BLOQUE 3
La noticia de la puerta manipulada modificó la atmósfera de la investigación sin alterar todavía ninguna de sus conclusiones.
Lucía insistió en mantener ambas cuestiones separadas.
Por un lado estaba la reconstrucción histórica, que avanzaba mediante documentos, planos y restos materiales cuyo contexto podía establecerse con una seguridad razonable.
Por otro aparecía un hecho reciente que debía ser tratado como lo que era: una entrada posiblemente intentada en un sector restringido de un inmueble.
Relacionar ambos asuntos antes de contar con pruebas sería exactamente el tipo de salto que llevaban días tratando de evitar.
Adrián estaba de acuerdo, aunque algo le preocupaba.
—Si quien manipuló esa puerta conocía la ubicación del pavimento, tuvo que obtenerla de algún sitio.
Lucía miró el plano.
—O simplemente sabía que había restos debajo.
—Eso también requiere información.
—Sí, pero no necesariamente la nuestra.
La distinción importaba.
Las obras que habían documentado el pavimento no eran acontecimientos secretos. Habían dejado expedientes, memorias, fotografías y referencias técnicas. Alguien con suficiente interés podía haber llegado al mismo lugar siguiendo documentación pública o consultable.
La pregunta no era solamente quién sabía.
Era qué esperaba encontrar.
Nuria volvió a escribir poco después.
Esta vez envió una fotografía.
La imagen mostraba una puerta estrecha, de aspecto relativamente moderno, colocada en un muro interior. Junto al cilindro de la cerradura se apreciaban pequeñas marcas recientes. No parecía haber daños importantes.
Lucía amplió la fotografía.
—No podemos sacar nada de esto.
Adrián observó la pantalla.
—Salvo que alguien intentó manipularla.
—Ni siquiera sabemos eso con certeza hasta que lo confirme quien revise la cerradura.
Nuria había sido más prudente en su segundo mensaje. El responsable del inmueble había informado de las marcas porque no las recordaba, pero todavía no existía un informe que determinara cuándo se habían producido.
Lucía agradeció esa precisión.
Cada dato debía conservar su tamaño real.
El responsable del inmueble se llamaba Xoán Barreiro.
Nuria consiguió que hablara con ellos por teléfono.
Barreiro llevaba más de quince años supervisando el mantenimiento del edificio y conocía perfectamente el pequeño sector técnico al que daba acceso aquella puerta.
Explicó que detrás no existía ninguna estancia antigua ni dependencia olvidada.
Había conducciones modernas, un espacio reducido de servicio y, bajo una parte del suelo, una zona que no se había cubierto completamente después de una intervención anterior porque permitía inspeccionar el encuentro entre dos fábricas.
—¿Se ve el pavimento antiguo? —preguntó Lucía.
—Una parte.
—¿Cuánta?
—Poco más de un metro.
Aquello bastaba.
No había una cámara.
No había un pasadizo.
Existía una pequeña ventana técnica desde la cual podía observarse una porción de suelo antiguo.
—¿La ubicación de ese sector es conocida?
Barreiro dudó.
—Por especialistas que hayan consultado los expedientes, seguramente. Por el público general, no creo.
Lucía tomó nota.
—¿Falta algo?
—Eso estamos comprobando.
—¿Se ha tocado el pavimento?
—Aparentemente no.
Era la respuesta más importante.
Barreiro explicó después lo ocurrido.
Tres noches atrás, durante una revisión rutinaria, uno de los trabajadores había encontrado la pequeña tapa interior fuera de su posición habitual. No era una tapa arqueológica ni protegía directamente los restos. Cubría una conducción instalada décadas después.
La habían colocado nuevamente.
Al día siguiente observaron las marcas de la cerradura.
El orden de los hechos no permitía saber si estaban relacionados.
—¿Hay cámaras? —preguntó Adrián.
—En los accesos generales. No en ese pasillo.
—Entonces podrán comprobar quién entró al edificio.
—Eso corresponde revisarlo con seguridad.
Lucía intervino antes de que Adrián continuara.
—No necesitamos esos datos salvo que exista relación con nuestra investigación. Lo importante para nosotros es saber si los restos han sufrido alguna alteración.
Barreiro pareció agradecerlo.
—Mañana entra un técnico. Hasta entonces, nadie toca nada.
Era exactamente lo correcto.
Cuando terminó la llamada, Adrián caminó hacia la ventana.
La lluvia había regresado.
Santiago parecía disolverse detrás del cristal mientras las cubiertas oscuras descendían hacia calles donde seguían avanzando peregrinos bajo capas impermeables.
—Estamos buscando una señal y alguien intenta llegar al suelo —dijo.
Lucía negó lentamente.
—Todavía no sabemos que buscara la señal.
—¿Qué otra cosa podría buscar allí?
—Eso es justamente lo que no podemos responder inventando.
Adrián sonrió apenas.
—Cada día te parecés más a Manuel.
Lucía no respondió enseguida.
Tal vez Manuel había aprendido esa prudencia demasiado tarde.
Clara seguía revisando la documentación de la construcción cuando encontró algo que desplazó nuevamente el centro de atención.
No era una descripción de obras.
Era un inventario.
Había sido realizado antes de una reforma importante y enumeraba elementos que debían retirarse temporalmente para evitar daños durante los trabajos.
Bancos.
Herrajes.
Losas sueltas.
Una pila de piedra.
Y después aparecía una anotación diferente:
«Piedra del paso, junto al quiebro, señalada con corte antiguo.»
Clara levantó la cabeza.
—Acá hay otra.
Lucía se acercó.
—¿Otra piedra?
—Eso parece.
Riveiro tomó el documento.
La expresión piedra del paso podía significar simplemente una piedra procedente del camino.
Pero la segunda parte era más interesante.
Junto al quiebro.
Eso indicaba posición.
No material reutilizado.
Buscaron el inventario posterior a la obra.
Los objetos retirados habían sido devueltos o recolocados.
La mayoría aparecía con una indicación breve.
La piedra del paso no.
Lucía recorrió nuevamente la lista.
Nada.
—¿Puede estar en otra hoja?
Clara comprobó la numeración.
No faltaban páginas.
—No vuelve a aparecer.
Adrián se inclinó sobre la mesa.
—Entonces retiraron una piedra durante las obras y no consta que la devolvieran.
—Eso es lo único que podemos afirmar.
Lucía se negó a llamarla todavía la señal desaparecida.
Podía tratarse de cualquier elemento.
Pero por primera vez tenían constancia documental de una piedra vinculada a un punto preciso del antiguo recorrido que había sido retirada durante una construcción posterior.
Riveiro buscó la fecha.
La reforma era posterior al momento en que el paso había perdido su función peregrina.
Eso tenía sentido.
Para quienes realizaron la obra, aquella piedra ya no necesariamente conservaba un valor orientativo.
Podía ser solo un elemento antiguo que estorbaba.
—¿Qué significa «corte antiguo»? —preguntó Adrián.
—No lo sabemos.
Podía ser una marca de cantero.
Una incisión funcional.
Una señal de límite.
Incluso un daño.
Lucía evitó cualquier conclusión.
Pero el inventario había abierto una línea completamente nueva.
Clara encontró una cuenta relacionada con el traslado de materiales.
«Por mover piedra grande del quiebro y otras del suelo.»
Ahí estaba otra vez.
La piedra del quiebro había recibido un tratamiento individual.
No se la había incluido simplemente entre las piedras del pavimento.
—Eso significa que la distinguían —dijo Adrián.
—Sí.
—¿Por qué?
—Todavía no lo sabemos.
La respuesta no satisfacía a ninguno de los dos, pero era la única válida.
Continuaron buscando.
Una hoja posterior mencionaba materiales sobrantes.
Algunas piedras habían sido vendidas.
Otras reutilizadas.
La del quiebro tampoco aparecía.
Lucía comenzó a comprender por qué Manuel había prestado tanta atención a aquella construcción.
Quizá no buscaba únicamente el pavimento.
Tal vez había seguido el rastro documental de una pieza concreta.
Clara localizó entonces una referencia marginal escrita por una mano diferente:
«La marcada queda aparte.»
Adrián la leyó dos veces.
—¿Marcada?
Lucía sintió que algo empezaba a encajar.
No decía qué marca tenía.
Tampoco decía para qué servía.
Pero confirmaba que entre las piedras retiradas existía una que era reconocible y que debía mantenerse separada.
—¿Hay fecha?
—La misma semana de la obra.
—Entonces busquemos qué pasó con ella después.
La documentación se volvió más pobre a partir de ese punto.
Las cuentas registraban pagos y materiales, pero no el destino individual de cada piedra. Durante casi una hora no encontraron nada.
Hasta que Riveiro reparó en una abreviatura situada junto a una relación de materiales transportados.
«P. señ. — depósito.»
Lucía se acercó.
—¿Piedra señalada?
—Podría ser.
No era seguro.
Necesitaban encontrar la misma abreviatura en otros documentos.
Clara lo hizo.
En dos relaciones anteriores aparecía P. señ. junto a objetos claramente identificables por contexto como piedra señalada.
La lectura era razonable.
—Entonces fue a un depósito —dijo Adrián.
—A algún depósito.
No sabían cuál.
La palabra parecía prometer más de lo que realmente ofrecía.
En aquella época podían existir espacios de almacenamiento vinculados a la obra, dependencias particulares o simples zonas donde se acumulaban materiales para su posterior reutilización.
No significaba que alguien hubiera preservado conscientemente una reliquia del Camino.
Pero significaba que la piedra no había sido destruida inmediatamente.
Había sido trasladada.
Lucía recordó la frase que había iniciado toda la investigación.
Una señal que desaparecía de las fuentes posteriores.
Hasta ese momento habían interpretado aquella desaparición principalmente como consecuencia de transformaciones urbanas.
Y esa explicación seguía siendo válida para el sistema de orientación en conjunto.
Pero ahora aparecía una posibilidad mucho más concreta.
Una de las piezas utilizadas dentro de aquel sistema podía haber sobrevivido durante algún tiempo después de que su función hubiera sido olvidada.
No había contradicción.
La ciudad podía olvidar para qué servía una piedra antes de perder físicamente la piedra.
Adrián recorrió con el dedo la línea del antiguo camino.
—Si estaba junto al quiebro, ¿dónde caería?