Capítulo 22 — Una Navidad diferente #5
—Podría tratarse de una broma —dijo Arthur—, o de una manera poco elegante de despertar tu interés. También podría ser una advertencia auténtica. En cualquier caso, no sabemos quién ha escrito la tarjeta ni si tiene relación con la biblioteca.
—Precisamente por eso quiero ir —respondió Eleanor—. Si alguien pretende que deje un libro cerrado, primero me gustaría saber qué libro es y por qué le preocupa tanto que alguien lo abra.
Arthur sonrió con cierta resignación. Conocía ya aquella expresión en el rostro de Eleanor: la mirada atenta, la quietud repentina y la manera en que sus dedos comenzaban a ordenar los objetos de la mesa mientras su pensamiento avanzaba por caminos que todavía no había explicado.
No intentó disuadirla. En lugar de hacerlo, le preguntó cuándo pensaba viajar y si deseaba que la acompañara.
Eleanor fingió considerar la propuesta con seriedad, aunque la respuesta había quedado decidida desde el momento en que leyó el nombre de Blackthorn Hall.
Le dijo que podría necesitar una segunda opinión para examinar los documentos y que, si sus pacientes se lo permitían, su presencia sería bienvenida.
Arthur aceptó con una naturalidad que la hizo sonreír.
Antes de cerrar la librería, Eleanor respondió a lord Ashcombe, agradeciéndole la invitación y aceptando viajar a Blackthorn Hall en cuanto acordaran una fecha.
No mencionó la tarjeta anónima. Prefería comprobar primero si el propietario conocía su existencia y evitar que una sospecha sin fundamento condicionara la conversación.
Guardó la carta y la tarjeta en un sobre aparte, anotó la fecha de recepción en su cuaderno y dejó preparado un pequeño equipaje para el viaje.
Después apagó las lámparas de la librería y salió a la calle junto a Arthur.
La tarde estaba despejada, y una brisa suave agitaba las hojas nuevas de los árboles de la plaza.
Durante el camino hablaron de asuntos cotidianos, de los libros que debían llegar la semana siguiente y de una cena a la que Arthur llevaba varios días intentando invitarla.
Ninguno mencionó el mensaje anónimo, pero ambos sabían que la siguiente etapa de su vida acababa de comenzar con aquella carta.
Esa noche, antes de acostarse, Eleanor abrió el cuaderno en el que había registrado las observaciones de Whitmore Manor.
Pasó las páginas hasta encontrar la anotación que había escrito después de la confesión de Edmund Vale y leyó de nuevo sus propias palabras sobre la memoria, la justicia y el perdón.
Luego tomó una hoja limpia y escribió el nombre de Blackthorn Hall en la parte superior.
Debajo anotó tres preguntas: quién había enviado la tarjeta, qué volumen debía permanecer cerrado y qué podía temer una persona que prefería advertir a una desconocida antes que destruir el libro.
No tenía respuestas, ni siquiera una hipótesis que considerara razonable.
Pero la ausencia de respuestas no le producía ya la impaciencia de los primeros días en Whitmore Manor.
Era, simplemente, el comienzo de otra investigación.
Guardó el cuaderno en el cajón del escritorio y dejó la carta de lord Ashcombe junto a la lámpara.
Afuera, las campanas de la iglesia anunciaron la medianoche y el pueblo quedó sumido en la quietud.
Eleanor apagó la luz con la certeza de que, a la mañana siguiente, tendría que ocuparse de los pedidos atrasados, de los clientes habituales y de las pequeñas obligaciones que mantenían en pie una librería.
Sin embargo, una parte de su pensamiento ya se encontraba en una casa que todavía no conocía, ante una biblioteca cuya historia nadie había terminado de escribir.
La invitación era formal, el remitente parecía respetable y la advertencia no contenía ninguna amenaza explícita.
Aun así, Eleanor comprendía que las historias verdaderamente interesantes rara vez comenzaban con una explicación completa.
En Blackthorn Hall, al otro extremo de Yorkshire, una puerta permanecía cerrada detrás de los estantes de una biblioteca que llevaba años sin recibir visitantes.
En el interior del armario empotrado, entre volúmenes cubiertos de polvo, había un libro encuadernado en cuero oscuro que no figuraba en ningún inventario.
Su lomo carecía de título y las páginas estaban sujetas por una cinta negra.
Sobre la primera hoja, escrita con una tinta que había adquirido el color de la sangre seca, aparecía una advertencia breve: Si este libro ha llegado a tus manos, significa que alguien ha roto la promesa.
Y, debajo, con una letra distinta, una segunda frase esperaba a quien se atreviera a continuar leyendo: La persona que lo abrió en 1857 no murió aquella noche.
La primavera había devuelto la luz a los caminos de Yorkshire, pero no todos los secretos habían sobrevivido al invierno para permanecer enterrados. Algunos, como Eleanor estaba a punto de descubrir, llevaban décadas esperando a que alguien llamara a la puerta correcta.