Capítulo 18
Después
✦ ISADORA ✦
Lisboa olía a brisa marina y a café quemado.
Siempre olía así. Pero esta vez lo noté de otra forma —con esa atención que las cosas ganan cuando vuelves después de haberte ido de verdad.
El apartamento de Príncipe Real estaba como lo dejé. El balcón, la vista, las ventanas altas. Mateus había puesto flores en la mesa de la sala que yo no pedí y que eran bonitas de una forma que me irritó levemente —ese gesto de administrar mi humor antes de que yo llegara.
Dejé las flores. Abrí las ventanas.
Mi padre me esperaba en el despacho a las tres.
Llegué a las tres en punto. Toqué dos veces, entré sin esperar.
Estaba de pie cerca de la ventana —siempre cerca de la ventana, eso era cosa de familia, lo aprendí de él sin darme cuenta. Se volvió cuando entré. El rostro más viejo de lo que recordaba, o tal vez lo estaba mirando desde un ángulo distinto ahora.
—Isadora.
—Papá.
Me senté. Él se sentó del lado opuesto. Ninguno de los dos hizo el gesto del abrazo que a veces pasaba y a veces no —esta vez no.
—El contrato se canceló —dijo.
—Lo sé.
—Reiter no se va a mover. Léa tenía razón —la exposición de la holding fue suficiente para que se replegara.
—Lo sé, papá.
Se quedó mirándome.
—Cambiaste —dijo. Por segunda vez. La primera había sido por teléfono.
—Ya lo dijiste antes.
—Sigue siendo verdad.
Miré la ventana. Lisboa afuera, el Tajo visible entre los tejados.
—Necesito entender algo —dije—. Cuando me pusiste en el acuerdo con Reiter. En el momento en que lo hiciste. ¿Qué pensaste sobre mí?
Se quedó callado.
—No era sobre ti —dijo, por fin.
—Era exactamente sobre mí.
—Era sobre resolver un problema —dijo. La voz más baja—. Y tú eras —parte de lo que tenía disponible.
Parte de lo que tenía disponible.
Me quedé con eso un momento.
—Voy a necesitar tiempo —dije—. Para procesar lo que hiciste. No sé cuánto. Pero necesito que sepas que estoy procesando, y que mientras proceso no voy a fingir que todo está bien.
Asintió despacio.
—Está bien —dijo.
—Y papá.
—Sí.
—Dante se va a ir.
Silencio.
—Ya me lo comunicó —dijo mi padre. La voz controlada, pero había algo debajo.
—¿Y?
—Y lo entiendo.
Lo miré.
—Lo entiendes —dije.
—No soy tonto, Isadora. —Una pausa—. Veo lo que tengo frente a los ojos cuando elijo verlo.
Me quedé con eso también.
Eran muchas cosas para quedarme. Pero ese era mi padre —complicado y falible y capaz de cosas que todavía estaba aprendiendo a dimensionar— y había crecido amando a ese hombre sin entender completamente quién era.
Ahora entendía mejor.
No cambiaba el amor. Cambiaba lo que hacía con él.
Me levanté.
—Me voy a quedar en Lisboa —dije—. Por ahora. Pero a mi ritmo.
Asintió.
Fui hasta la puerta. Me detuve.
—Papá.
—Sí.
—Las flores en la sala. Dile a Mateus que no hace falta.
Se quedó callado un segundo.
—Se lo digo —dijo.
Salí.
* * *
✦ DANTE ✦
La conversación con Marcos Vellano duró cuarenta minutos.
No fue simple. Pero fue honesta —de la forma en que este tipo de conversaciones logra ser honesta, con los dos sabiendo lo que el otro tenía y lo que el otro podía hacer con eso.
Al final, fue equilibrio. Como le había dicho a Isadora.
Seis años de trabajo cerrados en una tarde de martes en un despacho en Lisboa con vista al Tajo.
Salí a las cinco.
La ciudad estaba empezando a entrar en el final de la tarde —esa luz dorada que Lisboa hacía mejor que cualquier otra ciudad que hubiera conocido, esa cualidad de iluminar las cosas por dentro en vez de por encima.
Caminé sin destino un rato. Príncipe Real, después hacia el Chiado, las calles en cuesta, los azulejos y las fachadas y los gatos que pertenecían a todos lados.
Había trabajado en esta ciudad varias veces sin haber caminado nunca así por ella.
Me detuve en un bar pequeño, pedí una copa de vino, me quedé de pie en la barra mirando la calle.
Veinte años de trabajo.
No sabía del todo qué venía después. Tenía algunas ideas —Léa había mencionado un tipo de trabajo distinto, consultoría, el lado limpio de las mismas habilidades. No era certeza. Era posibilidad.
La posibilidad era suficiente por ahora.
El celular vibró.
Isadora.
Un mensaje corto:
La conversación con mi padre salió bien. ¿Tú?
Miré el mensaje un segundo. Después:
Salió bien.
Aparecieron tres puntos. Después:
Estoy en el balcón. Lisboa está hermosa hoy.
Miré la calle afuera. El sol bajando, la luz dorada, una mujer pasando con un niño de la mano.
Mandé:
Lo sé. Lo estoy viendo.
Tres puntos.
¿¿Estás en Lisboa??
Acabo de salir del despacho de tu padre.
Pausa más larga.
Dante.
Sí.
Ven.
Dejé el vino en la barra, salí del bar, y fui.
* * *
✦ ISADORA ✦
Oí el timbre a las seis y algo.
Bajé los tres pisos sin esperar el ascensor.
Abrí la puerta.
Dante estaba ahí. En jeans y camisa oscura, sin el abrigo, los hombros levemente húmedos por la garúa que había empezado. El cabello con ese mechón suelto sobre la frente que había notado la primera madrugada en Lisboa y que se había quedado conmigo sin que yo supiera por qué.
Me miró.
—Hola —dije.
—Hola —dijo.
Di un paso atrás para dejarlo entrar.
Entró. Se quedó parado en la entrada, mirando el apartamento, esa forma suya de mapear cualquier espacio en el que entraba —pero esta vez había algo distinto en eso, menos profesional, más humano.
—¿Cómo te fue? —dije.
—Cerrado.
—¿Te lo puso difícil?
—Lo intentó.
—¿Y tú?
—Lo resolví.
Cerré la puerta.
Nos quedamos los dos parados en el pasillo de entrada con Lisboa oscureciendo por la ventana de la sala al fondo y la garúa golpeando el vidrio.
—¿Te vas a quedar en Lisboa? —pregunté.
—Un tiempo. Tengo cosas que organizar.
—¿Y después?
—Todavía no sé.
—Está bien.
Me miró.
—Dijiste eso antes. En París.
—Sigue siendo verdad.
Había algo en su rostro —no la expresión de trabajo, no la de cálculo. La otra, la que había pasado semanas aprendiendo a reconocer y que ahora identificaba sin esfuerzo.
Fui hacia él.
No para besarlo, no de inmediato —solo fui, y puse la mano en su pecho, y lo miré de cerca.
—Dante.
—Sí.
—Bienvenido a fuera de todo esto.
Se quedó callado un segundo.
Después su mano vino —despacio, como siempre, esa lentitud deliberada que era solo suya— y envolvió la mía.
—Gracias —dijo.
Eran dos palabras simples.
Pero con su voz, con ese peso callado que tenían todas sus cosas, se quedaron aquí, en el pecho, de una forma que ya sabía que iba a durar mucho tiempo.
Afuera, Lisboa olía a brisa marina y a café quemado.
Y la garúa golpeaba el vidrio.
Y ninguno de los dos fue a ninguna parte.
* * *
Gracias por leer hasta aquí ❤️
A. L. Sincler