El secreto del Cabo 16 — ELORRIO. 11 de abril de 2025
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16 — ELORRIO. 11 de abril de 2025

Tres días antes de la muerte de Pablo Soto .

Juana se levantó muy temprano por la mañana, fue a la comandancia tan pronto como pudo. Llevaba la maleta ya preparada en el coche.

Se puso a revisar todo lo que sabía sobre Solar Dynamics. Recordó perfectamente aquellos años en los que la empresa bullía de vida: habían celebrado eventos improvisados, comidas donde se mezclaban amigos con compañeros de Víctor.

Fue en una de esas comidas donde había conocido a Mikel Usurbil, un ingeniero serio, reservado hasta la incomodidad, pero extremadamente competente.

Víctor confiaba en él como en nadie. Mikel y otros dos compañeros se habían mudado a Almería cuando Solar Dynamics despegó de verdad; vivieron allí más de tres años.

Pero cuando la empresa se disolvió de forma abrupta, todos ellos recogieron sus cosas y regresaron al norte sin mirar atrás.

Juana tenía guardado su nombre. Lo recordaba con nitidez: un hombre de estatura media, delgado, de hablar pausado y ojos que observaban más de lo que decían.

Con esa pista, y tras la conversación con José Antonio sobre «los tipos del norte», decidió comprobar si Mikel seguía en el País Vasco.

Buscó en el directorio de la policía y lo localizó sin demasiadas complicaciones: Elorrio, un pequeño pueblo ubicado entre las tres provincias vascas, rodeado de montes verdes y caseríos dispersos.

En cuanto verificó la dirección, salió de inmediato.

Le esperaban diez horas de carretera. Le escribió un WhatsApp a Miguel para informarle de su abrupta salida.

A su familia ya les había avisado la noche anterior.

Los invernaderos se extendían bajo el sol como un mar blanco ondulado mientras ella avanzaba hacía la autovía A92, alejándose de la costa.

El paisaje fue cambiando a medida que cruzaba provincias, como si cada frontera borrara un escenario para levantar uno nuevo.

Al dejar atrás Almería, las ramblas secas y los montes pálidos de la sierra se extendían como un mosaico de ocres.

Juana condujo entre laderas desnudas, surcadas por cicatrices de antiguas avenidas de agua.

La luz dura del sureste teñía todo de un amarillo áspero, casi desértico.

A esa hora de la mañana, la carretera cortaba un territorio que parecía detenido en el tiempo.

Al entrar en Granada, el paisaje cambió casi sin transición: los campos de olivos aparecieron primero en hileras tímidas, luego en interminables geometrías verdes que trepaban por las colinas.

Los troncos retorcidos proyectaban sombras alargadas bajo el sol creciente.

Juana bajó ligeramente la ventanilla para que entrara el aire fresco que descendía de Sierra Nevada.

Hizo su primera parada en un área de servicio a las afueras de Iznalloz: un café rápido, un mapa mental de la ruta y unos minutos mirando los camiones que rugían hacia el norte.

En Jaén, los olivos ya no eran campos: eran un océano. Un mar disciplinado, ondulante, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El olor a aceite inundaba todo.

En la pantalla del coche apareció una llamada. Era un número desconocido. La respondió sin dudar, ya que muchas llamadas de la comandancia aparecían así.

—¿Diga? —dijo, intentando que la voz sonara firme.

—Juana, soy José María, el forense del caso de Rodalquilar —dijo la voz al otro lado, seca, profesional, sin preámbulos—. He terminado con el examen del cuerpo del vigilante.

Juana apretó el volante, conteniendo la respiración.

—¿Qué ha encontrado?

—En el informe preliminar no tuve dudas, pero ya puedo confirmarlo: fue un asesinato —contestó el forense sin titubeos —.

La causa de la muerte fue un traumatismo contundente en la cabeza, probablemente con un objeto pesado.

La caída por el terraplén ocurrió después.

El golpe fue lo que lo mató, no la caída.

Juana asintió, aunque él no podía verla. Una sensación fría se le extendió por la espalda.

—¿Alguna otra cosa que deba saber?

—Nada concluyente sobre el arma o el agresor, al menos por ahora. Pero… ten cuidado, Juana. Esto no es un accidente ni un crimen al azar. La persona o las personas que le asestaron el golpe tenían claro que esa persona no iba a salir con vida.

—Gracias por avisarme —dijo ella, y tras unos segundos de silencio colgó.

Al cruzar conduciendo por La Mancha, el paisaje se abrió de golpe.

Las colinas dieron paso a las amplias llanuras, horizontes limpios donde el cielo parecía más grande.

El viento movía los campos secos y las torres de los antiguos molinos surgían, solitarias, como vigías de otro siglo.

Juana condujo un largo rato sin ver casi nada más que líneas rectas, cigüeñas en postes eléctricos y pueblos blancos que aparecían y desaparecían como espejismos.

Al entrar en Madrid, el tráfico se densificó. La M-30 era un río de coches que avanzaba a saltos. Juana aprovechó ese tramo más lento para repasar mentalmente los nombres de los antiguos socios de Solar Dynamics, como si alguno pudiera encajar en el puzle que no terminaba de formarse.

Una vez descendido el puerto de Somosierra, en la provincia de Segovia, hizo otra parada en una gasolinera con restaurante.

Entró a por un bocadillo y un té; mientras pensaba en cómo abordaría la conversación con Mikel Usurbil.

Lo recordaba silencioso, muy formal, siempre pegado a Víctor cuando la empresa funcionaba.

Un tipo que no regalaba confianza ni en las cenas entre amigos.

Con tanta prisa, no tenía reserva de hotel para esa noche. Buscó en el móvil y tuvo suerte, había disponibilidad en un hotel en las afueras de Elorrio. Prosiguió su viaje.

Una nueva llamada apareció en la pantalla. Ella ya sabía que no era de su familia. Nunca la llamaban cuando estaba de servicio.

—¿Juana? —dijo Miguel, con esa mezcla de preocupación y autoridad que siempre lo caracterizaba—. ¿Dónde estás?

—En carretera, rumbo al norte —contestó ella, tratando de sonar tranquila—. Necesito hablar con Mikel Usurbil sobre Solar Dynamics.

—¿Sin avisar? ¿Sabes que hay un protocolo no? —la reprendió con suavidad, aunque su voz llevaba un tono más serio que de costumbre—. Juana, no me gusta que te muevas sola. Sabes que estas cosas se complican rápido. Va contra las normas.

—Lo sé, jefe, pero no podía esperar. Es importante —respondió ella, apretando el volante mientras los kilómetros pasaban—. Necesito respuestas sobre Solar Dynamics y cualquier vínculo con el asesinato.

—Está bien —suspiró Miguel—. Solo te pido que tengas cuidado.

—Lo sé —dijo ella, dejando que un silencio tenso se instalara en la línea antes de colgar—. Gracias, jefe.

En Burgos, la meseta se transformó en un territorio más frío, más austero.

Las sombras eran más largas, los árboles más escasos, el viento más vivo.

Allí, por primera vez, Juana sintió que realmente se acercaba al País Vasco.

Cuando entró en Álava, el verde explotó sin avisar: prados húmedos, bosques frondosos, colinas suaves cubiertas por un manto de hierba brillante que reflejaba la luz de la tarde.

Ya en Bizkaia, descendió un puerto de montaña y se dirigió directamente a Elorrio, era muy tarde.

Dejó el coche en el aparcamiento del hotel e hizo el registro de ingreso.

Se registró como una turista más, aunque los tiempos habían cambiado, identificarse como Guardia Civil en el País Vasco solo llamaría la atención.

Preguntó si había algo para cenar en el restaurante; tras confirmarle el camarero, se sentó en una mesa libre.

Volvió a pensar en el día siguiente: no podía llegar allí como una policía más; tenía que entrar como alguien que formó parte de algún modo, de la vida de Mikel.

Era importante despertar confianza, o al menos, evitar que le cerrara la puerta en la cara.

Apenas pudo dormir esa noche. Desayunó pronto. No habló con nadie. Era sábado, esperaba poder encontrar a Mikel en casa, pero tenía que hacer tiempo. Decidió ir andando al centro del pueblo.

Al salir del hotel lo primero que le llamó la atención fue un Mercedes gris aparcado.

Tenía la sensación de estar viendo ese coche por todas partes.

No podía ser el mismo coche, acababa de hacer mil kilómetros cruzándose España entera.

Se dijo a sí misma que la próxima vez que viera el Mercedes gris de su barrio en Almería apuntaría la matrícula para hacer alguna comprobación.

El pueblo tenía un aire antiguo y señorial: calles de piedra pulida por los años, caseríos robustos, balcones de madera oscura, la sensación de un lugar donde la vida transcurría despacio.

Un arroyo cruzaba parte del casco urbano, y el olor a chimenea comenzaba a extenderse entre las casas.

Estaba todo rodeado de montañas allá donde miraba. Un lugar precioso.

Atravesó la plaza del pueblo, luego el polideportivo y finalmente llegó a la dirección de la casa de Mikel.

Tenía su número de móvil, podía haberlo llamado, pero no quería que estuviera preparado para ningún tipo de situación, si algo del pasado de Solar Dynamics estaba relacionado con el asesinato en el terreno de Rodalquilar, Mikel podía ser una persona clave.

Eran las diez de la mañana, una hora razonable. Se trataba de una vivienda unifamiliar, el número cinco. Tocó el timbre. La puerta se abrió y allí estaba él: Mikel Usurbil, más delgado, con la barba salpicada de canas, pero con la misma mirada inquieta que recordaba.

—Jo… ¿Juana? —dijo él, sorprendido, casi sonriendo—. ¿Pero qué haces por aquí?

—Estaba por la zona y necesito hablar contigo —respondió ella, sin rodeos.

Mikel ladeó la cabeza, intentando leerle el rostro. No conocía a Juana demasiado bien, pero si había conducido desde Almería hasta su pueblo perdido entre montes, no era para ponerse al día de cómo les iba la vida, eso seguro.

La invitó a entrar.

El interior olía a café recién hecho y a madera húmeda.

—Siéntate por favor —dijo él—. ¿Quieres algo?