El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Fragmento de Recuerdo — Vorghal, años atrás #2
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Fragmento de Recuerdo — Vorghal, años atrás #2

Los sabios no entendían, pero Valgor sí. El titán giró lentamente su cabeza pétrea hacia el horizonte. Su respiración profunda, como un trueno contenido, calló a todos.

Thoren alzó por fin la mirada al horizonte, más allá del altar, más allá del titán, más allá del polvo y del alboroto. Y allí, entre las sombras de los riscos, el paisaje se comenzaba a dibujar gris.

El vigilante, aun intentando hablar, también se quedó mirando al cielo.

—No… no puede ser…

Un grito desgarrador atravesó la multitud.

Y todos vieron la roca.

No una, ni dos. Cientos de masas negras caían del cielo como meteoritos. La primera golpeó el centro de la explanada, pulverizando a una decena de personas en un instante. Sangre, piedra y polvo ascendieron como una flor de muerte.

La ceremonia se volvió un infierno.

Pero por un momento todos se detuvieron, mirando con horror y asombro. Una sombra crecía.

Desde lo alto de la montaña más próxima, algo se movió.

No... algo agarró la montaña. Una mano esquelética, negra como la noche sin luna, se aferró a la roca, y con un movimiento lento pero aplastante, la desgajó como si fuera polvo.

El estruendo fue inimaginable. Las partículas y la tierra se levantaron como una tormenta.

De entre esa nube espesa, apareció él.

Alto. Antinatural. Un cuerpo delgado, casi sin carne, huesos expuestos, piel pegada, oscura y reseca.

Su rostro oculto bajo un yelmo deformado que en su interior solo ofrecía una oscuridad que devoraba la luz, de donde colgaban cadenas rotas y oxidadas.

Caminaba, como si no supiera que tenía piernas.

Su andar era arrastrado, torpe y cada paso mataba la hierba.

El cielo se volvió gris. Los colores, opacos. La vida, sofocada.

Valgor lanzó un bramido que estremeció el aire. Su cuerpo se alzó, y sin dudar, embistió hacia el enemigo. Una embestida que podía partir una montaña.

Su golpe hizo que la tierra entera temblara. Pero cuando impactó al Errante, no hubo sangre, no hubo grietas, no hubo nada. El Errante apenas giró la cabeza.

Y con un gesto seco, por puro instinto, colocó una mano en el cuerno de Valgor. Apretó, cerro sus dedos y hundió el rostro de Valgor en el firmamento. La tierra crujió. Creando un cráter que levanto polvo y piedras.

—¡ACTIVEN LA DEFENSA! —rugió el padre de Thoren, Garokh, mientras empuñaba su maza de granito fundido.

Valgor, el bisonte colosal se liberó y se alzó con un rugido telúrico.

Guerreros emergieron de todos los rincones, con espadas de obsidiana y escudos tectónicos. Estos guerreros, imbuidos ya de sus dones, se alinearon frente al coloso.

—¡Atrás! ¡Lleven a los niños al refugio! —gritó Braena, empujando a Thoren y Miko hacia la caverna cercana.

Pero Thoren se detuvo. —¡Padre... no..!

Garokh intercambió una mirada con su hijo. Una mirada que lo dijo todo: “vive”.

El caos estalló nuevamente. Casas se derrumbaban. Gente gritaba. Guerreros con poderes lanzaban bloques de roca, columnas, cadenas de tierra viviente... todo se deshacía en cuanto tocaba al enemigo.

—¡A los refugios! ¡¡Todos!! —gritó el padre de Thoren, Garokh, mientras levantaba una muralla de tierra con sus manos.

Pero del cielo seguía lloviendo muerte.

Más y más fragmentos descendían, arrancando pedazos del santuario, torres, casas y cuerpos por igual. El joven Varek soltó su corona, temblando. Su conexión con la Tierra se fragmentaba.

—¡No puedo! ¡Esto… esto no estaba en las historias! ¡¡NO PUEDO!! —gritó, intentando correr.

Thoren lo vio. Se miraron.

Varek bajó la cabeza, avergonzado, y huyó.

Un proyectil lo aplastó segundos después. No quedó nada.

—¡Valgor! ¡¡Protégenos!! —clamaron los sabios.

El bisonte colosal bramó con una fuerza que rompió el aire. Desde su pecho surgieron enormes estructuras de piedra viva, colosos de 20 metros dispuestos a luchar hasta el fin. La tierra tembló cuando golpeó el suelo con sus patas y una muralla de piedra se alzó como defensa.

Pero el Errante sintió este obstáculo y giró lentamente. Su brazo se alzó con lentitud, como una guadaña del fin. Lo bajó con violencia... y partió en dos la muralla.

Garokh esquivó apenas. Otro golpe errante arrasó el altar de los sabios. Polvo y fuego. Cuerpos volando.

Los soldados lo atacaron desde los flancos, con picos de tierra, lanzas de cristal. Nada lo detenía. Donde sus manos golpeaban, la tierra se partía y moría.

Valgor embistió, el suelo tembló. El bisonte rugió como un dios herido. Su cuerpo colosal embistió al Titán, empujándolo hacia la ladera.

Pero el Errante no cayó. Solo retrocedió... y volvió a avanzar, girando con una fuerza antinatural, lanzando a Valgor hacia el aire. El bisonte chocó contra una montaña, desatando una avalancha.

—¡MIKO! —gritó Thoren, abrazando a su hermana mientras caían piedras a su alrededor.

Braena los alcanzó justo antes de que una roca cayera. Con sus poderes levantó una cúpula de minerales y los empujó hacia una cueva de tierra. Pero esta no resistiría demasiado.

—¡Cuídala! ¡No se separen jamás! —les ordeno.

Valgor al ver que a sus pies todo era ruina y destrucción tomo una decisión.

El titán sabía. El titán entendía. Nada sobreviviría ahí abajo.

Entonces creó los escudos de roca o núcleos de resguardo en su cuerpo.

No eran cápsulas simples. Eran cavidades esféricas de piedra, cubiertas por varias capas móviles que se cerraban como capullos minerales.

De esta manera estarían más a salvo. Algunos los subieron voluntariamente.

A otros, Valgor los proyectó con torres lanzadoras que creaba a sus pies, alrededor de él, alzándolos hacia su espalda y encapsulándolos con cuidado entre las placas vivientes de su cuerpo.

La montaña viva protegía a su pueblo.

—¡Vamos! ¡¡Vamos, niños, suban!! —gritaba Braena, al ver lo que Valgor hacía, ayudando a los más pequeños.

Ella empujó a Thoren y Miko hacia un escudo que comenzaba a cerrarse.

—¡Madre! ¡¡Tú también!! —gritó Thoren, llorando.

—¡Siempre! ¡Yo los alcanzo! ¡¡Siempre!! —respondió ella, mientras volvía por más niños.

Los ojos de Miko brillaban, estaba en shock. Sus dedos se aferraban a los de Thoren. El núcleo se cerraba. El polvo subía.

El cielo ya no existía. Solo el polvo.

El primer ataque de Valgor había agitado el campo de batalla con tal potencia que la arena del desierto parecía estar viva, devorando el aire, tragándose los rayos del sol.

En medio de esa oscuridad terrosa, la figura del Titán Errante sobresalía como una lápida andante: imperturbable, silenciosa… inmortal.

Garokh, con su maza vibrante de roca pura, lideraba el frente. No era solo el líder por linaje, sino por genio. Su maza se estrellaba contra el suelo, creando ondas que hacían retroceder los escombros. Por un momento, parecía que resistirían.

—¡Columna en pinza! ¡Separad su atención! ¡¡Por la Sangre de la Roca!!

Un batallón de veinte guerreros se desplegó.

Saltaron como torbellinos de tierra, sus pies golpeaban el suelo y lanzaban ráfagas de piedra afilada.

Algunos provocaban pequeñas explosiones telúricas a los lados del Errante.

El titán, torpemente, reaccionaba a los impactos como un ciego que sigue ecos, lanzando golpes erráticos que arrancaban colinas enteras cuando acertaban… o al menos, tocaban algo.

—¡Mantened el ritmo! ¡Él no ve, solo siente! —gritó un comandante menor, esquivando un brazo que pulverizó una torre.

Garokh ascendió sobre un obelisco improvisado y, con un salto, estrelló su maza justo en la clavícula del Errante. El impacto fue brutal. El eco del golpe se oyó por toda Vorghal.

Nada. Ni una grieta. Ni un gemido. Solo un leve tambaleo del monstruo, que giró la cabeza lentamente… y arremetió.

El brazo gigantesco barrió de un lado a otro. Garokh saltó hacia atrás, pero dos guerreros fueron alcanzados. Uno fue partido en dos, su cuerpo cayó en mitades dispares. El otro fue aplastado, fundido con la tierra en un segundo, dejando solo una mancha oscura y humeante.

—¡Atacad desde el aire! ¡Ahora!

Un grupo de élite usó pilares como catapultas. Desde lo alto, lanzaron lanzas de obsidiana, estalactitas moldeadas en pleno vuelo. Una decena impactaron en el lomo del Errante. Algunas se rompieron antes de tocarlo. Las que lograron atravesar… se hicieron añicos como si hubieran golpeado el vacío.

—¡Ni su carne cede! —dijo un guerrero en el aire, antes de ser engullido por un manotazo del titán, que lo arrojó al horizonte como una hoja seca.

Entonces Valgor rugió.

El grito no tenía furia. Tenía pesar. Como si supiera que aquello que pisaba su tierra no era natural.

El coloso elemental clavó sus patas en el suelo y rompió la tierra misma. Cañones se abrieron. Rocas flotaron como si la gravedad estuviera quebrada. Con un solo movimiento, la Tierra entera se levantó.

De los abismos que creó, estalactitas del tamaño de torres emergieron hacia el Errante.

—¡Ahora! ¡¡ENTIÉRRENLO!!

Garokh corrió hacia el borde de la fisura.

—¡Por Vorghal! ¡¡POR NUESTROS HIJOS!!

Golpeó el suelo con ambas manos y las rocas respondieron. Unas lo envolvieron como armadura, otras volaron hacia el titán. Las montañas fueron arrojadas desde las catapultas elementales, impulsadas por titanes menores de piedra.

Las siluetas eran infinitas: cuerpos pequeños contra el contorno apocalíptico del monstruo.

Por un instante… pareció que lograban contenerlo.

Las estalactitas lo envolvieron. Valgor se elevó por detrás, embistiéndolo directamente al pecho, con un impacto que levantó un muro de polvo de cientos de metros.

¡BOOOOOOOOOOOOOOM!

El suelo se quebró. El cielo fue tragado.

El Errante fue enterrado. Todo Vorghal gritó de esperanza.

Pero entonces…

Las cadenas se alzaron.

Emergieron del polvo como serpientes vivas. La tierra alrededor explotó. Los anclajes de las extremidades del Errante brillaron tenuemente con energía oscura, repeliendo todo intento de sujeción.