BLOQUE 3
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Lavacolla.
Lucía no respondió de inmediato.
Adrián miró la fotografía de la piedra y después volvió hacia Elena Mosquera.
—¿Está segura?
—Eso fue lo que Manuel creyó leer.
—¿Creyó?
Elena asintió.
—La inscripción estaba muy desgastada. Había letras casi perdidas y una parte de la superficie había sufrido daños antiguos.
Javier permanecía junto a la mesa.
—No dijo que fuera una lectura definitiva.
Lucía observó.
Eso era importante.
Varela no había afirmado haber descifrado completamente la inscripción. Había reconocido una palabra posible.
—¿Tomó fotografías? —preguntó.
Elena miró a su hermano.
—Sí.
—¿Las tienen?
Javier negó.
—Estaban en su teléfono o en su computadora.
Lucía recordó la libreta desaparecida.
—¿Y anotaciones?
—Escribió algo.
—¿Dónde?
Javier señaló hacia el depósito inferior.
—En su libreta.
Adrián lo miró.
—La misma que ya no está.
Javier bajó la vista.
—Supongo.
Lucía no quería suposiciones.
—¿Vieron esa libreta aquí?
Elena respondió.
—Sí.
—¿El día que estuvo Varela?
—Sí.
—¿Se la llevó cuando salió?
Elena dudó.
—Creemos que sí.
Lucía observó a ambos.
La falta de certeza podía ser normal. Nadie tenía por qué controlar cada objeto personal de un investigador que llevaba horas trabajando allí.
Pero alguien había colocado después una libreta semejante sobre la mesa del archivo.
La fotografía anónima podía mostrar la misma.
—Quiero ver el depósito —dijo Lucía.
Javier no respondió.
Elena lo miró.
—Ya saben que la pieza no está.
—No quiero buscar la piedra. Quiero ver dónde estaba.
Javier respiró con visible incomodidad.
—No es un espacio preparado para visitas.
—No necesitamos tocar nada.
Teresa permanecía apartada.
—Deberían mostrárselo.
Javier giró hacia ella.
—No te corresponde decidirlo.
—Tampoco corresponde seguir hablando de la pieza sin enseñarles el lugar donde Varela trabajó.
Lucía observó la tensión.
No parecía surgir únicamente de la desaparición de una piedra.
Había algo más entre los hermanos.
Elena terminó cediendo.
—Vamos.
Bajaron por una escalera estrecha.
El depósito ocupaba una parte semienterrada de la vivienda. No era una cámara histórica ni un espacio antiguo conservado desde siglos atrás.
Había sido acondicionado para guardar documentación y objetos procedentes de la colección familiar.
Lucía observó estanterías metálicas y cajas numeradas.
La humedad estaba controlada.
Nada parecía improvisado.
Javier encendió una segunda luz.
—La pieza estaba allí.
Señaló una plataforma baja junto a una pared.
Lucía reconoció inmediatamente el lugar de la fotografía.
La superficie cubierta de polvo.
La pared del fondo.
Y la marca M-17.
Adrián se acercó.
—Entonces la foto se tomó acá.
—Sí.
Lucía observó la plataforma vacía.
—¿Qué significa M-17?
Javier respondió.
—Mobiliario diecisiete.
Lucía lo miró.
—No Mosquera.
—No.
La coincidencia con la referencia del expediente había sido casual.
Eso era precisamente el tipo de cosa que podía haberlos llevado a una conclusión equivocada si no hubieran comprobado el dato.
Adrián sonrió brevemente.
—Bueno. Una menos.
Lucía no sonrió.
La fotografía seguía siendo auténtica.
Solo había cambiado el significado de una de sus marcas.
Se acercó a la plataforma.
—¿Cuándo descubrieron que la piedra faltaba?
Elena respondió desde atrás.
—Después de la muerte de Manuel.
—¿Cuánto después?
—Dos días.
Lucía giró.
—¿Por qué revisaron justo esta pieza?
Elena tardó.
—Porque mi hermano quería comprobar algo.
Javier la miró con evidente molestia.
Lucía esperó.
Elena continuó.
—Manuel había dicho que necesitaba volver al día siguiente.
—¿Para qué?
—Para terminar de leer la inscripción.
Adrián observó la plataforma vacía.
—Y no volvió.
—No.
Lucía preguntó:
—¿Entonces revisaron la piedra?
Javier respondió esta vez.
—Sí.
—¿Y ya no estaba?
—No.
La secuencia era clara.
Varela trabajó con la pieza.
Dijo que regresaría.
Murió antes de hacerlo.
Después, al revisar el depósito, la piedra ya no estaba.
Eso no demostraba que hubiera desaparecido después de su muerte.
Podía haberse retirado antes.
También podía haber sido trasladada por alguien autorizado sin dejar registro inmediato.
Lucía necesitaba saber quién tenía acceso.
—¿Cuántas personas pueden entrar acá?
Javier permaneció en silencio.
Elena respondió.
—Familia y personal de conservación.
—¿Cuántos?
—Pocos.
—¿Tienen registro de entrada?
Javier negó.
—No dentro de la casa.
Adrián miró alrededor.
—¿Cámaras?
—No acá abajo.
Lucía observó el corredor.
—¿Arriba?
—En el acceso principal.
Eso podía ayudar.
Pero habían pasado días.
No sabían cuánto tiempo se conservaban las grabaciones.
—¿Las revisaron?
—Sí —respondió Elena.
Lucía la miró.
—¿Y?
—No vimos a nadie sacando una piedra.
Adrián observó la plataforma.
—Eso no significa que no saliera.
—No.
La pieza podía haber sido cubierta o transportada junto con otros materiales.
Lucía se agachó sin tocar la superficie.
Había una zona más limpia donde había descansado la piedra.
La forma era alargada.
No parecía monumental.
Podría trasladarse entre dos personas.
—¿Peso aproximado?
Javier respondió.
—No sé. Treinta kilos, quizá algo más.
Adrián observó.
—No es algo que alguien guarde en un bolsillo.
—No.
Lucía volvió a ponerse de pie.
—¿Existe ficha completa?
Javier asintió.
—Arriba.
—Quiero verla.
Regresaron a la sala.
Elena buscó una carpeta y sacó una reproducción.
La ficha era mucho más antigua que el inventario actual.
Lucía comenzó a leer.
Pieza 62. Piedra de señal. Procedencia atribuida a antiguo acceso oriental.
Más abajo:
Retirada durante reforma posterior. Conservada por pérdida de función.
Adrián señaló.
—Eso coincide con lo que vimos en el archivo.
—Sí.
Lucía siguió.
La siguiente línea era más interesante:
«Presenta marca frontal y restos de inscripción lateral.»
—¿Marca frontal?
Javier buscó otra hoja.
Había un dibujo antiguo.
Muy esquemático.
La cara principal de la piedra mostraba una figura radial.
Adrián se inclinó.
—Ahora sí parece una concha.
Lucía observó.
Podía serlo.
Pero el dibujo no era suficientemente detallado.
La propia ficha no lo identificaba como concha.
Solo decía marca frontal.
—¿Hay una descripción posterior?
Elena buscó.
Encontró una ficha más reciente.
«Motivo posiblemente jacobeo.»
Lucía preguntó:
—¿Quién escribió esto?
—Mi abuelo.
—¿Basado en qué?
Elena negó.
—No lo sabemos.
Lucía dejó la hoja.
La interpretación jacobea era plausible.
No estaba demostrada por la ficha temprana.
La palabra Lavacolla, si Varela realmente la había leído, podía cambiar eso.
Pero necesitaban la inscripción.
—¿Hay calco? —preguntó.
Javier negó.
—¿Fotografía antigua?
—Una.
Elena sacó otra reproducción.
La imagen era en blanco y negro.
La piedra aparecía apoyada verticalmente contra una pared.
La cara frontal era visible.
El motivo radial se distinguía mejor.
Adrián permaneció mirando.
—Eso sí parece una vieira.
Lucía no respondió.
El dibujo antiguo podía haber simplificado la forma.
La fotografía era más convincente.
Aun así, una vieira grabada no bastaba para reconstruir la función completa de la pieza.
—¿El lateral?
—No se fotografió.
Lucía sintió frustración.
La inscripción estaba precisamente allí.
—¿Varela vio algo que nadie había mirado antes?
Elena asintió.
—Eso creemos.
Javier añadió:
—La piedra siempre se exhibió de frente cuando estaba en la casa anterior. Nadie había prestado mucha atención al costado.
Adrián señaló.
—Entonces la inscripción pudo quedar ignorada durante décadas.
—Sí.
Lucía volvió al inventario.
—¿Cómo llegó la pieza a la familia?
Elena buscó otra hoja.
—Por una adquisición antigua.
—¿Compra?
—Donación.
—¿De quién?
La referencia daba un apellido.
Rodríguez de Castro.
Lucía tomó nota.
La fecha era del siglo XIX.
Eso significaba que la piedra había pasado por manos privadas mucho después de ser retirada del espacio urbano.
—¿Existe documentación anterior a la donación?
—Solo una mención.
Elena abrió otra carpeta.
Lucía leyó:
«Piedra procedente de reformas antiguas, conservada por su señal de camino.»
No aparecía ubicación exacta.
Pero la frase era importante.
Señal de camino.
No ornamento.
No pieza devocional aislada.
Camino.
Adrián observó.
—Entonces su función caminera sí está documentada antes de llegar a los Mosquera.
—Sí.
Lucía sintió que el valor histórico de la pieza aumentaba.
Si la inscripción podía vincularla con Lavacolla y el motivo frontal tenía carácter jacobeo, podía convertirse en evidencia material de una señal usada para orientar a peregrinos dentro de una configuración anterior de Santiago.
Eso explicaba por qué Varela había considerado tan importante recuperar la posición original.
No bastaba con saber qué era la piedra.
Necesitaba saber dónde había estado.
—¿Varela les dijo qué quería demostrar? —preguntó Lucía.
Elena respondió:
—Que la entrada de algunos peregrinos no funcionaba como se representa ahora.
Adrián la miró.
—¿Usó esas palabras?
—Dijo que estábamos mirando una Compostela posterior y obligando a los peregrinos antiguos a caminar por ella.
Lucía permaneció inmóvil.
La frase encajaba exactamente con la línea de investigación.
No se trataba de descubrir una ruta secreta.
Se trataba de evitar proyectar la ciudad actual hacia atrás.
—¿Qué pensaba de Lavacolla?
Javier respondió:
—Que era una de las claves.
—¿Por qué?
—Porque la inscripción podía indicar que la piedra no señalaba únicamente hacia la Catedral.
Lucía esperó.
—¿Qué más?
Javier miró a Elena.
Ella terminó respondiendo.
—Podía señalar el regreso temporal hacia el camino oriental.
Adrián frunció el ceño.
—¿Regreso?
—Eso dijo Manuel.
Lucía recordó la documentación de Martín.
Llegó a Compostela.
Después volvió hacia el paso de la fuente.
La piedra podía haber indicado una circulación de retorno para determinadas personas.
—¿Para ayudar a otros caminantes? —preguntó.
Elena asintió.
—Era una de sus hipótesis.
Lucía observó.
Eso explicaba por qué la inscripción con Lavacolla podía ser decisiva.
La piedra no solo orientaba a quienes llegaban.