El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Capítulo Treinta Y Ocho

CAL NOTÓ QUE KELLY LE APRETABA los brazos mientras ambos se encogían. Había llegado el momento. No quedaba tiempo para valentonadas. Solo para suplicar clemencia de inmediato.

La puerta se abrió de golpe y una mano tanteó la pared en busca del interruptor.

¡Clic!

—¿Cal? ¿Kelly? —preguntó una voz susurrante, desconcertada—. ¿Qué hacen aquí dentro?

Ambos alzaron la vista y vieron un rostro conocido y amistoso: Buddy Walker, el entrenador del equipo masculino de baloncesto del instituto de Statenville.

—¿Qué hace usted aquí? —susurró Cal a su vez mientras examinaba el mono azul de Walker, con su nombre bordado sobre la parte izquierda del pecho.

Walker entró y cerró la puerta. Bajó la cabeza.

—Para serle sincero, no gano bastante en el instituto, así que trabajo de conserje para sacar un dinero extra. Es terriblemente embarazoso. Por favor, no se lo cuente a nadie, ¿de acuerdo?

—No se preocupe, entrenador. No se lo diré a nadie.

—Yo tampoco —terció Kelly.

—Gracias, chicos. Significa mucho para mí. Mi madre está enferma y débil, y estoy intentando cuidar de ella. No es algo que pueda hacer con facilidad con el sueldo de profesor que se cobra en un rincón perdido de Idaho.

—No se avergüence, entrenador. Lo que está haciendo es muy noble —dijo Kelly.

Antes de que la situación se pusiera demasiado sentimental, Cal recordó que disponían de poco tiempo para recomponerse y concentrarse en escapar de las instalaciones sin ser vistos.

—Mire, entrenador. Estamos en un aprieto y necesitamos su ayuda.

—¿Qué le ha pasado en el brazo? Y vuelvo a preguntarlo: ¿qué hacen en este armario? —preguntó el entrenador Walker, cobrando de pronto conciencia de lo anómalo de la situación.

—Es muy sencillo: tenemos que salir de aquí sin que nadie nos vea. Si se lo contara todo, pensaría que estamos locos.

—Haga la prueba.

—De acuerdo, allá voy. Nos persigue una especie de agentes secretos del Gobierno y sabemos que unas personas poderosas, propietarias de estas instalaciones, también quieren vernos muertos. Los guardias de seguridad tienen orden de matarnos en cuanto nos vean.

El entrenador Walker se quedó mirando a Cal sin decir nada.

—Juro que es verdad. No podría inventarme algo así.

Por fin, formuló la pregunta en la que Cal no se había parado realmente a pensar.

—¿Por qué les interesas, Cal? ¿Qué sabes?

—Bueno, sé lo suficiente para haber despertado el interés de algún grupo de investigación del Gobierno.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, que estas instalaciones albergan una operación comercial de narcotráfico que utiliza como tapadera una empresa de marketing multinivel para ocultar una red de distribución de droga.

—De acuerdo, tenía razón. No le creo.

—Por favor, entrenador Walker. Tiene que creerme. Mire, vea esta metanfetamina que he encontrado.

Cal le enseñó a Walker parte de la droga que había encontrado, lo que bastó para que el entrenador que trabajaba como conserje en sus horas libres enarcara una ceja.

—Bueno, sí he visto a unos guardias armados corriendo de un lado para otro, pero todavía no estoy dispuesto a creerme todas esas teorías conspiranoicas.

—Bien. Me da igual que no se las crea. Solo necesito que nos ayude a escapar.

El entrenador Walker se acarició la mandíbula, sumido al parecer en profundas cavilaciones. Por fin, tras una larga pausa, habló.

—Sinceramente, no le creo, pero es rarísimo que estén escondidos en el cuarto del conserje y que ahora mismo parezca haberse reforzado la seguridad.

Dentro de poco tengo un descanso de quince minutos.

Probablemente pueda llevarlos a mi casa, que está a cinco minutos, y regresar a tiempo al trabajo para fichar sin pasarme de la hora.

Cal tuvo ganas de abrazar a Walker, pero decidió que el dolor que sufriría en el brazo no merecería la pena.

—Esperad aquí. Volveré dentro de cinco minutos con un carro donde podáis esconderos. Os sacaré empujándolo y luego podréis meteros en el asiento trasero de mi coche. No creo que nadie repare en vosotros. Tengo una manta con la que podréis cubriros cuando estéis en el suelo.

—Perfecto.

Walker apagó la luz al salir del cuarto y cerró la puerta con llave.

Cinco minutos después, oyeron acercarse el chirrido de una rueda de un gran carro industrial para ropa sucia.

Walker susurró: —Soy yo, chicos—, justo antes de abrir la puerta.

Luego la abrió y acercó el carro a la entrada para que Cal y Kelly pudieran meterse dentro.

Se acurrucaron en posición fetal y agacharon la cabeza mientras Walker los cubría con una manta.

Los llevó sobre ruedas hasta su Subaru Forester plateado y los ayudó a meterse dentro a trompicones.

Cal habría preferido poder ver la cara de Kelly durante el trayecto hasta la casa de Walker, sobre todo porque estaba muy cerca de ella.

Pero, después de un día lleno de situaciones límite y huidas para salvar la vida, Cal se conformaba con permanecer acurrucado junto a Kelly en la oscuridad bajo una manta.

El plan de Walker se ejecutó a la perfección. Dejó el carro de ropa sucia justo al otro lado de la puerta enrollable, en la parte superior del muelle de carga, y volvió andando al coche.

—Gracias, entrenador —susurró Cal bajo la manta—. Se lo agradecemos de verdad. Puede que nos haya salvado la vida.

A través de las vibraciones del suelo, Cal notó cómo engranaban las marchas cuando Walker metió bruscamente la palanca en posición de marcha atrás.

—Oh, no tiene importancia, Cal. Estoy seguro de que tú harías lo mismo por mí.

—Por supuesto —respondió la voz amortiguada de Cal desde debajo de la manta.

Walker sonrió mientras volvía a poner el coche en primera con la mano derecha. Con la izquierda, acarició su pistola.

Cal y Kelly habían conseguido eludirlo durante todo el día.

¿De verdad podía ser tan fácil?