BLOQUE 3
Lucía no quiso abandonar todavía el libro de memorias.
La referencia a Porta de Baixo había demostrado que los índices podían devolver nombres auténticos y, al mismo tiempo, hacerlos parecer contemporáneos de hechos ocurridos décadas después.
Eso obligaba a revisar otra cosa.
No solo qué documentos recuperaba cada índice.
También qué fechas omitía.
Clara Nogueira colocó sobre la mesa dos catálogos de momentos distintos.
En el más antiguo, muchas entradas conservaban una referencia temporal.
«Puerta de Baixo — antes de la reforma.»
«Concha — durante obras.»
«Casa de espera — uso antiguo.»
En el catálogo posterior, esas precisiones habían desaparecido.
Quedaban solo los nombres.
Adrián observó.
—Entonces el problema no era únicamente cómo los llamaban.
—También cuándo dejaban de decir cuándo.
Lucía pasó varias fichas.
La pérdida de una fecha podía ser tan peligrosa como la pérdida de una palabra.
Una señal auténtica sin cronología podía terminar colocada dentro de una fase donde nunca había existido.
Una puerta clausurada podía reaparecer en un mapa posterior.
Una marca provisional podía convertirse en elemento permanente.
Eso explicaba buena parte de las superposiciones que habían estado corrigiendo.
Clara encontró una ficha especialmente clara:
«Concha pintada — señal provisional mientras se repara la piedra.»
La misma entrada, décadas después, aparecía como:
«Concha mural — señal de peregrinos.»
Había desaparecido provisional.
También la razón de su existencia.
La marca temporal terminaba convertida en señal permanente.
Riveiro había tenido que ajustar su mapa precisamente por esa interpretación.
—Entonces cada vez que una ficha pierde una palabra funcional, gana apariencia histórica —dijo Adrián.
Lucía asintió.
No porque se volviera más verdadera.
Porque se volvía más simple.
Y los mapas tendían a preferir lo simple.
Clara abrió otro fichero.
—Estos son índices cruzados.
Lucía se acercó.
Cada ficha remitía a otras categorías.
«Llegados → peregrinos.»
«Concha → símbolo jacobeo.»
«Alba → puerta.»
A simple vista parecían útiles.
Pero algunos enlaces habían cambiado con el tiempo.
Lucía señaló uno.
«Concha → pieza religiosa.»
Esa remisión explicaba cómo la piedra había terminado apartada de las referencias urbanas.
Un investigador que partiera desde la colección podía llegar a objetos devocionales.
No a cuentas de tránsito.
Otro enlace decía:
«Marca → cantería.»
Eso podía enviar la losa de asiento hacia estudios de marcas de cantero, exactamente la interpretación inicial de Varela cuando vio la incisión sin conocer la memoria de reparación.
Adrián observó.
—Entonces el índice también decidió qué clase de cosa era cada marca.
—Sí.
Y una clasificación equivocada podía desviar décadas de investigación.
Eso no significaba que los archiveros hubieran trabajado mal.
Clasificar exigía elegir.
El problema aparecía cuando una elección antigua seguía utilizándose después de que nuevas fuentes permitían corregirla.
Lucía buscó señal de asiento.
No apareció.
Clara probó marca de cantero.
Aparecieron varias referencias.
Entre ellas, una ficha muy antigua:
«Losa con raya junto al punto de llegada. Posible marca de cantero.»
Lucía se quedó inmóvil.
—Ahí está.
La losa que ellos consideraban ahora muy probablemente relacionada con el asiento había entrado en el índice bajo una interpretación material equivocada.
Eso explicaba por qué nadie había unido la incisión con la señal de la Concha.
Adrián señaló la ficha.
—¿Quién escribió “posible”?
Clara buscó las iniciales.
Eladio Ferreiro.
Lucía sonrió apenas.
Ferreiro había visto la duda.
Después, en una ficha posterior, aparecía:
«Marca de cantero junto al antiguo camino.»
El posible había vuelto a desaparecer.
Otra vez.
La hipótesis se había endurecido.
Eso explicaba por qué Varela, al encontrar la fotografía, pudo aceptar esa lectura sin revisar inicialmente el origen.
No era una idea suya.
La había heredado.
Clara buscó la primera memoria que hablaba de señal de asiento.
No estaba vinculada con la ficha de la losa.
El índice la clasificaba bajo:
«Obras — recolocación de elementos pétreos.»
Adrián observó.
—Dos documentos sobre la misma cosa en cajones distintos.
—Y con interpretaciones distintas.
Eso era el corazón del problema.
La fotografía de una losa estaba bajo cantería.
La orden que explicaba para qué servía la raya estaba bajo obras.
Mientras nadie cruzara ambas categorías, la función permanecería invisible.
Lucía sintió que los índices podían fragmentar una historia tanto como los cambios urbanos.
No porque quisieran hacerlo.
Porque cada documento ingresaba al archivo según la función más evidente en ese momento.
La conexión histórica aparecía después.
Riveiro llegó a media mañana.
Lucía le mostró las fichas.
Tomás leyó.
—Entonces el problema de la losa estaba acá desde hace décadas.
—Sí.
—Y nadie cruzó las dos referencias.
—Parece.
Riveiro observó.
—¿Podemos empezar a construir un índice nuevo?
Lucía lo miró.
—Todavía no uno definitivo.
—Uno de trabajo.
Eso sí.
Lucía aceptó.
Pero con una condición.
Cada entrada debía conservar el término original, la fecha y el grado de certeza.
Nada de resumir:
Mojón.
Debía decir:
M en croquis; interpretada después como mojón; memoria contemporánea describe marca de obra.
Nada de:
Ruta reservada.
Sino:
Trayecto hipotético de cartografía moderna; no aparece nombrado así en fuentes medievales conocidas.
Tomás sonrió.
—Va a ser el índice menos cómodo de la historia.
—Perfecto.
Adrián rió.
Lucía no.
La incomodidad era una ventaja.
Un índice demasiado limpio podía volver a ocultar las dudas.
Comenzaron por la piedra de la Concha.
Nombre histórico: piedra de la concha / piedra marcada.
Función documentada: referencia para quienes llegaban; relacionada con espera y retorno.
Ubicación: variable según fase.
Inscripción lateral: Lavac... documentado; ...grexa registrado en memoria posterior.
Estado posterior: retirada del camino y conservada.
Lucía frenó a Riveiro.
—No pongas “Lavacolla” como texto completo.
—Pero tenemos varios documentos.
—Tenemos referencias que sostienen la lectura. No la inscripción completa conservada.
Tomás corrigió.
Eso era exactamente lo que querían preservar.
Después:
Señal de asiento.
Función técnica.
No peregrina.
Posición probable apoyada por la losa del sondeo.
Interpretación moderna previa: marca de cantero.
Adrián observó.
—Ya con estas dos entradas evitamos medio problema.
Lucía asintió.
Luego:
Concha pintada en muro.
Provisional durante reparación.
Debía borrarse al volver la piedra.
No confundir con la señal pétrea.
Eso era crucial.
Continuaron con la M.
Riveiro escribió:
«Marca junto al giro.»
Lucía lo corrigió.
—Eso ya interpreta demasiado.
Tomás levantó la vista.
—¿Cómo entonces?
—“M en croquis del giro.”
Eso era mejor.
La letra era lo único indudable del dibujo.
Después podían agregar:
Interpretaciones posteriores: marca, mojón.
Memoria de obra: raya del muro usada por oficiales durante reparación.
No hacía falta elegir primero y explicar después.
El índice debía mostrar la evolución.
Adrián observó.
—Estamos haciendo exactamente lo contrario de lo que hicieron los índices viejos.
—No.
Lucía lo miró.
—Estamos intentando no repetir sus limitaciones.
Los índices antiguos habían sido útiles para su momento.
No tenía sentido tratarlos como errores absolutos.
Habían trabajado con la información disponible.
El problema era usarlos sin historia.
Clara encontró una entrada sobre Porta Alba.
El índice nuevo debía distinguirla por fase.
No podía colocarse simultáneamente con Puerta del Costado sin aclaración.
Riveiro agregó:
«Denominación posterior documentada del mismo acceso.»
Lucía pidió la fuente exacta.
La incorporaron.
Eso era importante.
Cada equivalencia debía poder volver al documento que la sostenía.
No bastaba con una conclusión.
El teléfono vibró.
Número desconocido.
Lucía abrió.
«Están rehaciendo el índice.»
Adrián observó.
Riveiro levantó la vista.
Nadie había enviado esa información fuera de la sala.
Lucía escribió:
¿Cómo lo sabe?
Respuesta:
«Porque es lo que tenían que hacer después de encontrar el libro.»
Eso era plausible.
No demostraba vigilancia.
El anónimo conocía la lógica de la investigación.
Lucía escribió:
¿Usted hizo uno propio?
Respuesta:
«Sí.»
¿Dónde?
Silencio.
Después:
«En el ordenador de Manuel.»
Lucía se quedó inmóvil.
Adrián también.
Eso era completamente nuevo.
¿Qué quiere decir?
La respuesta tardó.
«Trabajé un tiempo desde su equipo.»
Lucía sintió una alerta inmediata.
¿Con permiso?
Silencio.
Después:
«Al principio, sí.»
Eso implicaba que después quizá no.
Lucía escribió:
¿Después de su muerte?
No hubo respuesta.
Pasaron varios minutos.
Finalmente:
«Una vez.»
Adrián respiró lentamente.
La persona estaba admitiendo acceso físico al ordenador de Varela después de su muerte.
Eso podía explicar credenciales.
Carpetas compartidas.
También parte de los documentos conocidos por el anónimo.
Lucía escribió:
¿Por qué?
Respuesta:
«Quería recuperar mi índice y borrar el acceso al blog.»
Eso podía ser una explicación.
No justificaba entrar si ya no tenía autorización.
Pero daba motivo.
¿Dónde estaba el ordenador?
Silencio.
No respondió.
Lucía guardó el teléfono.
Ese dato debía ser comunicado de inmediato.
No iba a convertir el chat anónimo en interrogatorio informal.
Riveiro parecía tenso.
—Si entró desde el ordenador de Manuel, puede haber accedido a las carpetas automáticamente.
—Sí.
—Y a mi espacio compartido.
—También.
Eso explicaba gran parte de la actividad posterior.
No necesitaban imaginar robo de credenciales.
Bastaba un navegador con sesión iniciada.
Lucía preguntó a Tomás:
—¿Nuria había trabajado desde el ordenador de Manuel?
Riveiro pensó.
—Sí.
—¿Cernadas?
—Alguna vez.
—¿Mauro?
—No que yo recuerde.
—¿Vos?
—Sí.
Eso no resolvía identidad.
Varias personas podían haber tenido autorización en vida.
La frase «al principio, sí» sugería que el remitente había seguido usando el equipo cuando esa autorización ya no podía asumirse.
Clara continuó el índice de trabajo.