El señor de los MacAllister (Guerreros de las Highlands 1) Prólogo
3%
El señor de los MacAllister (Guerreros de las Highlands 1)

El señor de los MacAllister (Guerreros de las Highlands 1)

Por Sarah Scott

© inepub.com

Prólogo

Tierras del clan MacAllister

Fortaleza MacAllister, Highlands escocesas

El viento nocturno soplaba desde el mar cuando Gregor MacAllister abandonó el gran salón y cruzó el patio interior de la fortaleza.

La celebración de la boda aún continuaba a sus espaldas y las voces de los invitados, el sonido de las copas y la música de los gaiteros escapaban por las ventanas abiertas, mezclándose con el murmullo constante del viento entre las almenas.

Aquella noche había contemplado algo que jamás habría imaginado ver: a la mujer que amaba de pie ante el altar, pronunciando votos que la unían para siempre a otro hombre.

A su hermano.

Ronan MacAllister.

Gregor apoyó las manos en el borde frío de la muralla y observó la oscuridad que cubría las colinas. Las antorchas de la fortaleza ardían a su espalda, pero más allá de los muros el mundo era un océano de sombras.

Durante años había creído que Isla lo elegiría.

Se había equivocado.

Detrás de él resonó el roce de una falda sobre la piedra.

Gregor no necesitó volverse para saber quién era.

—No deberías estar aquí —dijo con voz baja.

Isla permaneció unos pasos detrás de él, envuelta en el velo de la novia. La luz de una antorcha cercana iluminaba su rostro lo suficiente para revelar que sus ojos brillaban con lágrimas.

—Tenía que hablar contigo.

Gregor se giró lentamente.

El vestido blanco que llevaba parecía brillar en la oscuridad, y por un instante la visión fue tan dolorosa que tuvo que apartar la mirada.

—Ya no tenemos nada que decirnos.

Isla avanzó un paso.

—Gregor…

Él levantó una mano.

—No pronuncies mi nombre como si aún tuvieras derecho a hacerlo.

El viento agitó el velo que caía sobre sus hombros.

—No quería que las cosas ocurrieran así.

Gregor dejó escapar una risa breve y amarga.

—¿De veras? Porque desde donde yo estaba parecía exactamente lo que deseabas.

Isla negó con la cabeza.

—Sabes que no es verdad.

Gregor la miró por primera vez desde que había llegado.

Sus ojos azules eran los mismos que recordaba, tan claros que parecían reflejar la luz de las antorchas, pero aquella noche había algo distinto en ellos: una tristeza profunda que le resultaba insoportable.

—Te casaste con él —soltó él con frialdad—. Las palabras que pronunciaste en la iglesia no dejan lugar a dudas.

—Lo hice porque debía hacerlo. —murmuró ella, sobrecogida por su tono helado.

—Porque quisiste hacerlo.

—Porque no tenía elección. —contestó a la defensiva, sintiendo que la ira comenzaba a nacer en su interior. Él no parecía comprenderla y eso no podía soportarlo.

Gregor dio un paso hacia ella, ajeno a sus pensamientos y al torbellino de emociones que le estaba provocando.

—Siempre hay elección. —dijo, mirándola a los ojos, como si la retara a que lo contradijera.

Isla sostuvo su mirada, al no tener nada que ocultar.

—No cuando la decisión afecta a todo un clan.

Durante unos segundos ninguno habló.

El sonido lejano de las gaitas llegó desde el gran salón, recordándoles que la celebración continuaba mientras ellos permanecían allí, atrapados en un momento que ninguno de los dos sabía cómo terminar.

Gregor cerró los ojos un instante, intentando contener su furia. Su desilusión. Su dolor.

—Aún podemos marcharnos. —Sus palabras llegaron a sus oídos en forma de súplica. Una suplica que provenía de su corazón.

Isla lo miró sin comprender.

—¿Qué has dicho? —preguntó, anhelando que sus oídos no la hubieran engañado, pero sabiendo, en lo más profundo de su ser, que no podía ser cierto.

—Lo he pensado durante semanas —continuó él con voz baja—. Podríamos irnos esta misma noche. Abandonar estas tierras y no volver jamás.

La sorpresa se reflejó en el rostro de Isla. En sus sueños él le había dicho una y otra vez esas mismas palabras, pero aquello no podía suceder. no en el mundo real.

—¿Huir?

—Sí.

La rotundidad de su afirmación la estremeció y sintió que todo su cuerpo le suplicaba que aceptara y se lanzara a sus brazos. Pero sabía que su deber le exigía que se quedara y olvidara al hombre que le había robado el corazón y con ello sus sueños.

—Gregor…

—Nadie nos detendría. Tengo amigos en los puertos del norte y un barco dispuesto a zarpar antes del amanecer. Podríamos cruzar el mar, empezar de nuevo en cualquier lugar donde los nombres MacAllister o MacLeod no signifiquen nada.

El silencio que siguió fue tan largo que Gregor comprendió la respuesta antes de que Isla pronunciara una sola palabra.

Ella bajó la mirada. Quería aceptar. Era lo que más deseaba en el mundo, pero el deber le exigía quedarse.

—No puedo.

Las palabras fueron apenas un susurro.

Gregor sintió que algo dentro de él se rompía. Algo que había estado floreciendo desde que la vio por primera vez y tuvo la certeza de que nada volvería a ser como antes.

—Claro que puedes. —sus palabras estaban cargadas de súplica.

Isla negó con la cabeza.

—Esta noche he jurado ante Dios.

Ella logró contener las lágrimas que inundaban ya sus ojos. Estaba negándose la felicidad y el amor, y diciendo adiós al hombre que había cambiado su mundo. Pero, ¿qué otra cosa podría hacer?

—Has jurado por obligación.

—Eso no cambia nada. —se justificó.

Gregor dio un paso atrás, volviendo a estar enfadado.

—Entonces todo esto… —se interrumpió—. Todo lo que dijiste sentir por mí no significaba nada.

Isla levantó la vista con rapidez. No podía permitir que él creyera que todo había sido una farsa.

—Lo significaba todo. —Aseguró, con el corazón en un puño.

—Pero no lo suficiente, —soltó casi sin voz. La estaba perdiendo y su razón se negaba a admitirlo, pero era demasiado evidente como para negarlo.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Isla.

Lo había perdido. Lo supo cuando lo vio al entrar en la iglesia y la miró con sus ojos cargados de súplica, pero ella había seguido adelante, como debía hacerlo ahora.

Pero era demasiado duro continuar, cuando a cada segundo se le rompía el alma.

—No entiendes lo que está en juego.

—Explícamelo.

—Si huyo contigo, Ronan quedará deshonrado ante todo el clan. Las tierras MacAllister quedarían divididas, y mi propio padre sería acusado de traición. Podría estallar una guerra entre nuestras familias.

Gregor guardó silencio. Sabía que era cierto. Que no eran simples excusas, pero su corazón le exigía que siguiera adelante.

—¿Y crees que ese matrimonio evitará la guerra?

—Tal vez.

—¿Tal vez? —repitió él con incredulidad. ¿Iba a renunciar a todo por un “Tal vez”?

Isla se llevó una mano al pecho.

—Es lo único que puedo ofrecer.

Gregor la observó durante un largo momento, como si intentara grabar su imagen en la memoria.

—Entonces no queda nada más que decir.

Se volvió hacia la puerta que conducía al patio, sintiendo un dolor profundo en el lugar donde antes tenía su corazón.

—¿Gregor?

Él se detuvo.

—Si alguna vez te importé… —continuó Isla con voz quebrada—, recuerda que no hice esto por falta de amor.

Gregor no se volvió. Permaneció quieto y erguido, con el dolor como único escudo. Si ella prefería a su clan antes que a él, que así fuera.

—No volveré a pensar en ti.

La mentira salió de sus labios con una facilidad que lo sorprendió incluso a él mismo.

—Mañana al amanecer abandonaré estas tierras.

Isla cerró los ojos.

—Lo sé.

Gregor caminó hacia la salida sin mirar atrás. Ella había tomado su decisión, y él jamás se lo perdonaría.

Cuando atravesó el arco de piedra y descendió los escalones hacia el patio, el viento nocturno lo recibió con un frío que le resultó extrañamente reconfortante.

Detrás de él, en la muralla iluminada por las antorchas, Isla MacLeod —ahora esposa de Ronan MacAllister— permanecía inmóvil, observando cómo el único hombre al que había amado se alejaba hacia la oscuridad.

Aquella noche, sin que ninguno de los dos lo supiera, sus destinos quedaron separados por cinco largos años… y por una guerra que aún no había comenzado.