BLOQUE 3 #2
—Dejá visible la versión anterior.
Tomás asintió.
Debían conservar cómo se había producido el error.
La corrección necesitaba ser auditable.
El teléfono vibró.
Samuel Míguez.
«Encontraron Entrada/Igrexa.»
Lucía respondió:
Sí. Son inscripciones distintas.
Samuel tardó.
«Eso fue uno de mis peores errores.»
Lucía escribió:
¿Usted creó Entrada da Igrexa?
Silencio.
Después:
«No el nombre, pero lo usé como si fuera histórico.»
Eso era importante.
El nombre ya existía en bibliografía secundaria.
Samuel lo había aceptado.
Después lo utilizó para reforzar la ruta especial.
No todo error había nacido con él.
Pero sí había contribuido a perpetuarlo.
Lucía preguntó:
¿Manuel lo corrigió?
Samuel respondió:
«Sí.»
¿Cuándo?
«La última semana.»
Otra vez Varela estaba desarmando la teoría poco antes de morir.
Eso podía explicar la intensidad del conflicto dentro del grupo.
Cada corrección eliminaba un punto del recorrido especial.
Samuel añadió:
«Nuria no aceptó que fueran la misma puerta.»
Lucía escribió:
¿Por qué?
Respuesta:
«Porque su modelo necesitaba dos accesos.»
Otra vez, teoría antes que fuente.
Eso mantenía a Nuria como rival metodológica, no necesariamente como responsable de la desaparición de la piedra.
Importante.
Clara encontró una ficha de Varela:
«Si Alba = Costado = Vella, desaparece el corredor duplicado.»
Lucía se quedó inmóvil.
Manuel había entendido exactamente la consecuencia.
Otra:
«El mapa no muestra cuatro entradas: muestra cuatro tiempos.»
Adrián leyó.
—Eso es todo.
Lucía asintió.
Era una frase muy clara.
El problema del mapa estaba en haber ocultado cronología.
Al juntar cuatro tiempos, creó cuatro puertas.
Eso resumía el mecanismo.
Riveiro observó.
—Necesito rehacer todas las capas.
—Sí.
No solo este sector.
Si el mismo error aparecía en otros accesos, podían existir más duplicaciones.
Pero no debían ampliar demasiado la búsqueda todavía.
El foco seguía siendo la llegada oriental.
Clara encontró otra inscripción en el mismo sector:
«XVII»
Adrián observó.
—Número.
Podía ser marca de obra.
Lucía pidió contexto.
La memoria decía:
«número de piedra para recomposición.»
Perfecto.
Nada direccional.
Otra vez, la proximidad a letras no convertía todas las marcas en mensaje.
Eso debía quedar claro.
Otra incisión:
una cruz pequeña.
Clara encontró una nota:
«marca del cantero.»
No señal religiosa para peregrinos.
El muro acumulaba funciones diferentes.
Texto de orientación.
Numeración de montaje.
Marca de taller.
Todo sobre superficies próximas.
Un investigador que buscara un código podía unirlas fácilmente.
Pero no pertenecían a un mismo lenguaje.
Adrián observó.
—Entonces este muro es casi un resumen de todo lo que estamos aprendiendo.
—Sí.
Una superficie podía conservar siglos de intervenciones.
El error era leerlas como si alguien las hubiera realizado a la vez.
Eso era exactamente lo que hacían algunos mapas con la ciudad.
La misma lógica.
Clara encontró una memoria de limpieza donde se decía:
«No se repasen las letras antiguas sin saber a qué fase pertenecen.»
Lucía sonrió.
La precaución aparecía otra vez en la documentación histórica.
Alguien sabía que restaurar indiscriminadamente podía mezclar tiempos.
Eso era notable.
El teléfono vibró.
Samuel:
«Javier pregunta si también la piedra de la Concha pudo tener inscripciones añadidas después.»
Lucía observó.
Era una pregunta razonable.
Respondió:
Sí, es posible. Por eso hay que estudiar cada cara y cada fase antes de interpretar.
Samuel contestó:
«Se lo digo.»
La revisión de la puerta estaba ayudando incluso a comprender cómo debían abordar la pieza.
No podían asumir que todas sus inscripciones fueran contemporáneas.
La concha podía ser original o retallada.
Las letras laterales podían haber sido repasadas.
La base tenía marcas de recolocación.
Era un objeto estratificado.
Como la ciudad.
Clara encontró una referencia adicional a la inscripción IGREXA:
«Se repinta con carbón antes de festividad para que los forasteros la vean.»
Lucía se detuvo.
Eso confirmaba que seguía funcionando después de que la palabra ENTRADA hubiera dejado de ser útil.
También demostraba que las letras podían haber sido realzadas periódicamente.
Eso podía alterar su aspecto.
Una inscripción tallada no tenía por qué haber sido siempre visualmente igual.
La pintura podía aumentar contraste.
Cuando dejó de mantenerse, se volvió mucho menos legible.
Riveiro preguntó:
—¿El carbón puede dejar restos detectables?
Quizá, pero no era necesario especular.
Si hubiera estudios del muro, podrían consultarse.
No iban a pedir análisis invasivos solo por eso.
La fuente documental ya era suficiente para la función histórica.
Clara encontró una orden posterior:
«No se vuelva a pintar IGREXA porque desde el espacio nuevo ya se ve el templo.»
Lucía se quedó inmóvil.
Ahí estaba el final.
La apertura urbana hizo innecesaria incluso la indicación que había sobrevivido a la puerta.
Primero dejó de servir ENTRADA.
Después dejó de servir IGREXA.
La misma pared perdió gradualmente sus funciones de orientación.
No hubo borrado repentino.
Hubo obsolescencia escalonada.
Adrián observó.
—Entonces la plaza termina matando también las letras.
—Las vuelve innecesarias.
Exactamente.
La línea siguiente decía:
«Déjense como están.»
No ordenaba destruirlas.
Simplemente dejar de mantenerlas.
El tiempo haría el resto.
Eso explicaba por qué las inscripciones se perdieron sin que hubiera una intervención deliberada de borrado.
Otra vez el silencio surgía del abandono funcional.
Riveiro añadió al índice:
ENTRADA — inscripción de fase de acceso activo; deja de repintarse al cambiar función.