A Orillas del Ruido
Tres días habían pasado desde aquella noche de fuego y confesiones. Desde entonces, el frío no se sentía igual.
El cielo había dejado de ser completamente blanco. Ahora, al norte, se veía una franja azul, extrañamente turbia, que anunciaba la cercanía del mar. No era un azul limpio, sino grisáceo, como si el océano también estuviera enfermo, agitado por antiguas memorias.
Kael avanzaba montado sobre Samvarg, cuyo andar era ágil incluso entre las formaciones rocosas de la costa.
Su pelaje cristalino se tornaba más opaco a medida que el salitre flotaba en el aire, pero no parecía molestarle.
El viento marino agitaba su cresta helada como si intentara arrancarle secretos.
—No pensé que extrañaría el sonido de las olas —murmuró Thoren, al trote sobre el lomo de Valgor, detrás de Kael—. Pero esto…
La marea no golpeaba con ritmo natural. Rugía. Se quebraba en ángulos extraños contra acantilados que parecían haber sido partidos por una mano invisible. El aire estaba cargado de electricidad, como si la tormenta que venía no fuera atmosférica… sino emocional.
Kael entrecerró los ojos.
—Está furioso.
—¿El mar?
—La tierra. El agua. Todo.
Samvarg redujo el paso. Sus orejas se alzaron. Su hocico se elevó y comenzó a olfatear con intensidad, como si el viento trajera un recuerdo que no podía descifrar aún.
Kael tensó los músculos.
—¿Qué sientes?
“Ceniza.”
Solo una palabra. Pero bastó.
Valgor se detuvo justo detrás, con un estruendo leve. Sus ojos, oscuros y profundos como lagos antiguos, se iluminaron tenuemente.
“A lo lejos... humo. Demasiado denso para ser natural.”
Thoren giró la cabeza al horizonte, y allí lo vio: varias columnas negras recortando el gris del cielo, como una herida abierta en la distancia.
—¿Lo ves? —preguntó.
Kael asintió, su mano ya apoyada contra el cuello helado de Samvarg.
—Vamos.
No lo dijeron dos veces. Ambos titanes iniciaron carrera.
Samvarg fue el primero en lanzarse, una flecha blanca trazando una línea sobre la costa.
Cada uno de sus pasos dejaba estelas de escarcha que se quebraban tras él como cristales bajo presión.
Su cuerpo, largo como un navío antiguo, se estiraba con cada impulso, y sus zarpas apenas tocaban el suelo antes de volver al aire.
Su respiración, silenciosa y rítmica, dejaba nubes heladas que flotaban brevemente en el ambiente salado del mar.
Valgor no corría. Avanzaba como una montaña que hubiera decidido moverse.
Cada zancada era un paso de montaña viva, y aunque más lento, su alcance era devastador.
Cada pisada era un impacto telúrico, un golpe seco que hundía el suelo bajo su masa colosal.
Sus pezuñas resquebrajaban la piedra costera, y la tierra parecía rendirse ante él.
A pesar de su tamaño, había una especie de precisión antigua en su avance, como si cada paso tuviera siglos de cálculo detrás.
El ecosistema costero reaccionó.
El mar lo sabía. Lo sentía.
Las olas comenzaron a cambiar.
Primero, rugieron con fuerza. Luego, se alzaron. Una tras otra, gigantescas columnas de agua se formaban frente a la costa, como si el océano intentara alzarse contra los intrusos. No eran simples olas: eran embestidas. Castigos.
Una ola de diez metros se elevó repentinamente y se estrelló contra Samvarg, cubriéndolo a él y a Kael por completo.
Pero el lobo no se detuvo. Solo bajó un poco la cabeza y siguió corriendo.
El agua se congeló al instante en sus costados, resbalando como si lamiera la superficie de un glaciar viviente.
Detrás, otra ola más grande golpeó a Valgor. El agua estalló contra su cuerpo como si golpeara una muralla de piedra viva, salpicando metros a la redonda, empapando a Thoren, que no soltó ni una sola palabra.
Otra ola. Luego otra. Y otra.
El mar parecía querer tragarlos, envolverlos, borrar su existencia. Las aguas se alzaban no como fenómeno natural, sino como voluntad hostil. Como si alguna conciencia dormida bajo las profundidades despertara por su presencia. Las olas intentaban absorberlos, envolverlos, desaparecerlos.
Pero no lo lograban.
Los cuatro seguían avanzando. Mojados. Golpeados. Pero invictos.
Ni Kael ni Thoren dijeron palabra. No era necesario. Sabían lo que sentían: el mar no actuaba con normalidad. Algo en él se rebelaba. Y no era solo por la cercanía de los titanes.
Algunas criaturas se atrevieron.
Desde el agua surgieron formas. Fauces dentadas como anzuelos gigantescos, tentáculos cubiertos de escamas verdes, criaturas híbridas de crustáceo y felino marino.
Todos arremetieron, impulsados por un instinto salvaje.
Y todos fueron ignorados, esquivados o simplemente empujados por la marcha inquebrantable de los titanes.
Una bestia parecida a un tritón deformado saltó desde una ola y chocó contra el cuello de Samvarg, intentando morder.
Ni siquiera logró penetrar la capa cristalina del titán.
Se congeló al instante, cayó como un pedazo de coral muerto, y fue arrastrado por la siguiente ola, el hielo se volvió agua inmediatamente, dejándolo respirar de nuevo.
Valgor ni los miraba. Cada criatura que se atrevía a acercarse terminaba debajo de sus patas o atrapada entre grietas abiertas por su avance. Algunas eran absorbidas por el mismo terreno que Valgor manipulaba a su paso, como si la tierra misma devorara lo que amenazaba su marcha.
Los animales del cielo ya se habían ido. Los del mar ahora eran parte del caos. Y los titanes no se detenían.
—Esto no es normal… —murmuró Thoren, el agua chorreando de su rostro mientras sujetaba con firmeza el borde de una de las placas de Valgor.
—No —respondió Kael con frialdad, el cabello pegado al rostro, los ojos brillando—. Algo no quiere que lleguemos.
—O algo ya sabe que vamos.
Ambos miraron hacia adelante, hacia la columna de humo negro que persistía en el horizonte.
Y aunque las olas seguían golpeando, aunque el mar rugía, nadie se detenía.
Porque si el mar quería impedirles el paso… tendría que intentar algo más que solo rugir.
Desde los riscos más elevados, gaviotas de cuello largo y ojos dorados graznaban con fuerza, lanzándose al aire en bandadas erráticas, como fragmentos de nube huyendo del trueno.
Entre las rocas, escondidos entre algas oscuras y corales que respiraban como seres vivos, cangrejos de caparazón translúcido y tenazas incandescentes comenzaron a enterrarse con desesperación, como si supieran que la tierra no les ofrecía seguridad, pero lo intentaran igual.
En la playa, tortugas mitológicas con espinas de coral y patas como remos de obsidiana se arrastraban con lentitud hacia el mar. Sus ojos centenarios miraban hacia atrás solo una vez antes de sumergirse en las aguas embravecidas, dejando estelas de espuma luminosa tras de sí.
Más allá, donde el mar tocaba los acantilados, se vio surgir por un instante un królith, una criatura marina de las leyendas costeras: parte pez, parte ciempiés, con tentáculos alados y una mandíbula como un arrecife.
No atacó. Solo se asomó, como un ojo del mar que deseaba ver qué fuerzas caminaban esa costa.
Las nubes comenzaron a condensarse. No por lluvia, sino por tensión. El mundo mismo se encogía ligeramente ante el rugido sordo de los titanes.
Y, aun así, Kael no parpadeaba.
Iba sobre Samvarg, sujetado a la base del cuello, el cuerpo levemente inclinado por la velocidad, los ojos clavados en una única dirección: lejana, recta, espesa como un árbol moribundo extendiéndose hacia el cielo.
El rugido del mar, el temblor del suelo, el grito de las aves. Todo se volvía ruido secundario.
La costa era bella. Salvaje. Antigua. Pero ahora... era un escenario de advertencia.
Y ni el mar, ni las criaturas, ni los cielos parecían dispuestos a recibir con agrado la llegada de estos cuatro seres que rompían la rutina del viento, la piedra y la espuma.
Porque algo se avecinaba.
Y lo sentían todos.
El olor llegó antes que la visión: humo espeso, madera carbonizada, carne quemada. El viento lo traía con crudeza, sin piedad. Kael frunció el ceño. Sintió que sus tatuajes se erizaban, como si el poder elemental reaccionara al dolor contenido en el aire.
Thoren, desde atrás, maldijo por lo bajo.
—Ese olor… es de la tribu.
—Sí.
La niebla comenzó a despejarse al llegar a una colina baja. Desde allí, lo vieron todo.
Una aldea. O lo que quedaba de ella.
La mayoría de las chozas estaban reducidas a escombros ennegrecidos.
Algunos cuerpos se veían esparcidos entre los restos: adultos, ancianos…
incluso niños. Los tótems espirituales estaban quebrados, partidos por la mitad o hechos polvo.
El símbolo de esa tribu —una espiral en forma de ola— yacía roto frente a lo que parecía haber sido la plaza central.
Kael descendió de Samvarg sin decir palabra. Caminó entre los restos, el crujido del hielo y ceniza bajo sus botas sonando más fuerte de lo normal. Sus ojos eran hielo líquido. No de furia. Sino de duelo.
Thoren bajó de Valgor y se acercó. Tomó una tablilla quemada, que aún humeaba, y la observó por un instante.
—La tribu de Nahyr. Costera. Amable. Se decía que cultivaban coral en sus casas y que podían leer las corrientes con solo oír las gaviotas.
Kael se agachó frente a un cuerpo cubierto con una manta rota. No lo tocó. Solo cerró los ojos por un segundo.
—¿Quién haría esto?
Thoren no respondió.
“No fue un titán. Esto… tiene otra intención.” Valgor miraba la escena como si estuviera leyendo más allá de la vista.
Samvarg caminó lento entre los escombros. Su hocico rozó una pared aún en pie, cubierta de una sustancia extraña: ceniza… pero mezclada con algo más oscuro, más aceitoso. Kael lo notó también.
—¿Esto es...?
“Restos de corrupción.” La voz de Samvarg sonó grave, tensa. “Pero no hay rastros del Caído”
Kael se irguió de inmediato. Un nudo helado le recorrió la espina dorsal. Pero no dijo nada. No aún.
Thoren pateó una piedra que rodó entre escombros. Respiraba hondo. Su mandíbula apretada.
—No hay señales de sobrevivientes.
—No visibles —dijo Kael. Luego miró a Samvarg—. ¿Puedes buscar?
El lobo asintió y se alejó, olfateando entre las ruinas.
El mar rugía más fuerte. Como si llorara por lo perdido.
Kael se quedó allí, en medio de la plaza destruida, con las runas del pecho iluminándose levemente.
—Esto fue un ataque directo. Una advertencia.
Thoren se le acercó, su voz más baja ahora.
—¿Para nosotros?
Kael no respondió.
Samvarg lanzó un aullido sordo a lo lejos. Había encontrado algo.
Y aunque no sabían qué era… sabían que nada bueno nacía del humo.