GRAN FINAL
El frío empezaba a atravesar mis zapatos. Madrid en invierno es áspero, el sonido de los cascos de caballos que pasaban cerca me mantenía alerta. Después de 3 horas de espera, vi la señal: una linterna que se encendía y apagaba, indicando que el camino al Museo del Prado estaba liberado.
Me acerqué a la puerta de Murillo. Mi padre me estaba esperando en la entrada, lucía muy diferente a la última vez que lo había visto en Hohenzollern.
De hecho, casi que no era él. Su aspecto era el de un joven de no más de 20 años.
Sir Benjhamin había rejuvenecido y yo envejecido. Parecíamos casi de la misma edad.
—¿Estás seguro? —me preguntó.
—Es la única forma.
—No hay tiempo —dijo Vharis—. Están llegando gatas de todo Madrid. Vienen por ti.
—Yo las detendré —se escuchó una voz seguida de pesados golpes de hojalata.
—Drakar —lo abracé.
Vharis me guio con una antorcha. Subimos dos escaleras hasta llegar al salón donde guardaban el cuadro.
—Es repugnante —dijo el sangre fría dándome una helada palmada. Luego sacó un cuchillo filoso detrás de su chaleco. El ruido del acero cortó el aire. —Debería asesinarte.
—Sé que no lo harás —le contesté.
Luego levanté el paraguas y mirando al cuadro, susurré: —Verschwinden. Y simplemente desaparecí.
Aparecí al otro lado del retrato. Llevaba una capa roja y una corta armadura.
Caminé por un sendero pedregoso hasta llegar a un gran lago.
Un dragón se apostaba plácidamente en la orilla.
La bestia abrió un ojo y supe que se trataba del susurrador.
Se oyó un relincho de caballo acercarse.
Era un corcel blanco que frenó delante de mí.
Ya nos conocíamos. Era Maddam Thenesis, quien acudía a mí para terminar la misión.
—Solo necesito una espada —pensé moviendo mis labios y el paraguas se transformó en una filosa arma que sostenía firme con mi mano mecánica.
—Gracias —susurré—. Sin pensarlo, a toda furia, embestimos al dragón. El golpe fue quirúrgico, certero y letal.