El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Capítulo Cuarenta Y Seis

GOLD ODIABA SENTIR QUE no tenía el control, pero en aquel momento era como si estuviera al volante de un deportivo a toda velocidad, con las manos atadas a la espalda, acercándose a una curva de cuarenta y cinco grados. Salirse de la carretera era inminente. ¿Sobreviviría?

Statenville había sobrevivido a numerosos sustos bajo su mando.

Nuevos ciudadanos entrometidos. Empleados descontentos.

Intrusos curiosos. Se podía convencer a todos.

Bastaba con blandir una pistola o enseñar algo de dinero, según lo que exigiera la situación.

En la mayoría de los casos, la persona sufría un repentino ataque de amnesia.

Para todos los demás había una cantera abandonada en un cañón aislado.

Pero ¿un agente federal? ¿Trabajando en Cloverdale Industries? ¿Con acceso a todas las salas? Aquello iba mucho más allá de una simple brecha.

Gold había instaurado rigurosas «comprobaciones de antecedentes» para todos los empleados nuevos.

Incluso había investigado a quienes ya trabajaban allí por entonces.

Todos comprendían el carácter sagrado del secreto que guardaban.

Si salía a la luz, no solo perderían sus generosos sueldos, sino que probablemente también pasarían mucho tiempo en una prisión federal.

Gold recalcaba la gravedad de su «negocio» siempre que tenía ocasión durante las reuniones privadas de la empresa.

Sin embargo, Walker, el inocente entrenador de baloncesto que necesitaba trabajar unas horas para ayudar a mantener a su anciana madre, había superado la comprobación de antecedentes sin despertar la menor sospecha.

Había tenido algunos encontronazos con la ley, pero nada fuera de lo común.

Nada que hiciera sospechar a Gold que Walker no era quien decía ser.

Sin embargo, habían burlado la salvaguarda de Gold y ahora se enfrentaba a su peor pesadilla.

Y no solo eso: Walker había estado trabajando con otro agente.

Cuánto sabía ese otro agente era una incógnita.

Si de verdad trabajaban juntos, era poco probable que Walker lo hubiera atado.

Llegados a ese punto, Gold tenía que correr un riesgo.

Sin hacerlo, la vida que había creado para la buena gente de Statenville desaparecería para siempre.

Un solo paso en falso y Statenville se convertiría en un pueblo fantasma rural, como tantos otros pueblos pequeños de Estados Unidos que no habían encontrado la manera de superar aquellos sombríos tiempos económicos.

Pero Gold solo se decía eso para acallar su conciencia.

Sabía que, en realidad, nunca se había tratado de Statenville ni de sus habitantes.

Respiró hondo. Hiperventilar no le permitiría pensar con claridad.

Entonces se detuvo y sonrió. Era en momentos como aquel cuando se felicitaba por haber incluido a todos los agentes locales de las fuerzas del orden en la nómina de Cloverdale Industries.

Se les pagaba exclusivamente en efectivo, con dinero blanqueado que se entregaba en mano cada semana dentro de un sobre sin marcas.

Eso le proporcionaba a Gold la ayuda adicional que necesitaba cuando la necesitaba.

Y en aquel momento la necesitaba más que nunca.

Walker conducía a toda velocidad hacia Cloverdale Industries.

Su larga misión como agente infiltrado estaba a punto de terminar.

Ya habría terminado si Cooper se hubiera salido con la suya.

No todos en la oficina del FBI de Salt Lake estaban de acuerdo con las tácticas de Walker.

De hecho, la mayoría no lo estaba. Saltarse el guion y recurrir a métodos poco ortodoxos —y, en ocasiones, ilegales— para cumplir su misión no contribuía precisamente a hacerlo popular.

Pero cuando Cooper apareció y empezó a lanzar acusaciones que podían acabar con su carrera, Walker supo que tendría que traspasar los límites del protocolo para terminar el trabajo.

Quería salir del agujero infernal al que llamaba Statenville.

Y, si se salía con la suya, todas las cadenas de televisión con un equipo de noticias en un radio de ochocientos kilómetros caerían sobre aquel pequeño pueblo para cubrir la noticia del año.

Le daba igual no recibir jamás crédito alguno por desmantelar él solo el mayor cártel de la droga del Noroeste.

Su merecida recompensa sería ver desaparecer por el retrovisor el cartel que marcaba el límite urbano de Statenville y no volver a verlo nunca con sus propios ojos.

Sin embargo, aún quedaba mucho trabajo por hacer antes de que lo relevasen de la misión.

¡Código Enfuego para Buddy Walker!

Su escáner, sintonizado con la oficina del sheriff local, crepitó mientras un operador transmitía un código esotérico y una breve descripción de Walker y su coche.

Era en momentos como aquel cuando se regocijaba de que Elliott Mercer estuviera sentado a su lado, en el asiento del copiloto.