El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Resonancias de Nieve y Cristal #2
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Resonancias de Nieve y Cristal #2

Kael dio un paso al frente. Su lanza se alzó.

El hielo a su alrededor reaccionó, formando una estela que se elevaba con él.

Samvarg saltó hacia adelante, un torbellino de escarcha.

Su rugido quebró el aire. Una criatura se lanzó a interceptarlo, pero fue congelada en pleno salto, su cuerpo cubierto de una capa de hielo que la dejó atrapada en una figura grotesca.

Kael se deslizaba tras él, sus movimientos sincronizados con los del titán. Cuando el lobo viraba, Kael ya giraba con él. Cuando el lobo saltaba, Kael alzaba su lanza. Sus tatuajes brillaban con cada acción, marcando el ritmo de su vínculo.

A su izquierda, Thoren alzó ambos brazos.

Una muralla de piedra emergió para dividir el campo.

Valgor embistió con un rugido grave, levantando a una bestia del suelo y estampándola contra un bloque de roca.

Thoren corrió tras él, y al tocar la tierra, una serie de columnas surgió para contener a otra criatura que intentaba huir.

Los dos guerreros y sus titanes eran espejos elementales, reflejos vivos del pacto. Cada movimiento de Thoren hacía vibrar el suelo. Cada salto de Kael convertía el aire en escarcha. Eran ríos fluyendo con la fuerza de glaciares y montañas.

Las criaturas, incapaces de mantener el ritmo, comenzaron a dispersarse. Algunas huyeron sin mirar atrás. Otras, heridas, se alejaron lentamente, sin rencor. Solo miedo. Solo respeto.

Kael alzó la mano.

—¡Alto! ¡No más!

Samvarg se detuvo al instante, sus garras clavadas en la nieve. Exhalaba vapor blanco, pero sus ojos brillaban en calma.

Thoren, cubierto de polvo y sangre seca, se acercó a Valgor, apoyando una mano sobre su flanco rocoso.

—No vinimos a matarlos —dijo Kael, aun jadeando—. Este lugar… no es nuestro. Y ellos tampoco son nuestros enemigos.

Thoren miró el campo de batalla. Las huellas congeladas, la sangre oscura evaporándose en el frío.

Asintió con gravedad.

—No. No lo es. Pero al menos… ya no estamos solos.

El bosque volvió al silencio. La nieve volvió a caer, lenta y constante, como si el mundo respirara de nuevo.

Kael se acercó a Samvarg. Colocó una mano en su hocico, acariciando con cuidado.

—Gracias por volver —susurró.

El titán inclinó su cabeza. Su mirada, serena como el invierno, respondía sin palabras.

Thoren rompió el momento, con voz más tranquila pero firme:

—¿Y ahora?

Kael miró hacia el norte. Aún rodeados por la tundra, pero sabiendo que el camino seguiría.

—Seguimos. Si esas criaturas no estaban aquí por casualidad… es posible que el Errante haya pasado cerca. Quizás lo seguían. O… huían de él.

Thoren gruñó, mirando a lo lejos.

—Preferiría que nos estuvieran siguiendo a nosotros.

Kael apretó el puño.

—Yo no.

Los titanes alzaron la mirada al mismo tiempo. Como si también lo supieran. Como si el hielo mismo les hubiera hablado.

Y entonces, sin más palabras, los cuatro avanzaron entre la tundra.

Esta se extendía a su alrededor, helada y silenciosa tras el fragor del combate.

El aire gélido acariciaba sus rostros mientras la nieve aún caía en remolinos dispersos.

Kael y Thoren, exhaustos, avanzaron unos pasos antes de llamar a sus pertenencias con sus poderes elementales.

Era un hábito que se había vuelto instintivo: a veces sus mochilas, lanzadas lejos durante la pelea, regresaban a ellos como si fueran parte de sus propios cuerpos, arrastrados por el hielo o la tierra; otras, sus titanes las guardaban en su interior, resguardándolas hasta que todo estuviera en calma.

Nunca lo discutieron, nunca lo cuestionaron: era simplemente su manera de seguir adelante, de no perder lo que les pertenecía, sin importar lo caótica que se tornara la batalla.

El hielo volvió a crujir bajo sus pasos.

Y por un instante… el bosque respiró en paz.

La bruma aún no se disipaba por completo.

Flotaba entre los árboles como si el bosque no supiera si ya era seguro respirar otra vez. Las copas rotas susurraban al viento, y el suelo conservaba aún la huella de la batalla, congelada en silencio.

Kael avanzó lentamente, su lanza aún en mano.

Los cristales de hielo que la formaban temblaban con un pulso bajo, casi como si hubieran sido parte de su cuerpo.

A su lado, Thoren caminaba con el rostro endurecido por el dolor, el brazo izquierdo dislocado y cubierto de tierra agrietada. Su respiración era un trueno contenido.

Detrás de ellos, avanzaban dos gigantes.

Valgor, el titán de tierra, marchaba con paso imponente, cada huella suya abría pequeños cráteres en la escarcha.

Su cuerpo, de más de cincuenta metros de altura, era una amalgama viva de piedra, raíces secas y vetas doradas que palpitaban como arterias telúricas.

En su lomo crecían placas de roca como si fueran parte de una cordillera antigua.

A cada paso, las ramas y los troncos temblaban.

Junto a Kael caminaba Samvarg, el lobo titánico de hielo, de treinta metros de altura, ágil a pesar de su tamaño.

Su andar era silencioso como la noche, su sombra deslizándose sobre la nieve como si flotara.

El pelaje, hecho de miles de capas de cristales irregulares, reflejaba la tenue luz del sol como una constelación de hielo.

Su mirada era firme. Contenía siglos. Sus fauces estaban cerradas. Siempre lo estaban.

—¿Todos bien? —preguntó Kael con voz ronca, aún sin recuperar del todo el aliento.

Thoren resopló. Con un gesto rápido, se apoyó contra una roca y recolocó su hombro con un crujido sordo que lo hizo maldecir entre dientes.

—Definir “bien” sería generoso… pero sí.

Kael miró a Samvarg. El titán lo observó de vuelta con una intensidad fría, como si el mismo invierno lo estuviera evaluando.

No necesitaba hablar.

"Estoy contigo, Kael."

La voz no vino del exterior. No usó palabras. No atravesó el aire.

Llegó directo a su mente. Firme. Antiguo. Inquebrantable.

Kael asintió, como si respondiera a un pensamiento propio.

—Él está bien —dijo en voz baja, más para sí que para Thoren.

El otro joven se giró hacia Valgor, su titán. No esperó una señal, no la necesitaba. Bastó una pausa en la vibración del aire para saberlo.

"Los cuatro aún respiramos. El ciclo no se rompe hoy."

La voz de Valgor resonó en su interior como un eco dentro de una montaña. No era cálida. Era estable. Segura. Como si hablara un continente entero.

—También está bien —confirmó Thoren, con un leve movimiento de cabeza.

Por un momento, el mundo pareció detenerse. La nieve seguía cayendo, lenta y meticulosa, como si midiera el tiempo con más precisión que cualquier reloj. Un copo descendió sobre el hombro de Samvarg. Al tocarlo, se cristalizó, extendiéndose como una flor congelada sobre su pelaje.

—Hace un momento… —dijo Thoren, rompiendo el silencio—. Cuando caíste… ¿qué fue eso?

Kael bajó la mirada. La nieve crujió bajo sus botas. No respondió enseguida.

—No lo sé.

—Dijiste algo. No te entendí, pero lo dijiste.

—Escuché una voz. —Su mandíbula se tensó—. O soñé que la escuché. No puedo explicarlo.

Thoren lo observó de reojo. Su expresión no cambió, pero en sus ojos brillaba algo más que simple preocupación. No insistió. Ya conocía ese tipo de silencio en Kael: el que no buscaba palabras, sino respuestas.

—¿Crees que fue…?

—No lo sé —interrumpió Kael, con suavidad. Luego miró al horizonte. Montañas lejanas se alzaban como cuchillas contra el cielo grisáceo. Más allá, entre las sombras, asomaban las ruinas de algún asentamiento antiguo, atrapado por el hielo.

"El Errante no llama. Él arrastra."

La frase atravesó su mente como una lanza helada. Kael parpadeó.

—¿Qué dijiste?

Thoren se tensó.

—¿Yo? Nada. ¿Quién lo dijo?

Kael giró hacia Samvarg. El lobo seguía allí, quieto. Inmóvil. Con su hocico cerrado. Sus ojos lo miraban fijamente, sin mover un solo músculo.

"Esa voz no era enemiga. Aún no."

Kael sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No de frío. De certeza.

—Samvarg… —susurró—. Él no cree que fuera el Errante. Cree que esa voz… no era hostil.

Thoren exhaló despacio. Se pasó una mano por el cabello húmedo de sudor y nieve.

—¿Sabes qué? Espero que tengas razón. Porque si ese maldito empieza a hablarnos… entonces estamos aún más jodidos de lo que pensaba.

Valgor dio un paso al frente. El suelo vibró como un tambor de guerra. Algunas hojas muertas cayeron desde las ramas heladas.

"La tierra no miente. Este lugar ya no nos quiere. Vámonos."

La frase, como todas las que los titanes compartían, no fue hablada.

No usaron boca. No emitieron sonido. Era como escuchar pensamientos que no eran propios, pero tampoco ajenos.

Un idioma sin voz, una conexión sin cables.

Única. Exclusiva. Solo los portadores elementales podían oírlos.

Solo ellos. Y en el fondo… lo sabían. Si alguna vez otro humano escuchaba esa voz… algo estaría terriblemente mal.

—Estoy con el viejo —dijo Thoren, señalando con el pulgar a Valgor—. Estas criaturas no tenían alma. Pero tampoco buscaban guerra. Solo caos.

Kael asintió. Respiró hondo. Cerró los ojos por un instante.

Con un gesto, su lanza de hielo se disolvió. Se transformó en escarcha flotante, que regresó al suelo como si nunca hubiese estado ahí.

—Salgamos antes de que la noche nos reclame.

Samvarg se acercó y caminó junto a Kael. No hacía ruido. No dejaba huellas profundas. Parecía una sombra viva de hielo que caminaba por voluntad propia. Kael apoyó brevemente su mano en su lomo, sintiendo la calma contenida en ese ser milenario.

Thoren subió por el costado de Valgor, trepando entre placas rocosas como si ascendiera una montaña viva. El titán apenas reaccionó. Ya sabía que su portador estaba allí.

Y entonces caminaron. En fila. En silencio.

El sol comenzaba a hundirse tras las copas quebradas, tiñendo el cielo de un gris más profundo. La tundra seguía extendiéndose en todas direcciones. El viento cargaba con memorias que nadie quería recordar.

Pero algo había cambiado.

Algo los había tocado. Una voz. Un eco. Un llamado.

Y aunque no lo dijeran, aunque no lo admitieran, todos creían que el Errante estaba cerca.

Y lo peor era que quizás…

…los estaba esperando.