El secreto del château de Aglaia (Misterios de patas y peligro 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Debo admitir que tener a Alban cerca es reconfortante, especialmente después de las últimas veinticuatro horas que he soportado.

Sin embargo, no puedo aceptar su oferta de quedarse a dormir aquí.

Se lo he dicho una y otra vez, pero no ha querido escucharme.

¡Qué hombre tan terco! Ha hecho venir a su tía a Les Ibis mientras él iba a buscar sus cosas a casa.

No me atrevo a volver a la cama, aunque me caigo de sueño. Así que hago compañía a Sylvie Landrec en la cocina, o quizás es al revés. Debo de haberme quedado traspuesta varias veces, porque cuando suena el timbre una hora después, me incorporo con el cuello agarrotado.

Mientras Sylvie corre hacia la puerta, salgo de mi aturdimiento. Ya son las siete. En la mesa ha aparecido un desayuno de lo más apetitoso, lo que demuestra que la dueña de la ferretería es toda una chef.

Desde el pasillo me llega un revoltijo de ladridos, exclamaciones alegres y conversaciones. Luego mi perro, Corentin, su tío y su abuela irrumpen en la cocina. Alban, empapado, lleva una bolsa grande en cada mano.

—¿Necesitas tantas cosas? —pregunto asombrada.

—Catre, saco de dormir, artículos de aseo... Lo que hace falta —responde guiñándome un ojo con picardía.

Se quita el impermeable, se sienta frente a mí y ataca la tortilla de queso que su tía le ha servido.

Estoy a punto de devorar una pila de tortitas con mermelada de frambuesa cuando la figura esbelta y escultural de Angadrem Le Roy aparece en mi mente.

Dios mío, ¡no es momento de engordar! Opto por un café sin azúcar.

—¿Tienes hambre, Corentin? —pregunta su abuela.

El chico se ha quedado en el umbral, indeciso. Sus ojos van de la mesa bien cargada a mi perro.

—¿Qué opinas, Rimbaud? ¿Comemos o nos ponemos a trabajar?

—¡Guau!

No sé muy bien qué significa ese ladrido, pero funciona. Corentin se une a nosotros y devora una tortita de chocolate con ganas. Mientras él y su tío disfrutan de la comida, Sylvie se escabulle.

—¡Tiempo típico bretón! —anuncia Alban cuando terminamos de desayunar—. Estará así todo el día. ¿Qué quieres hacer con nuestro domingo, Corentin? ¿Quieres llevar a Rimbaud a pasear por la playa?

Miro por la puerta del patio. Yo no tendría valor para salir con semejante tiempo. Nubes oscuras ensombrecen el cielo y llueve a cántaros sobre mi jardín raquítico. Desde luego, hoy no toca jardinería.

—No —replica su sobrino, que ya se ha puesto de pie—. Rimbaud y yo tenemos un enigma que resolver.

—¿Un enigma?

—Sí, Jade lo sabe. Te lo explicará ella.

Y ahí está, la pelota en mi tejado. ¡Apáñatelas como puedas, vieja!

Alban arquea una ceja y me lanza una mirada inquisitiva.

La amabilidad que mostró anoche me convence de revelarlo todo.

El recibo en mi buzón, el paquete en la oficina de correos, la caja de bronce decorada con motivos egipcios.

Mientras se lo cuento todo a Alban, Corentin me interrumpe para mostrarle el objeto a su tío. Lo había guardado él.

—Descubrí que los jeroglíficos significan Hunefer —declara con orgullo—.

He leído en internet que era un escriba que vivió en tiempos del faraón SetiI, hacia el 1250 a.C.

Encontraron un papiro de cinco metros y medio en su tumba.

Es una copia del Libro de los Muertos . Se conserva en el Museo Británico de Londres.

Pero estoy seguro de que en la biblioteca de Jade hay una copia que nos ayudará a resolver el enigma.

—Tu tía abuela era una persona poco común —murmura Alban cuando su sobrino y mi perro se han marchado—. La moneda de oro, su colección de objetos antiguos en el ático, todas esas puertas cerradas con llave, la caja con combinación...

—Me pregunto qué habrá dentro.

—¿Macarons, salchichas? Qué va, tengo algo mejor: ¡la dirección de un buen peluquero! —bromea mientras me mira el pelo con insistencia.

—Ja, ja, qué gracioso.

Me aliso los rizos con las yemas de los dedos. Él me dedica una sonrisa irresistible capaz de derretir el corazón de cualquier chica. Respondo con una mueca bien dirigida, sin ceder a su encanto. Él se ríe.

—No le he hablado a Corentin del cable ni de tu intruso —me dice, y cambia de conversación y de tono—. Para no preocuparlo, que es un chico muy sensible. Le dije que me quedaría aquí por los ratones que tú y Rimbaud teméis. Sería bueno que...

—No te preocupes, fingiré tener un miedo incurable a los ratones. Por supuesto, no mencionaré la intrusión de anoche delante de él.

—Gracias. ¿Y qué hay de la puerta por la que entró tu visitante no deseado? Podría ser una de las que siguen cerradas con llave. Hay tres, si no me equivoco.

—En realidad, ya no son un misterio para nosotros —explico—. Todas dan a la biblioteca: dos desde la galería superior, una desde la planta baja.

—En ese caso, tenemos que buscar el pasadizo oculto que lleva al túnel. Tiene que existir. Escondido detrás de una pared o incluso en el suelo.

Pasamos la siguiente hora golpeando paredes y suelos en busca de sonidos huecos. Sin éxito. Cada vez que encuentro una superficie agrietada, la exploro, pero no hallo grietas paralelas.

—Nunca lo encontraremos —refunfuño frustrada—. ¡Es como buscar una aguja en un pajar!

Exhausta, me desplomo en un sillón de la biblioteca. Mucho menos expresivo que yo, Alban se sienta a mi lado en silencio, con la mirada fija en el hogar apagado.

—¡La chimenea! —exclama de repente—. Nunca la has encendido, ¿verdad?

—No, todavía no. No pensarás que...

No termino. ¿Para qué? Ya no me escucha y se dirige directo hacia ella. Mientras sondea las paredes interiores, Corentin se precipita hacia mí.

—¡Lo tengo! —exclama.

—¿Ah, sí?

Echo un vistazo al folleto que blande. Es una copia del Papiro de Hunefer.

—Estaba en la sección de Literatura Antigua —continúa, emocionado—. Pero el problema es que no he encontrado ninguna palabra de cuatro letras que abra la caja de tu tía abuela.

—¡Guau! ¡Guau!

Los ladridos de mi perro me sobresaltan.

—¡Ay! —se queja Alban, que se ha golpeado la cabeza al levantarse—. ¿Qué pasa?

—Creo que Rimbaud tiene hambre —sugiere Corentin—. ¿Estás segura de que no podemos darle de comer entre horas?

Saca una galleta con forma de hueso del bolsillo. Con las pupilas dilatadas y la lengua fuera, Rimbaud se sienta sobre los cuartos traseros y hace el papel de perro bueno. Se le podría confiar la vigilancia de un asado de ternera.

—Le he traído algunas golosinas —añade el chico.

—No, Corentin. Si Jade ha dicho que no, es no —le reprende Alban, que se ha acercado todo cubierto de polvo, frotándose la cabeza.

Mientras contemplo la galleta con tanto interés como mi perro, de repente me asalta una visión. O más bien, un recuerdo. Anoche, cuando intentaba sacar los huesos de debajo del armario, vi la parte inferior de una puerta.

—¡Ya sé dónde está ese maldito pasadizo! —exclamo, levantándome de un salto del sillón.

Dejando a todos atrás, corro hacia el primer piso y luego a mi dormitorio.

El armario que empiezo a empujar es increíblemente pesado.

No se mueve ni un centímetro. Solo cuando Alban y su sobrino unen sus esfuerzos a los míos consigue desplazarse.

Bajo una andanada de ladridos descontentos, logramos dejar al descubierto la dichosa puerta, así como los huesos.

Mientras Rimbaud se dedica a esconderlos bajo mi cama, Corentin intenta girar el pomo sin éxito.

—¡Dejad paso a los profesionales! —refunfuño, sacando el llavero del bolso.

Introduzco la llave con el grabado del perro en la cerradura, de la que hasta ahora desconocía su utilidad. De nuevo, es un fracaso total. La puerta sigue cerrada a cal y canto.

—¡Parece que los profesionales están oxidados! —se burla Alban antes de volverse hacia su sobrino—. Será mejor que vuelvas a la biblioteca, Corentin.

—¿Por qué? Estoy seguro de que puedo abrir esta puerta si me dejáis intentarlo.

—Serías más útil trabajando en la caja del rompecabezas, ¿no crees? Y llévate a Rimbaud contigo.

—Se negará a salir de debajo de la cama —protesta su sobrino, tozudo.

—Puedes darle una o dos galletas —ofrezco, con la esperanza de convencerlo.

Con el ceño fruncido, el chico nos mira uno por uno.

—¿Estáis intentando libraros de nosotros para quedaros a solas? —pregunta con recelo.

—¡Exactamente! —responde Alban, sorprendiéndome al rodearme los hombros con un brazo.

Me pongo roja como un tomate y casi me atraganto cuando me atrae hacia él.

—Los adultos a veces necesitan estar a solas, ¿lo entiendes? —añade—. ¿Verdad, Jade?

Balbuceo una sarta de palabras ininteligibles, incluso para mí. Con un hondo suspiro, Corentin saca a mi teckel de su escondite y ambos desaparecen.

—Eh, ya puedes soltarme —murmuro, manteniendo la mirada baja para evitar convertirme en una estatua de sal.

—Qué lástima, ¡era bastante agradable!

Afloja el agarre y retrocede. Finjo examinar la cerradura de cerca.

—No parece una cerradura normal. ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a un cerrajero? ¿Tiramos la puerta abajo?

—No hace falta —responde Alban, que se ha sentado en mi cama—. Te recuerdo que tu visitante de esta noche no pudo haber pasado por aquí, ya que este armario no se ha movido. Solo tenemos que pensar un poco más.

—¡Pero si no hago otra cosa! —protesto, picada.

«¡Mentirosa!» , pienso, todavía alterada por nuestro abrazo.