El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Cenizas bajo el Mar
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Cenizas bajo el Mar

Samvarg se había detenido frente a una grieta profunda, al borde del acantilado, donde la tierra se quebraba hacia el mar como si algo gigantesco hubiera surcado la costa a la fuerza.

Kael descendió por la roca con pasos firmes. Thoren bajó tras él, su manto de tierra manchado con polvo negro y escarcha.

El lobo estaba quieto, olfateando el aire.

—¿Aquí fue? —preguntó Kael.

“Aquí empezó.”

Kael se arrodilló junto a la grieta. Tocó la piedra partida, aún caliente al tacto. Thoren arqueó una ceja.

—¿Calor? En este clima...

—No es natural.

La grieta no parecía producida por explosión ni por herramientas.

Tenía una forma serpenteante, sinuosa, como si algo gigantesco se hubiera arrastrado por allí con furia.

A lo lejos, el mar seguía rugiendo, con olas que se levantaban más de lo normal.

No se trataba de una tormenta. Era algo más profundo. Más vivo.

Valgor se acercó con su paso firme, deteniéndose junto a una roca torcida.

“No fue el Errante.”

Thoren lo miró.

—¿Qué te hace pensar eso?

“Porque lo reconozco. Es otra criatura. Antigua.”

Kael frunció el ceño.

Samvarg alzó la mirada al cielo y habló en voz baja, solo para su portador:

“Nai’zaar.”

El nombre resonó en la mente de Kael como un eco antiguo.

—¿La serpiente marina?

Samvarg asintió mentalmente. “Sus huellas están en la roca. Su energía… aún tiembla aquí.”

Thoren se agachó junto a una roca partida. En su superficie había marcas profundas, como si algo con escamas inmensas hubiera pasado por encima.

—¿Y por qué estaría aquí? —preguntó, más para sí que para los demás—. La tribu del mar veneraba a Nai’zaar, ¿no?

—Sí. Esta era su tribu. El Susurro del Mar —dijo Kael en voz baja, reconociendo el símbolo fracturado de la aldea en una piedra caída—. Su aliento ayudaba a calmar las mareas, decían. Traían agua dulce de pozos salados.

Thoren se incorporó, limpiando sus manos con tierra húmeda.

—Entonces… ¿por qué destruiría su propio santuario?

Kael negó con la cabeza.

—No veo señales de combate con otro titán.

—Ni huellas de otra bestia.

—Solo destrucción.

“Nai’zaar no destruye sin motivo.” La voz de Samvarg era tan fría como sus colmillos.

Valgor habló entonces, su mirada clavada en los restos quemados de un tótem caído.

“Pero no siempre el titán elige.”

Un silencio espeso se extendió entre ellos. Kael sintió cómo sus tatuajes helados vibraban levemente, como si quisieran hablarle… pero no sabían qué decir.

Thoren se acercó a los restos de una lanza. Era diferente. No era del estilo costero. El metal era oscuro, con relieves abrasados. La tomó y la observó de cerca.

—Kael...

—Sí. Lo veo.

La lanza tenía marcas de fuego. El tipo de quemadura que no venía de la explosión de un titán. No del agua. No del hielo. Fuego dirigido. Preciso. Humano.

Kael se arrodilló junto a un cadáver cubierto parcialmente de algas y arena.

No tenía rostro ya, pero las manos aún sujetaban algo con fuerza.

Thoren lo ayudó a retirar los restos. En los dedos rígidos del muerto había un pequeño disco de piedra azul con inscripciones ilegibles… y quemaduras profundas que parecían haberlo fusionado al hueso.

Kael se quedó inmóvil.

—Esto no lo hizo Nai’zaar.

—Pero entonces… ¿qué fue?

Silencio. El mar rugía detrás de ellos como un testigo que no podía hablar. Samvarg bajó la cabeza, olfateó la arena, luego caminó hacia el borde de la playa. En la distancia, entre rocas rotas, había huellas humanas. Y sangre seca. Pero se perdían en el mar.

—¿Sobrevivientes? —dijo Thoren, esperanzado.

—Tal vez —respondió Kael, sin mucha convicción.

“No queda nada más aquí.” La voz de Samvarg sonó decidida, apagada. “El resto… lo borró la marea.”

Valgor permanecía callado, como si meditara una posibilidad que aún no quería pronunciar. Kael se giró hacia él.

—¿Dices que el titán no destruye sin motivo… pero puede ser forzado?

“Todos podemos.”

Thoren tragó saliva. —¿Crees que… lo manipularon?

Valgor se limitó a mirar las marcas en el suelo. No dijo más.

Kael se incorporó. Miró al cielo, al humo aun flotando como ceniza suspendida en la historia.

—Sea lo que sea… no fue natural. Ni fue solo el Errante.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Thoren.

Kael no respondió de inmediato.

—Seguimos.

Thoren asintió. Sin más preguntas.

Y así, Kael subió a Samvarg una vez más. Samvarg giró la cabeza por última vez hacia las ruinas. Su mirada estaba cargada de una mezcla de rabia ancestral… y dolor.

“Este mundo ha olvidado su promesa.”

Valgor lo escuchó. “Entonces habrá que recordársela… aunque cueste sangre.”

Los titanes se prepararon. El viaje continuaba. Pero lo que dejaron atrás no eran solo ruinas.

Era el principio de una verdad enterrada.

Thoren tenía un pie apoyado sobre una de las inmensas placas que formaban la pata delantera de Valgor, lista para impulsarlo hasta el lomo del titán, como había hecho incontables veces.

El coloso de cincuenta metros, de piel pétrea y mirada inquebrantable, lo esperaba en silencio, tan eterno como siempre.

El viento marino le arrojaba en la cara gotas saladas, mezcla de niebla costera y ceniza todavía en suspensión.

Pero algo lo detuvo.

Un crujido sutil, suave, casi tímido, bajo su bota.

Thoren frunció el ceño. Bajó la mirada.

Allí, entre la mezcla húmeda de arena, ceniza y escombros, asomaba un pequeño marco ennegrecido, chamuscado por las brasas de una tragedia reciente. Se agachó con cautela, desplazando restos calcinados de madera y piedra. No esperaba encontrar nada… y, sin embargo, algo resistía al olvido.

Era una fotografía. Quemada por los bordes, pero aún legible en el centro.

Mostraba a una familia costera, cuatro personas: un hombre fornido, una mujer de ojos cálidos, y dos niños abrazados, todos sonriendo bajo la sombra de una palmera.

Sus vestimentas eran humildes, con collares de conchas y adornos tejidos, pero había en ellos una alegría genuina. Una paz que ya no existía.

Thoren no supo por qué, pero trago saliva con dificultad.

El mundo a su alrededor se volvió distante. El sonido de las olas, del viento, de Samvarg aguardando a lo lejos con Kael sobre su lomo helado… todo se desdibujó. Y entonces los recuerdos lo arrastraron...