Capítulo 34
—¿Por fin has encontrado el tesoro? —me pregunta Alban en voz baja, señalando el cofre con la cabeza.
—Sí —respondo con un nudo en la garganta.
—¡Eso es estupendo!
—Mi tía abuela me legó una cuenta bancaria en Suiza. Todos los detalles están aquí —explico mientras agito el cuaderno negro.
—Así que ahora eres rica.
—Supongo que sí, pero no es todo para mí.
Cojo las dos bolsas llenas de Luis de oro y las coloco sobre el escritorio. Alban ni siquiera las mira.
—Me alegro sinceramente por ti, Jade. Ya no tendrás que vender la mansión —dice, pasando por alto lo que acabo de decir.
No pienso quedarme las monedas. Como bien señaló Aglaia, sería más sensato compartir esta riqueza con amigos. Amigos que me han ayudado y apoyado en los momentos difíciles. Alban no sabe lo que pretendo. ¿Cómo reaccionará cuando se entere?
—Estas bolsas están llenas de luis de oro —continúo, ignorando su referencia a la venta de mi propiedad—. Mi tía abuela me aconsejó que los regalara a amigos. Voy a hacerle caso. He pensado en Corentin y en ti.
—¿Vas a vender Les Ibis? —repite como si no me hubiera oído.
—¡Te estoy ofreciendo estas bolsas llenas de monedas de oro, y lo único que te importa es lo que pienso hacer con la mansión!
—Necesito saberlo —responde, rodeando el escritorio para acercarse a mí—. ¿Te quedarás en Foisic después de este verano?
—¿Por qué es importante?
—Para mí lo es.
Me levanto de la silla y guardo el cuaderno en la mochila. Cuando estoy a punto de coger las dos bolsas de arpillera, Alban me agarra por los hombros y me hace girar hacia él.
—Dime, Jade. ¿Te quedarás en Foisic? —insiste, con sus ojos verdes clavados en los míos.
—Tengo que volver a París. Mi vida está allí, y...
—No te vayas. No quiero que te marches. Me gustas mucho.
Su mirada apasionada y su sincera declaración me provocan un revoloteo de mariposas en el estómago.
—Tú también me gustas mucho.
¡Vaya, esas palabras se me han escapado! La sonrisa que Alban me dedica me disuade de retractarme. ¿Qué se supone que debemos hacer ahora? ¿Bailar de alegría? ¿Besarnos como en las comedias románticas que ponen en la tele por Navidad?
Alban se inclina hacia mí. La adoración ilumina sus ojos, o eso me parece.
Instintivamente, me aprieto contra él y le rodeo la cintura con los brazos.
Nuestros labios están a punto de tocarse, nuestros alientos ya se mezclan.
Está a punto de besarme. Voy a responder con pasión a su abrazo; será el beso del siglo. Pero de repente, me suelta y retrocede.
—Tenemos que volver, Jade. Inmediatamente. No debemos dejar que la marea nos atrape aquí.
—Ah, sí, tienes razón.
Confundida, lo veo alejarse. ¡Qué tipo más raro! No llegaría a decir que es un imbécil, pero casi.
—Espera, te olvidas de algo —le grito mientras baja los escalones del estrado.
Levanto las bolsas y las agito, haciendo tintinear los luis de oro. Se da la vuelta. Su mirada oscila entre mi cara y las monedas.
—No quiero ese dinero —declara con dureza.
—Corentin sí lo querrá. Lo necesitará para sus estudios universitarios...
—Le impediré que lo toque.
Recupero la determinación, bajo hasta donde está él al pie del estrado y me planto delante.
—Si es así, voy a preguntarle qué opina. Al fin y al cabo, tiene voz en esto. Y ya puestos, igual tiro la segunda bolsa al agua.
—Ni hablar.
Aprieta la mandíbula mientras me agarra del brazo.
Lo fulmino con la mirada; sus ojos echan chispas.
La tensión entre nosotros es palpable. ¿Pero qué le pasa, en serio?
Hace apenas unos minutos, estaba en plena crisis sentimental y quería que me quedara en Foisic.
Prácticamente se estaba deshaciendo en lágrimas.
Un poco más y se le habría empapado la camisa.
De hecho, podría haberme besado. Y ahora, está más frío que el hielo.
—No me quedaré en Foisic. Venderé la mansión lo antes posible a tu gran amigo Gourcuff —lo provoco.
Antes de que pueda siquiera saborear el impacto de mis palabras, me atrae hacia él y me besa. ¡Eso sí que me hace callar! Al instante, todos mis reproches se desvanecen y me dejo llevar por la intensidad de su beso.