El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 7 — Los Años de Carmen Sola
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Capítulo 7 — Los Años de Carmen Sola

Aquella noche, incapaz de dormir después de leer las primeras entradas del diario, Elena se quedó despierta reconstruyendo, entrada tras entrada, casi dos décadas de la vida solitaria de su abuela, condensadas en las páginas apretadas de aquel cuaderno de cuero negro.

Las primeras anotaciones, en los meses posteriores a la muerte de Isabel, mostraban a una Carmen desorientada, incrédula, incapaz de aceptar la versión oficial del accidente pero sin herramientas para desmentirla.

"Hoy he ido a hablar con el delegado de la Polícia Marítima", escribió apenas tres semanas después del entierro.

"Me ha mirado como se mira a una viuda enloquecida de dolor.

Quizás lo esté. Pero conozco estas rocas. "

Con el paso de los años, el tono de las entradas fue cambiando: del dolor desorientado a una determinación fría y metódica.

Carmen aprendió, sola, a leer registros notariales, a rastrear sociedades pantalla en boletines oficiales que apenas entendía al principio, a tender puentes de confianza con pescadores ancianos que, poco a poco, entre café y café, dejaban caer detalles que jamás habrían compartido con la policía.

"He decidido que no puedo contarle nada de esto a Elena", escribió una entrada fechada cinco años después de la muerte de Isabel, coincidiendo, Elena lo comprendió con un nudo en la garganta, con la época en que sus llamadas telefónicas se habían vuelto cada vez más breves, más frías, más espaciadas.

"Es mejor que me odie por distante que arriesgarla a esto.

Si Manuel sospechara que ella sabe algo, no dudaría en hacerle daño para protegerse.

Prefiero mil veces su rencor a su tumba. "

Elena cerró los ojos, sintiendo que el peso de aquella frase le atravesaba el pecho.

Todos esos años de silencio, de distancia, de una abuela que parecía no querer saber nada de ella, no habían sido indiferencia.

Habían sido, a su manera torpe y terca, la forma más extrema de protección que Carmen supo ofrecer.

Las entradas de los últimos años mostraban a una mujer que envejecía sola con su obsesión, cada vez más aislada del pueblo, cada vez más consciente de que estaba siendo vigilada, y sin embargo, incapaz de detenerse.

"Algunas noches me pregunto si merece la pena, si Isabel no hubiera preferido que yo simplemente siguiera adelante con mi vida", escribió apenas dos años antes de morir.

"Pero entonces recuerdo su cara aquella última mañana, decidida a hacer lo correcto, y sé que no puedo hacer menos que ella. "

Fue en ese instante, leyendo esas líneas a la luz de una vela, cuando Elena comprendió que la historia que estaba descubriendo no era solo la de un crimen sin resolver.

Era la historia de dos generaciones de mujeres de su propia sangre que habían elegido, cada una a su manera, no mirar hacia otro lado, aunque el precio de esa decisión hubiera sido devastador para ambas.

Se prometió a sí misma, cerrando el diario con cuidado, que ella sería la tercera generación en tomar esa misma decisión. Pero sería, también, la primera en no tener que pagarla en soledad.