El señor de los MacAllister (Guerreros de las Highlands 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

La ceremonia comenzó.

Gregor apenas escuchaba las primeras palabras del sacerdote. Tenía toda su atención fija en Isla.

Ella permanecía a su lado con una calma que lo desconcertaba. Su espalda recta, la barbilla ligeramente levantada, las manos unidas delante del cuerpo. Parecía una reina enfrentándose a su destino.

El vestido verde caía sobre sus caderas con elegancia, y las piedras rojas de su collar captaban la luz de las antorchas cada vez que ella respiraba.

Gregor sintió que algo oscuro y posesivo se agitaba en su interior.

Es mía.

Los votos comenzaron a recitarse.

—Lord Gregor Joseph MacAllister —dijo el sacerdote—, repita conmigo…

Gregor no dudó. Su voz resonó clara y firme en la sala mientras pronunciaba cada palabra.

Prometió fidelidad, protección y compartir su fuerza y su fortuna.

Sus ojos no abandonaron el rostro de Isla ni un solo instante mientras hablaba.

Cuando llegó el turno de ella, Isla sostuvo su mirada.

No había temor en sus ojos. Solo determinación. Y algo más profundo que Gregor no quiso analizar.

Repitió cada voto con voz clara.

Prometió fidelidad, obediencia y entregar su vida al clan MacAllister.

Cuando terminó, el sacerdote tomó una tira de tartán MacAllister y la anudó alrededor de sus manos derechas, uniendo sus destinos ante todos los presentes.

Luego colocó sus manos sobre sus cabezas.

—Que el Todopoderoso os bendiga y os proteja —dijo—. Que vuestro hogar sea fuerte y vuestra unión fecunda.

Un rugido de aprobación estalló entre los invitados.

Las jarras chocaron.

Algunos hombres vitorearon.

El padre Domhnall dio un paso atrás y sonrió levemente.

—Puede besar a la novia, Laird Gregor.

Gregor no esperó un segundo más.

Atrajo a Isla hacia él con firmeza, rodeándole la cintura con el brazo y acercándola a su pecho.

Su boca capturó la de ella.

El beso no fue casto.

Ni breve.

Fue profundo, exigente, cargado de todo lo que habían callado durante cinco años.

Isla entreabrió los labios.

Gregor sintió el contacto de su lengua y una oleada de calor recorrió su cuerpo con una violencia que casi lo hizo gruñir.

La estrechó más contra él.

Sintió sus curvas contra su torso, la presión suave de su pecho, el leve temblor de su respiración.

Isla se inclinó hacia él, sin ninguna intención de apartarse y respondió volviéndose el beso más intenso. Más lento. Más peligroso.

Durante un momento, Gregor olvidó la sala, los invitados, el sacerdote, el consejo.

Solo existía el sabor de Isla.

Su aliento. Su cuerpo.

La sensación de tenerla finalmente entre sus brazos.

Pero la tensión en su interior creció demasiado rápido.

Gregor se apartó bruscamente antes de perder el control.

Respiraba con dificultad y sus ojos oscuros brillaban.

—Sí, muchacha —murmuró junto a sus labios, con la voz baja y áspera—. Una promesa de lo que está por venir.

Se inclinó ligeramente hacia su oído, con su aliento rozó la piel de su cuello.

—Esta noche te convertiré en mujer, Isla.

Hizo una breve pausa, saboreando el leve estremecimiento que recorrió su cuerpo.

—Y si tengo suerte… plantaré mi primer hijo dentro de ti.

Los músicos comenzaron a tocar de nuevo.

El arpa y los laúdes llenaron el gran salón con una melodía alegre, y los invitados comenzaron a aplaudir y a levantar sus jarras.

Gregor tomó la mano de Isla.

No suavemente, sino con firmeza. Con posesión.

La condujo hacia la mesa principal mientras la multitud se abría a su paso.

Cuando llegaron, la ayudó a sentarse y se inclinó ligeramente hacia ella, apoyando una mano en el respaldo de su silla.

Sus labios rozaron apenas su oído cuando habló.

—Bebe y come —murmuró con una sonrisa oscura que solo ella pudo ver—. Necesitarás fuerzas esta noche.

Sus ojos recorrieron lentamente su rostro.

Luego descendieron, deliberadamente, hacia su cuerpo antes de volver a encontrarse con los suyos.

—Y todas las noches que vendrán.

Nada parecía real.

Sentada en la mesa alta del gran salón, rodeada por el murmullo constante de voces, el brillo de las antorchas y el aroma embriagador del banquete, Isla tenía la sensación de estar viviendo dentro de un sueño que su mente aún no era capaz de comprender del todo.

Las risas, el sonido de las jarras chocando, la música del arpa y los laúdes que flotaba en el aire…

todo llegaba hasta ella como si atravesara una neblina.

Y, sin embargo, Gregor estaba allí.

A su lado. Mirándola y sonriéndole.

El hombre al que siempre había amado y por el que había llorado en silencio durante tantos años, cuando nadie podía verla.

El hombre cuya ausencia había sentido cada día de aquellos cinco años interminables.

Ahora era su marido.

La palabra aún le parecía irreal. Marido.

El destino, tan cruel durante tanto tiempo, finalmente había girado a su favor… y aun así había una grieta dolorosa en aquel milagro.

Él no la amaba.

Recordar esas palabras, escucharlas de sus propios labios, todavía hacía que su pecho se tensara con una punzada de dolor. Pero no había cambiado su decisión. No había dudado ni un instante cuando el sacerdote le había pedido que pronunciara sus votos.

Había aceptado a Gregor como esposo de buen grado. Con todo su corazón.

Así era como siempre debió haber sido.

Si el pasado no se hubiera interpuesto entre ellos, si el orgullo, el dolor y las decisiones ajenas no los hubieran separado, aquella escena habría ocurrido años atrás, cuando aún eran jóvenes y el mundo parecía más sencillo.

Pero incluso ahora, incluso sabiendo que él no la amaba, Isla sentía algo firme creciendo en su interior.

Determinación.

Porque, aunque Gregor insistiera en que ella le pertenecía, Isla sabía algo que él aún no estaba dispuesto a reconocer.

No era una posesión. Era un vínculo y él también le pertenecía.

Gregor levantó su copa de vino oscuro y la observó por encima del borde del cristal. Sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo y desafío.

—Por tu belleza, muchacha.

Su voz, grave y segura, se extendió por la mesa alta.

Las copas se alzaron al instante.

—¡Por la señora MacAllister!

—¡Por la novia!

—¡Que Dios bendiga este matrimonio!

Las jarras chocaron, el vino salpicó la madera pulida y las risas resonaron bajo las vigas del techo. Isla inclinó ligeramente la cabeza, sonriendo con elegancia mientras recibía los brindis, aunque por dentro aún intentaba acostumbrarse a la realidad de aquel momento.

Cuando el ruido se calmó un poco, volvió a mirar a Gregor.

—¿Cuándo le dirás a mi padre lo de nuestro matrimonio?

Gregor bebió un sorbo antes de responder. No parecía inquieto en absoluto.

—Ya he enviado un mensajero.

La respuesta la tomó por sorpresa.

Isla frunció ligeramente el ceño.

—No le va a hacer ninguna gracia.

Gregor dejó la copa sobre la mesa y apoyó un brazo junto a su plato, inclinándose apenas hacia ella.

—¿Qué es lo peor que puede pasar? —dijo con calma—. Dios y la ley están de nuestro lado, muchacha.

Luego añadió, con una sonrisa que tenía algo de peligro y algo de diversión:

—Aunque lamentaré el día en que aparezca por aquí.

Isla dejó escapar un suspiro suave y apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando las manos delante de ella. Su padre vendría. Sus hermanos también. Lo sabía con absoluta certeza.

El señor MacLeod no era un hombre que tolerara la humillación.

Gregor observó su expresión durante un instante y, aunque no dijo nada de inmediato, su mirada se suavizó ligeramente.

—No te preocupes, Isla —murmuró al fin—. Yo me encargaré de él.

Ella levantó los ojos hacia los suyos.

—Te creo.

Luego añadió con honestidad:

—Pero eso no lo hace más fácil. Él verá mi estancia con los MacBride como una mancha en su nombre.

Gregor no respondió con palabras.

Simplemente inclinó la cabeza y besó suavemente su mejilla.

El gesto fue breve, pero sorprendentemente tierno.

—Piénsalo mañana —dijo en voz baja—. Esta noche celebramos.

Isla asintió.

—Lo intentaré.

Gregor tomó el cuchillo con naturalidad y comenzó a cortar la carne de la bandeja con movimientos seguros. El aroma del cordero asado ascendía cálido y especiado.

—Bien —dijo, colocando un trozo en su plato—. Prueba el cordero.

Isla obedeció.