El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1)
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Resonancias de Nieve y Cristal
El hielo crujía bajo sus pies mientras corrían.
Kael jadeaba, la escarcha formándose en su aliento. La ventisca no era natural. El aire estaba cargado de energía elemental que crepitaba en cada copo de nieve como si el mismo mundo los estuviera empujando hacia su límite.
—¡A la izquierda, Kael! —gritó Thoren desde atrás, su voz rompiendo la tormenta como una piedra lanzada al mar.
Kael giró, justo a tiempo para ver una silueta monstruosa cruzar entre la neblina helada: una criatura de la tundra, enorme, veloz, imposible. No era un lobo. Era algo más antiguo, más primitivo. Algo que no debería existir.
Kael levantó ambas manos con un grito breve.
El hielo respondió a su llamado. Una muralla cristalina emergió con violencia desde el suelo, interponiéndose entre él y la criatura.
El impacto retumbó como un trueno. La barrera se partió en mil fragmentos de escarcha que salieron volando como cuchillas, cegando la visión.
Pero el desvío fue suficiente.
—¡Kael, agáchate! —rugió Thoren.
Un segundo después, su brazo cubierto de piedra se alzó como una columna de montaña y golpeó de lleno a la bestia, estrellándola contra el suelo congelado. Un crujido desgarrador resonó por la tundra.
—¡Uno menos! ¡Pero vienen más! ¡¡Nos están cercando!! —bramó Thoren, la energía telúrica vibrando en su pecho como un tambor de guerra.
Kael giró. No había horizonte, solo niebla y siluetas distorsionadas.
Cuerpos monstruosos avanzaban desde cada dirección.
Eran criaturas deformes, híbridos imposibles: algunos con múltiples patas, otros con cuernos cubiertos de escarcha viva, bocas donde no debería haber bocas.
No pertenecían a ninguna tribu. Eran bestias olvidadas por el pacto, salvajes nacidas del desequilibrio.
No tenían ley, ni lenguaje. Solo hambre.
—¡Nos quieren empujar contra la montaña! —gritó Kael, señalando la colosal pared de roca a sus espaldas—. Si nos arrinconan allí, no tendremos por dónde escapar.
Una criatura, del tamaño de un toro, pero con garras de ave y rostro afilado como un cuervo de hueso, se lanzó contra él desde la derecha.
Kael apenas alcanzó a saltar, rodando por la nieve, su lanza de hielo surgiendo de su brazo como una extensión viva. La criatura chilló al recibir una estocada en el flanco, retrocediendo entre estallidos de vapor.
Thoren cayó sobre otra desde el aire, su brazo cubierto de roca golpeando con fuerza tectónica. El suelo se abrió en un breve temblor. Dos criaturas salieron disparadas por la onda expansiva.
—¡¡Cinco!! ¡¡Quedan cinco!! —gritó Thoren entre jadeos—. ¡No vamos a matarlas, Kael! ¡Solo dispersarlas!
—¡Lo sé! ¡Pero no se detienen!
Otra avanzó, esta vez una especie de jabalí decrépito, con huesos expuestos por donde brotaba vapor verde. Kael arrojó una estocada de hielo que le atravesó una de las patas. No la mató, pero la desequilibró.
Fue entonces que un rugido gutural, más profundo que los anteriores, emergió a su espalda.
Kael giró… demasiado tarde.
Una criatura más grande que todas las anteriores, con cuerpo de felino y aguijones de hielo en la espalda, lo embistió. El impacto fue brutal. Su cuerpo voló por los aires, girando como una muñeca rota.
El mundo se volvió blanco.
Oscuridad. Nieve cayendo en silencio…
Una voz. Grave. Cálida. Familiar.
—Mantén el arco tenso. Respira con el mundo, no contra él.
Las manos pequeñas de Kael temblaban. Frente a él, un venado de hielo lo observaba. Su figura parecía hecha de cristal y niebla.
Su hermano Darién estaba detrás, sonriendo. Reía con suavidad, sin burla, como quien conoce bien el error y lo ama.
—¿Y si fallo, papá? —susurraba Kael.
—Entonces aprenderás —respondió su padre, con una voz profunda que siempre parecía venir desde dentro de la tierra misma.
Kael disparó. La flecha se desvió. El venado huyó. Y Darién le despeinó con cariño.
—Otra vez, pequeño gigante. Ya casi.
El recuerdo cambio… Explosiones... Humo…
Una ciudad helada ardiendo. Fragmentos de torres cayendo al vacío. Criaturas imposibles rugiendo entre las llamas. Gritos.
Su padre, con el cuerpo cubierto de sangre y escarcha, gritaba hacia Darién:
—¡Corre con el niño! ¡Yo distraigo a la bestia!
—¡No! ¡No te dejaré! —bramó Darién, empuñando un arma rota que vibraba con energía azul.
Y más allá, entre la niebla roja… una figura caminaba. Alta como una montaña. Envuelta en humo. Encadenada. Sin rostro.
Kael, aún un niño, extendía su mano.
Pero no alcanzaba.
Y entonces, en ese abismo de recuerdos, una voz resonó.
Grave. Lejana. Sin palabras.
Como si la tierra misma le hablara al alma.
“Kael...”
Despertó con un grito.
—¡KAEL!
Thoren con un golpe de piedra lo empujó fuera del camino justo cuando una criatura se lanzaba sobre él. Rodó por la nieve, sintiendo la helada morderle la piel como cuchillas. Su respiración era errática, sus ojos, abiertos de par en par.
Thoren estaba a su lado, con el costado ensangrentado, una piedra afilada emergiendo de su antebrazo como un guante improvisado.
—Por todos los elementos del norte... ¡Creí que te habían partido en dos! —dijo entre jadeos, sujetándolo por el pecho—. ¿Estás bien?
Kael parpadeó. Las imágenes aún danzaban tras sus ojos.
—¿Lo viste? —preguntó en un susurro ronco.
—¿Ver qué? ¿La bestia que te tiró por los aires?
Kael negó con la cabeza. Se llevó una mano a la frente. No podía explicarlo. El frío seguía allí, pero dentro de él algo ardía.
—Nada. Solo... solo una pesadilla.
Thoren le dio una palmada en el hombro con rudeza fraternal.
—Pues sueña después. Cuando estemos vivos.
Kael se levantó, con el cuerpo temblando, pero entero. El viento seguía rugiendo. Las criaturas aún se acercaban, pero dudaban. Habían sido heridas, dispersadas, forzadas a retroceder.
Kael cerró los ojos. Su lanza de hielo volvió a surgir. El frío lo abrazó. Su corazón se estabilizó.
Y con voz firme, sin miedo:
—Que venga el siguiente.
Thoren sonrió.
Ambos giraron para enfrentar a la manada.
Los colmillos se acercaban otra vez.
Kael y Thoren se giraron, espalda con espalda, mientras la manada restante emergía de entre la ventisca.
Seis... no, siete siluetas deformes rompían la niebla con garras alzadas y fauces abiertas.
No eran las mismas criaturas de antes. Eran más grandes, más hostiles.
Cuernos afilados cubiertos de hielo rojizo.
Alas atrofiadas que crujían como ramas secas.
Múltiples bocas que abrían y cerraban al compás de un sonido antinatural, como huesos astillándose bajo la nieve.
Una de ellas —una pantera desfigurada con extremidades alargadas y ramas congeladas saliéndole del lomo— soltó un chillido agudo. El aire pareció rasgarse.
—Esto ya no es una simple patrulla salvaje —murmuró Thoren, apretando los dientes, su respiración agitada.
—Están… ¿siguiéndonos?
—O huyendo de algo peor —replicó Thoren, la mandíbula tensa.
Las criaturas comenzaron a expandirse en semicírculo. Los estaban cercando, obligándolos a retroceder hacia la pared de una montaña escarpada que se alzaba tras ellos como un muro sin salida.
Kael levantó una lanza de hielo. Su brazo temblaba, no por miedo… sino por el agotamiento. Después de quince minutos de una batalla intensa, su cuerpo pedía descanso, pero su espíritu ardía con determinación. Thoren sangraba por una herida en el brazo, sus nudillos cubiertos de tierra agrietada.
El frío los envolvía. El viento gritaba.
Y entonces, Kael cerró los ojos.
El mundo se volvió silencio.
“Samvarg…”
La conexión se encendió. No fue palabra ni imagen. Fue instinto. Una pulsación. Un llamado de alma a alma.
Los tatuajes tribales en su espalda y brazos —finas marcas azuladas con forma de cristales entrelazados— comenzaron a brillar. Primero suavemente, como una luciérnaga en el ocaso… luego con intensidad, hasta que el hielo mismo pareció responder.
Thoren sintió lo mismo. Desde su pecho hasta el hombro, los trazos de piedra marcados sobre su piel vibraron en tonos marrón oscuro y dorado. La tierra crujió bajo sus pies. Su conexión con Valgor volvió.
Y entonces lo escucharon.
Un crujido. No de pasos.
De árboles.
El suelo tembló.
Un rugido profundo como una avalancha hizo que hasta las criaturas salvajes se detuvieran. Algunas se agacharon. Otras emitieron chillidos inquietos.
Del bosque helado, derribando ramas cubiertas de escarcha, emergió Samvarg: el lobo titánico de hielo.
Su pelaje era una mezcla de cristales vivos y copos congelados que flotaban a su alrededor como un aura.
Sus ojos —dos pozos de luz azul intensa— reflejaban el alma del invierno.
Cada pisada que daba congelaba el terreno, y en su pecho brillaban antiguos símbolos, marcas rúnicas que Kael aún no comprendía del todo.
A su lado, sacudiendo nieve de sus cuernos como si sacudiera el cielo mismo, apareció Valgor, el bisonte de tierra.
Su piel era de piedra musgosa, sus patas como columnas talladas por siglos.
Cada pezuña que tocaba el suelo lo hacía vibrar.
Grietas en espiral brotaban a su paso, dejando flores de roca donde antes hubo solo escarcha.
Kael sonrió, con el corazón ardiendo bajo la nieve.
—Llegaron.
Thoren soltó una risa áspera, orgullosa.
—Ya era hora, se habían quedado muy atrás.
Se habían quedado rezagados por una jauría de bestias que los habían rodeado.
Samvarg con un inmenso salto se posicionó junto a Kael. Sus colmillos resplandecían como hielo recién forjado. Valgor golpeó el suelo junto a Thoren, haciendo que estalactitas se alzaran detrás de ellos, como si la montaña misma les cubriera la espalda.
Las criaturas vacilaron. El círculo que formaban se deshizo en desorden. Algunas retrocedieron. El equilibrio cambió en un segundo.
Y entonces… la batalla comenzó.