BLOQUE 3 #2
Las mismas relaciones de partidas incompletas.
Lucía observó.
Ahora había otra persona con conocimiento suficiente para entender la lista de Varela.
—¿Pidió copias?
—Sí.
—¿Las de Martín?
—No había una carpeta de Martín.
Lucía entendió.
Había pedido registros alrededor de esas fechas.
Eso podía ser completamente normal para su especialidad.
—¿Dejó alguna observación?
Clara negó.
—No.
Adrián tomó nota del nombre.
Lucía no quería abrir una nueva sospecha sin motivo.
Pero necesitaban hablar con ella.
El remitente anónimo podía ser cualquier persona que hubiera conocido el trabajo de Varela y tuviera acceso posterior a sus notas.
El círculo se ampliaba.
Clara volvió a la documentación.
—Hay otra referencia al nuevo punto de espera.
Lucía leyó:
«La casa antigua ya no recibe llegados desde que el paso se mudó al costado septentrional.»
Eso era decisivo.
La pérdida de función estaba documentada.
No habían destruido un lugar secreto.
Simplemente dejó de utilizarse cuando la circulación cambió.
La casa podía sobrevivir con otra función.
O desaparecer más tarde.
La piedra podía conservarse por un tiempo.
Después salir del espacio urbano.
Siglos más tarde, las piezas terminarían completamente separadas.
Adrián observó.
—Entonces si alguien encuentra la piedra sin estos registros, puede imaginar cualquier cosa.
—Sí.
Y eso era precisamente el problema contemporáneo.
Una pieza con una posible vieira y una inscripción parcialmente legible podía alimentar una historia de rutas reservadas si se ignoraba la documentación práctica sobre partidas incompletas.
La evidencia material no mentía.
Pero podía ser obligada a contar una historia distinta.
Lucía anotó una frase para sí:
La función está en la relación, no en el objeto aislado.
No era una cita.
Era una conclusión provisional.
Clara preparó las solicitudes de copia.
Antes de terminar, encontró una última anotación correspondiente a la transición entre ambos accesos.
«No retiren todavía la señal antigua, pues algunos siguen llegando por el camino viejo.»
Lucía observó.
Eso confirmaba coexistencia temporal de recorridos.
No simultaneidad como sistema permanente.
Una transición.
La diferencia era enorme.
Adrián se acercó.
—Entonces durante algunos años podríamos tener dos piedras.
Lucía negó.
—Tenemos una señal antigua que todavía sirve mientras la nueva circulación se consolida. No sabemos si había otra piedra.
—Correcto.
Él sonrió.
—Me adelanté.
—Mucho.
Lucía volvió a la frase.
La señal antigua sobrevivía precisamente porque el camino antiguo todavía no había desaparecido del todo.
Cuando finalmente dejara de utilizarse, la pieza perdería función.
Después podía ser retirada.
Eso construía una evolución coherente.
No necesitaban ningún acto deliberado de eliminación.
La ciudad estaba cambiando.
Eso era suficiente.
Salieron cerca del mediodía.
La lluvia había regresado.
Adrián abrió el paraguas.
Lucía caminó a su lado.
—Entonces ahora tenemos a Alonso.
—Sí.
—La espera.
—Sí.
—Y el traslado posterior.
Lucía lo miró.
—No hagas una lista.
Adrián sonrió.
—Está bien.
Caminaron un rato.
El caso de Martín ya no parecía misterio.
Parecía una ventana.
Una forma de observar cómo podía funcionar la llegada de una partida medieval.
El verdadero enigma estaba creciendo alrededor de otra pregunta.
¿Por qué una práctica tan comprensible había terminado siendo interpretada siglos después como posible ruta reservada?
Parte de la respuesta estaba en la pérdida de contexto.
Pero podía haber algo más.
Las fuentes posteriores quizá hubieran cambiado el sentido de las denominaciones.
O alguna reconstrucción moderna podía haber comprimido distintas fases.
Eso todavía debían descubrirlo.
Adrián rompió el silencio.
—¿Hablamos con Reigosa?
—Sí.
—¿Hoy?
—Sí.
—¿Y con Celia Barreiro?
—Después.
—¿Por qué ese orden?
Lucía observó la lluvia.
—Porque Reigosa ya estaba discutiendo con Varela antes de que muriera.
Eso era un hecho.
Celia solo había consultado documentos después.
No necesitaban darle el mismo peso todavía.
Adrián asintió.
Lucía sacó el teléfono y llamó a Álvaro Reigosa.
Respondió al cuarto tono.
—¿Sí?
—Álvaro Reigosa.
—Sí.
—Soy Lucía Orive.
Silencio.
—Sé quién es.
Lucía se detuvo.
—Entonces sabe por qué lo llamo.
—Por Manuel.
—Entre otras cosas.
—No tengo nada que decir sobre su accidente.
—No le pregunté por el accidente.
Otro silencio.
Lucía sintió la defensa demasiado rápida.
Podía deberse simplemente a que sabía que la muerte de Varela estaba generando preguntas.
—Quiero hablar sobre la señal del acceso oriental.
Reigosa respondió:
—La piedra no prueba lo que ustedes creen.
Lucía levantó la vista hacia Adrián.
—¿Qué cree que creemos?
Reigosa tardó.
—Que Varela tenía razón.
—¿En qué?
Silencio otra vez.
Lucía continuó.
—Encontramos los registros de espera.
La respiración al otro lado cambió.
—Entonces ya vieron demasiado poco para sacar conclusiones.
—Eso mismo podría decirse de una piedra aislada.
Reigosa no respondió.
Lucía siguió:
—Queremos escucharlo.
—¿Para qué?
—Porque usted trabajó con Varela y defiende otra interpretación.
—No defiendo una ruta secreta, si es lo que les dijeron.
Eso era interesante.
Rodrigo había hablado de acceso reservado.
No necesariamente secreto.
—Entonces explíqueme qué defiende.
Reigosa suspiró.
—No por teléfono.
—¿Nos vemos?
—Mañana.
—Hoy.
—No puedo.
Lucía miró la hora.
—Esta tarde.
Reigosa terminó cediendo.
Acordaron un lugar público.
Antes de cortar, él añadió:
—Una cosa.
—Dígame.
—No confíen en quien tenga la libreta de Manuel.
Lucía se quedó quieta.
—¿Cómo sabe que alguien la tiene?
Reigosa cortó.
Adrián la miró.
—Bueno.
Lucía guardó el teléfono.
Eso sí era nuevo.
Reigosa sabía de la libreta desaparecida.
No sabían cómo.
Quizá Varela le había hablado de ella.
Tal vez supiera que faltaba después de la muerte.
O podía tener información más directa.
Pero, por primera vez, alguien fuera del círculo inmediato mencionaba espontáneamente un objeto que ellos no habían hecho público.
Adrián observó.
—Ahora sí tenemos una pregunta bastante clara para esta tarde.
Lucía asintió.
Sí.
La investigación histórica empezaba a explicar qué ocurría antes de entrar en la Catedral.
La investigación contemporánea, en cambio, acababa de abrir otra puerta.
Álvaro Reigosa sabía que la libreta de Varela estaba en manos de alguien.
Y parecía tener una razón para temer lo que esa persona estaba haciendo con ella.