El séptimo pasajero Sin recortar
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Después del retiro en Calama, Paula se quedó dos días más en San Pedro. Quería pasar un rato con Inés antes de volver a Santiago.

Había pasado casi toda su estadía entre habitaciones, vehículos y oficinas. El desierto se había convertido en el lugar donde encontraba nuevas formas de perder a su hermano. Antes de irse quería ver algo que no necesitara explicar en una declaración.

Elías podía acompañarlas una tarde. Inés aceptó con la condición de caminar lo mínimo. Fueron a un mirador del Valle de la Luna al que pudieron acercarse en vehículo. Paula y Elías recorrieron un tramo corto mientras ella descansaba junto a otros visitantes. Se reunieron para esperar la última luz.

Inés no tuvo que contar a nadie.

Al principio siguió haciéndolo de todos modos.

El paisaje no ofreció una respuesta. La sal formaba líneas claras en el terreno y el relieve cambiaba con cada sombra.

Elías conversó un rato con alguien que conocía y después las dejó mirar.

Cerca de ellas, una pareja discutía sobre cuál de dos fotografías había quedado mejor.

Paula escuchó la discusión y guardó su teléfono.

Sacó el cuaderno.

Paula eligió una piedra pequeña junto al sendero y empezó por el borde que recibía luz.

Inés se acomodó a su lado, con la pierna apoyada.

El aire se enfriaba deprisa al caer la tarde.

Todavía le sorprendía que una experiencia tan conocida pudiera ocurrir sin traer enseguida el recuerdo de la búsqueda.

—¿No quieres una foto? —preguntó Paula.

—Después.

La joven siguió dibujando.

Al volver al vehículo, pidió que se detuvieran un momento antes de arrancar. Tenía algo más que contarle a Inés. Elías se alejó unos pasos para hablar por teléfono.

—Abrí el sobre —dijo Paula.

Inés asintió. Paula le había contado por teléfono cómo había sido el retiro.

—Había una nota aparte. No servía para las cuentas. La entregué igual, pero no te la había contado.

Hugo le pedía que, si lograban un acuerdo, destruyera ciertos originales. Decía que guardarlos después solo haría daño a personas que no tenían nada que ver. Entre esas personas la incluía a ella.

—Lo escribió como un favor que me estaba haciendo.

Inés miró el cuaderno sobre sus rodillas.

—¿Qué hiciste?

—Nada de lo que me pidió.

Paula había entregado todo, incluidas las hojas en las que aparecía su propia firma.

No sabía todavía cuánto trabajo, dinero o explicaciones le costaría salir de aquello.

Había cosas que había firmado sin leer y otras que prefirió no entender cuando todavía podía preguntar.

No pretendía que la muerte de Hugo borrara sus decisiones.

—Por un rato pensé en sacar dos hojas —admitió—. Solo dos. Nadie tenía que saber que estaban ahí.

Inés esperó.

—Y me escuché hablando como él.

Paula alisó una esquina del cuaderno. Inés la dejó terminar sin interrumpirla.

Elías volvió. Puso la calefacción, se quejó de que una luz del tablero llevaba días encendiéndose sin motivo aparente y les preguntó dónde querían comer. Paula eligió un lugar del pueblo que le había gustado al llegar. Recordaba el pan. Era suficiente.

Al día siguiente Inés la acompañó a esperar su traslado. Paula llevaba la maleta de su hermano además de la propia. Algunas cosas habían quedado retenidas; otras viajaban dentro de una bolsa que todavía no se sentía capaz de abrir. El cuaderno iba en la mochila, cerca de la mano.

Se abrazaron con cuidado por el costado de Inés.

—Te voy a mandar el dibujo —dijo Paula.

—El que quieras.

No prometieron visitarse pronto. Paula le dijo que la llamaría al llegar a Santiago. Después siguieron hablando, primero de los trámites y más adelante de otras cosas.

Cuando el vehículo se fue, Inés tomó un taxi a su casa. Respondió dos mensajes de trabajo desde el patio y dejó los demás para la tarde.

Tres semanas después, cuando pudo caminar y frenar sin dolor, volvió a guiar.

El grupo era pequeño. Había una pareja, dos amigos y una mujer que viajaba sola.

Inés se presentó, explicó el recorrido y pidió que le avisaran antes de alejarse en cualquier parada.

Nadie discutió. Una de las personas preguntó si de verdad hacía tanto frío por la noche.

Ella respondió que llevara la chaqueta aunque ahora le pareciera exagerado.

Durante la primera parada sintió el impulso de revisar los asientos vacíos del vehículo. Lo hizo una vez. Después se quedó junto al grupo y escuchó una pregunta completa sin mirar por encima del hombro de quien hablaba.

Al terminar, la mujer que viajaba sola pidió una fotografía.

—Contigo también —dijo.

Inés iba a ofrecerse a tomarla. Se detuvo. Otro visitante aceptó sostener el teléfono. Ella se acomodó junto a los pasajeros, con el sol bajo molestándole en un ojo y una arruga incómoda en la manga.

La imagen no quedó especialmente bien. Una persona estaba cerrando los ojos y a otra se le había levantado el pelo. Inés tenía la boca abierta porque estaba diciendo que esperaran un segundo.

Eran seis.

La mujer ofreció repetirla.

Inés miró la pantalla y, por un momento, vio la figura amarilla al borde de otra noche. No desapareció del todo. Supo que habría veces en que volvería, sin pedir permiso, en una linterna o en el ruido de una puerta.

Después reconoció su propia cara entre las demás.

—Mándame esa también —dijo.

La recibió esa misma tarde.

No la recortó.