Epílogo
Dos años y medio después...
El castillo MacAllister estaba sumido en un silencio extraño aquella noche. No era el silencio habitual de la fortaleza cuando la nieve cubría las Highlands y los hombres dormían tras una jornada dura, sino uno cargado de expectación, de miedo y de esperanza.
Gregor caminaba de un lado a otro del pasillo como un lobo encerrado.
Cada grito de Isla atravesaba la puerta de la cámara de partos y se clavaba en su pecho con una fuerza que lo dejaba sin aire.
Nunca en su vida había temido a un enemigo, ni siquiera cuando había combatido contra ejércitos más numerosos que el suyo.
Pero aquello… aquello era una batalla contra la que no podía blandir espada alguna.
—Gregor… —murmuró Matteo desde la pared, intentando tranquilizarlo—. Debes respirar.
Gregor apenas lo oyó.
Otro grito.
Sus manos se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos.
—No puedo quedarme aquí escuchando cómo sufre —dijo finalmente con voz ronca—. No puedo.
Avanzó hacia la puerta.
Y se encontró con el muro humano que llevaba horas bloqueándole el paso.
Laird MacLeod.
—Ni lo intentes, muchacho —gruñó el viejo laird, cruzando los brazos con una expresión tan obstinada como una montaña—. Ya te he dicho que los hombres no entran en una sala de partos.
—Es mi esposa —replicó Gregor con un temblor en la voz que no consiguió ocultar—. Y está sufriendo.
El laird lo observó con calma.
—Tu esposa es también mi hija —respondió con gravedad—. Y es más fuerte de lo que crees.
Gregor negó con la cabeza, incapaz de aceptar aquella lógica.
—No debería estar sola.
El viejo escocés soltó una risa grave.
—Nunca está sola. Está rodeada de mujeres que saben exactamente lo que hacen. Y créeme, muchacho… tu presencia allí solo causaría más caos que ayuda.
Gregor apoyó la frente contra la puerta cerrada, sintiendo el frío de la madera atravesarle la piel mientras intentaba contener el torbellino de pensamientos que lo desgarraba por dentro.
Nunca había temido una batalla, ni siquiera cuando la muerte había silbado junto a su oído en campos de guerra lejanos; pero escuchar los gritos de Isla al otro lado de aquella puerta, sabiendo que cada uno de ellos nacía del dolor de su cuerpo, lo enfrentaba a una impotencia que lo volvía casi salvaje.
Durante un momento permaneció allí inmóvil, respirando con dificultad, como si el simple hecho de mantenerse erguido requiriera un esfuerzo titánico.
—Si algo le ocurre… —murmuró finalmente, sin apartar la frente de la puerta, incapaz de terminar la frase.
El laird MacLeod, que vigilaba la entrada con la obstinación de un viejo guerrero que no cede terreno, respondió con una firmeza tranquila que parecía surgir de una certeza profunda.
—Nada le ocurrirá —dijo con gravedad—. Esa muchacha es más fuerte de lo que imaginas, Gregor, y las mujeres que están con ella han traído al mundo más vidas que amaneceres que nosotros hayamos visto.
El tono del viejo laird no admitía réplica. Sin embargo, antes de que Gregor pudiera reunir fuerzas para discutir de nuevo, un último grito de Isla atravesó la puerta con tal intensidad que hizo que todos los hombres del pasillo contuvieran el aliento.
Luego…
Silencio.
Un silencio tan profundo y absoluto que pareció absorber incluso el crepitar lejano de las antorchas en el corredor.
Durante ese instante suspendido, Gregor sintió que el corazón se le detenía en el pecho, como si el mundo entero hubiera dejado de moverse a la espera de una respuesta que no llegaba.
—¿Isla…? —susurró, con una voz que apenas era más que un hilo de aire.
Entonces, rompiendo aquella quietud aterradora, se elevó el llanto de un bebé.
Un sonido pequeño, frágil… pero lleno de vida.
Y antes de que Gregor pudiera reaccionar, un segundo llanto se unió al primero.
Gregor levantó lentamente la cabeza, confundido, con la mente aún atrapada entre el miedo y la incredulidad.
—¿Dos…? —murmuró sin comprender del todo lo que estaba oyendo.
La puerta se abrió.
La comadrona apareció en el umbral con una sonrisa amplia, iluminada por la satisfacción de quien ha presenciado un milagro más.
—Laird Gregor —anunció con voz cálida—, su esposa está bien.
Gregor no esperó a oír nada más.
Entró.
La habitación estaba bañada por la luz dorada del fuego y el resplandor tembloroso de las velas. El aire estaba impregnado del aroma de las hierbas medicinales y del esfuerzo reciente, pero también de algo nuevo, algo casi sagrado que llenaba el espacio con una sensación de paz profunda.
Isla descansaba entre almohadas, el rostro aún pálido por el esfuerzo, mechones de cabello oscuro pegados a las sienes por el sudor.
Parecía agotada hasta el límite de sus fuerzas…
y sin embargo, cuando lo vio, una sonrisa luminosa se abrió paso en su rostro, una sonrisa que transformó por completo su expresión.
—Gregor… —susurró, abriendo los brazos hacia él.
Él cruzó la habitación en dos pasos y cayó de rodillas junto a la cama, como si todas las fuerzas que lo habían sostenido durante aquellas horas se hubieran rendido por fin.
Tomó su mano entre las suyas, apretándola con cuidado.
—Mi amor… —murmuró con la voz quebrada—. Pensé… pensé que iba a perderte.
Isla dejó escapar una risa suave, cansada pero llena de una ternura infinita.
—No era mi intención abandonarte tan pronto —respondió con dulzura—. Aún tenemos demasiadas discusiones pendientes.
La comadrona se acercó entonces, llevando entre los brazos un pequeño bulto envuelto en mantas.
—Creo que alguien quiere conocer a su padre.
Depositó al bebé en los brazos de Isla.
—Nuestro hijo —susurró ella, con una mezcla de asombro y amor que iluminaba sus ojos.
Gregor se inclinó lentamente para observar al pequeño.
El niño tenía el cabello oscuro y los ojos cerrados, respirando con la calma absoluta de quien acaba de llegar al mundo sin conocer todavía el peso de la vida. Sus diminutos dedos se movían torpemente sobre la tela, como si intentaran aferrarse a la existencia misma.
Gregor extendió la mano y acarició con reverencia aquella pequeña cabeza.
—Es perfecto —murmuró.
—Como su padre —bromeó Isla con una sonrisa débil.
Gregor dejó escapar una risa baja.
—Espero que no sea cierto —respondió—. Este pequeño merece ser un hombre mucho mejor que yo.
Isla lo observó con una expresión cómplice.
—Entonces tendrá que parecerse a su madre.
Gregor iba a responder cuando ella levantó ligeramente las mantas que tenía a su lado.
—Y también merece conocer a su hermana.
Gregor frunció el ceño, confundido.
—¿Su… hermana?
Isla levantó otro pequeño bulto, tan diminuto que parecía imposible que hubiera estado allí todo el tiempo.
—Gemelos.
Durante un instante, Gregor se quedó completamente inmóvil.
Luego, la incredulidad se transformó en una risa profunda que le brotó desde el pecho.
—Dos… —repitió, sacudiendo la cabeza—. Dios nos ha bendecido con dos.
Tomó a la niña con un cuidado reverencial.
Era ligera como una pluma, tan pequeña que cabía casi por completo en el hueco de sus brazos. Cuando abrió los ojos y lo miró con una curiosidad tranquila, Gregor sintió algo que nunca había experimentado antes, un amor tan vasto que parecía expandirse dentro de él hasta doler.
—Creo que ya me tienen completamente dominado —murmuró.
Isla lo contempló con una sonrisa llena de ternura.
—Eso era inevitable desde el primer momento.
Gregor levantó la vista hacia ella.
Durante dos años y medio había reconstruido su vida pieza a pieza, había aprendido a dejar atrás el rencor, a confiar en lo que sentía y a aceptar que el amor podía ser más poderoso que cualquier herida del pasado.
Y ahora comprendía que la felicidad no se encontraba en las victorias de la guerra ni en la gloria de los hombres… sino en aquella mujer que lo miraba como si él fuera el centro de su mundo.
—Isla…
Dejó a la niña con cuidado entre las mantas y tomó el rostro de su esposa entre las manos.
—Antes te prometí protegerte —dijo con voz baja—. Pero ahora entiendo que fuiste tú quien me salvó.
Ella negó suavemente.
—Nos salvamos el uno al otro.
Gregor besó su frente con delicadeza.
Luego la besó en los labios.
Un beso profundo, lento, lleno de todo lo que habían perdido, sufrido y encontrado juntos.
Cuando se separaron, Isla susurró:
—¿Has pensado en los nombres?
Gregor miró a los dos pequeños.
—Ronan —dijo finalmente—. Por mi hermano.
Isla asintió con emoción.
—Y Rebecca —añadió—. Por mi madre.
Gregor sonrió.
—Ronan y Rebecca MacAllister.
El nombre resonó en la habitación como una promesa.
Gregor volvió a mirar a Isla.
—Gracias —murmuró—. Por mi vida… por nuestra familia… por este amor.
Ella apoyó la frente contra la suya.
—Siempre fue tuyo.
Fuera de la habitación, la nieve seguía cayendo sobre las Highlands, cubriendo las montañas con un silencio antiguo.
Pero dentro de aquella cámara iluminada por el fuego había nacido algo mucho más fuerte que cualquier invierno.
Había nacido una familia.
Y un amor capaz de sobrevivir a cualquier tormenta.