El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 18 — La Vieja Fotografía
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Capítulo 18 — La Vieja Fotografía

Antes de salir hacia la Junta de Freguesia, mientras esperaban a que anocheciera del todo, Elena se entretuvo revisando una caja de fotografías que había encontrado bajo la cama de su antigua habitación, etiquetada con la letra de Carmen: "Verões". Veranos.

Las imágenes, amarillentas por el tiempo, mostraban una sucesión de estampas familiares: Carmen joven, con el pelo oscuro recogido en un pañuelo, subida a un andamio pintando la torre del faro; un hombre robusto de bigote poblado, identificado al dorso como "Joaquim, o meu marido", el abuelo de Elena, del que apenas guardaba recuerdos; e Isabel, en distintas edades, siempre con esa misma sonrisa despreocupada que Elena reconocía de las contadas fotografías que su padre conservaba en Madrid.

—Este es mi abuelo —le dijo a Marcos, mostrándole una imagen en la que el hombre del bigote posaba orgulloso junto a la gran lente de Fresnel recién instalada—. Murió antes de que yo naciera. Nunca supe casi nada de él.

—Joaquim Valdés —Marcos tomó la fotografía con cuidado, estudiándola—. Mi abuelo hablaba de él a veces. Decía que era un hombre callado, de esos que ven mucho y hablan poco. Trabajó el doble de años que exige la ley en este faro, hasta que la salud se lo impidió.

Entre las fotografías, una en particular llamó la atención de Elena: un grupo de hombres posando frente a la taberna A Âncora, décadas atrás, con expresiones serias, casi solemnes.

Al reverso, una lista de nombres escrita con letra desconocida.

Uno de ellos, subrayado con tinta más reciente y de una mano que Elena ya reconocía como la de Carmen, era el de un tal "Manuel Coelho, pai" —el padre del alcalde que ahora dormía, sin saberlo aún, sus últimas noches de libertad.

—El padre de Manuel —murmuró Marcos, con el ceño fruncido—. Nunca pensé que esto pudiera venir de tan atrás.

—A lo mejor no empezó con el Manuel que conocemos —dijo Elena, sintiendo que las piezas de un rompecabezas mucho más antiguo empezaban a encajar—. A lo mejor esto lleva pasando generaciones enteras.

Guardó la fotografía cuidadosamente en su bolso, junto al diario, decidida a preguntarle esa misma noche al Tio Aurélio, en el puerto, si aquel nombre subrayado por su abuela le resultaba familiar.