡YO SOY GAROKH, HIJO DE VORGHAL!! ¡¡Y NO PASARÁS SObrE MI SANGRE!!
El coloso de Garokh corrió a zancadas gigantes, cada paso sacudiendo el suelo. A su alrededor, guerreros aún con vida lo ayudaban: disparaban piedras ardientes, alzaban muros, catapultaban montañas.
Garokh, desde el interior de su avatar, lanzó una secuencia de ataques feroces: Puños que creaban cráteres al impactar, estalactitas que caían como meteoritos desde el cielo, gritos de furia transformados en ondas sísmicas.
El Errante fue rodeado.
Por primera vez, retrocedió un paso. No por miedo, sino por reacción.
Garokh se lanzó al pecho del titán. Cada golpe que daba retumbaba como truenos entre las montañas.
—¡¡MUEREEEE!! —rugió mientras descargaba sus últimos puños, cada uno más violento que el anterior.
Y entonces, el Errante lo sintió.
No visualmente. No espiritualmente. Solo como vibración. Como una molestia. Una picadura. Una espina bajo la piel.
Su cabeza giró hacia abajo.
Y descendió la mano.
No fue rápida. No fue precisa. Pero cayó como el juicio final.
Garokh alzó un brazo del coloso de piedra para defenderse. Fue partido en dos. El siguiente golpe le aplastó el torso. La roca estalló, el cuerpo crujió. Su sangre fue absorbida por la arena. Su cráneo, destruido. Su legado, sellado con un chasquido seco.
Su última mirada fue hacia el cielo… esperando que al menos sus hijos vivieran.
El Errante levantó el brazo.
Valgor se giró, rugiendo con toda la desesperación de los Titanes antiguos. Se impulsó hacia el titán oscuro, intentando golpearlo.
No lo logró.
El Errante descargó una palmada contra Valgor.
El impacto generó una onda expansiva, formando un cráter inmenso. El polvo ocultó la luz del sol. No fue un ataque preciso. Pero fue suficiente.
El Errante, molesto, movió una mano… con torpeza.
Y en esa simple reacción, golpeó a Valgor en el cuello.
No fue un golpe fuerte. Pero fue suficiente.
Valgor voló.
No como una bestia vencida. Sino como una simple hoja… lanzada por un dios sin alma.
El aire se partió.
Valgor salió disparado hacia el este. Su cuerpo voló como una montaña expulsada. El mundo se convirtió en un torbellino. Rocas. Lluvia. Viento. Gritos.
Valgor salió volando, con cientos sobre su espalda.
El cielo giró. El mundo cayó. Montañas enteras se quebraron.
A una velocidad absurda, cruzó valles, montañas y cielos como una estrella fugaz de tierra.
Valgor rebotó por el suelo, cada impacto rompiéndolo, creando cráteres, destruyendo más refugios.
Los gritos eran ahogados por el estruendo.
Los núcleos de resguardo en su cuerpo comenzaron a fracturarse.
Las rocas estallaban, los cuerpos eran lanzados, triturados, convertidos en polvo.
Sangre y cuerpos eran aplastados, algunos lanzados por los aires y despedazados en su caída.
La sangre manchaba el lomo del titán. Algunos niños, mujeres y ancianos morían antes de entender qué ocurría aplastándolos como insectos dentro de una roca viva.
Carne, hueso y piedra se mezclaron en una sinfonía de muerte, un poema de muerte irónica.
Cada impacto era una sentencia.
CRAAAAAAK. El polvo fue teñido con sangre.
Gritos apagados. Silencio. Estallido. Silencio. Estallido. Silencio.
Uno a uno, los núcleos dejaban de ser.
Dentro de uno de ellos, Thoren y Miko intentaban aferrarse a la vida. El núcleo giraba violentamente, se agrietaba.
—¡No te sueltes! ¡NO TE SUELTES!
Pero la cápsula cedió. Una grieta se abrió
¡PAH! Una abertura. Un vórtice. Y la presión la succionó.
—¡THOREN! —gritó Miko, aferrándose a su brazo.
Sus manos se resbalaron. Sudor. Sangre. Tierra.
Miko fue arrancada al vacío.
Su grito fue largo… luego, nada.
—¡¡MIKO!! —Thoren rugió con la garganta rota, lloró, golpeó la piedra, sin poder hacer nada.
Thoren sintió un golpe seco. Todo giró. Todo se apagó.
Oscuridad.
Valgor rodó por kilómetros. Detuvo su cuerpo cuando ya no quedaba fuerza. Cuando ya no quedaba tierra que destruir. Cuando ya no había nadie que proteger.
La roca ardía. Los cráteres eran infinitos.
La sangre del pueblo de Vorghal… estaba grabada en su espalda.
Solo el viento quedó.
Y el recuerdo de una voz.
“Un día… reconstruiremos juntos un nuevo clan.”
Pero esa voz… ya no tenía padre.
Ni madre.
Ni hermana.
Solo piedra.
Y dolor.