Capítulo 16 — Cena en el Faro
Antes de aventurarse aquella noche a la Junta de Freguesia, Marcos insistió en que Elena comiera algo. "No se investiga bien con el estómago vacío", dijo, y desapareció en la pequeña cocina del faro con una autoridad que a Elena le resultó, para su sorpresa, reconfortante.
Preparó una cataplana improvisada con almejas que había comprado esa misma mañana en el puerto, chouriço, tomate y un vaso generoso de vino blanco de la región, todo cocinado a fuego lento en la vieja cazuela de cobre que había pertenecido a Carmen.
El aroma llenó la torre entera, subiendo por la escalera de caracol hasta mezclarse con el olor a piedra y a sal que Elena ya empezaba a asociar, sin saberlo, con la palabra "hogar".
Cenaron en la mesa de la cocina, con dos velas encendidas porque la luz eléctrica llevaba toda la tarde fallando de forma intermitente, presagio de la tormenta que se avecinaba.
—¿Siempre cocinas así? —preguntó Elena, sorprendida por lo bueno que estaba.
—Mi madre era de Olhão. Allí se cocina con lo que da el mar, no con lo que sobra en la nevera —respondió Marcos, sirviéndole más vino—.
Cuando ella murió, mi padre me dejó al cuidado de un tío en Sagres.
Fue Carmen quien realmente me enseñó a llevar una casa.
Me contrató para pintar la baranda cuando tenía diecisiete años y nunca dejó que me fuera.
—No sabía que mi abuela hubiera sido tan generosa con nadie —dijo Elena, con una punzada de algo parecido a los celos, aunque no supo bien de qué.
—Carmen era generosa a su manera, que no siempre era fácil de reconocer —Marcos se quedó mirando la llama de la vela—. Nunca hablaba de más. Pero se aseguraba de que yo comiera, de que tuviera trabajo, de que no me faltara nada. Creo que, después de perder a Isabel, necesitaba cuidar de alguien.
Elena bajó la vista hacia su plato, conmovida a su pesar.
Toda su vida había imaginado a Carmen como una mujer fría, encerrada en su faro y en su rencor.
Pero empezaba a vislumbrar a otra persona: una mujer que había cargado sola con un dolor insoportable durante veinte años, y que había encontrado, en un adolescente huérfano de madre, una forma silenciosa de seguir siendo madre ella misma.
—¿Por qué nunca me lo contó? —preguntó Elena, más para sí misma que para Marcos—. Podría haber venido a mí. Podríamos haber hecho esto juntas.
—Creo que tenía miedo —respondió él con suavidad—. Miedo de arrastrarte a algo peligroso. Miedo de que si te enterabas de la verdad sobre Isabel, la historia se repitiera contigo. Prefirió cargar con el peso ella sola.
El viento empezó a arreciar fuera, silbando entre las grietas de las contraventanas. Elena se sorprendió mirando a Marcos con una intensidad que no tenía nada que ver con la investigación, con el diario, ni con el faro. Apartó la vista, incómoda con la sensación.
—Deberíamos irnos ya, antes de que empeore el tiempo —dijo, levantándose bruscamente para recoger los platos.
Marcos asintió, aunque por un instante, en sus ojos, Elena creyó ver el mismo desconcierto que sentía ella.
Ninguno de los dos dijo nada más al respecto.
Pero algo, sutil e innegable, había cambiado entre ellos esa noche, mucho antes de que descubrieran la traición que aguardaba en las grutas del acantilado.