BLOQUE 3
Fray Julián hizo la solicitud formal antes del mediodía.
No pidió el Códice de San Millán.
No podían hacerlo.
Solicitó la unidad registrada bajo el identificador moderno y su descripción vigente:
Miscelánea devocional. Soporte mixto. Datación moderna. Acceso restringido por conservación.
Mauro leyó la solicitud.
—Después de todo este recorrido seguimos pidiendo una miscelánea.
Irene respondió:
—Eso es lo que es oficialmente.
Sebastián añadió:
—Hasta que podamos demostrar otra cosa.
El protocolo exigía una preparación previa porque la pieza tenía restricciones de manipulación.
Irene prefería que así fuera.
No quería que la expectativa alterara la manera de tratar un volumen frágil.
El objeto debía examinarse de acuerdo con su estado, no con la emoción que pudiera despertar.
Mientras esperaban, Sebastián repasó la cronología una vez más.
El regreso estaba documentado.
Después venían las distintas etapas de revisión, protección y recatalogación hasta llegar al sistema digital.
Nada en toda esa secuencia exigía una nueva desaparición física del volumen después de su retorno a Yuso.
Eso era quizá lo más importante de todo.
Durante décadas se había buscado el momento en que el Códice había vuelto a perderse.
Ahora podían aceptar que ese momento tal vez nunca hubiera existido.
El volumen regresó.
Su identidad se perdió después.
Mauro leyó la cronología.
—Entonces estuvimos buscando durante años una salida que nunca ocurrió.
Sebastián asintió.
Habían intentado localizar un punto donde el manuscrito hubiese abandonado otra vez el sistema.
Los documentos mostraban una posibilidad mucho más sencilla.
Después de regresar, nunca volvió a salir.
Irene miró el cuaderno.
—Lo recibieron y luego dejaron de reconocerlo.
Sebastián sostuvo la idea.
Sí.
Eso era más exacto que hablar de una segunda desaparición.
Fray Julián regresó poco después.
La pieza estaría disponible esa misma tarde en una sala de consulta restringida.
Mauro se puso de pie.
—¿Vamos?
Sebastián todavía permaneció sentado.
—Tenemos tiempo.
Mauro lo miró.
—No me digas que querés otra ficha.
—No.
Por primera vez, no necesitaba ninguna.
Eso era precisamente lo que había querido demostrar.
No existía un salto esencial que debieran cubrir mediante imaginación.
La historia moderna estaba repartida entre numerosos instrumentos, pero los documentos necesarios seguían allí.
Fray Julián preguntó:
—¿Y si cuando lo veamos no coincide?
Irene respondió antes que Sebastián.
—Entonces no es.
No había dramatismo en su voz.
Solo método.
Si aparecían incompatibilidades materiales importantes, toda la cadena tendría que revisarse.
Una reconstrucción documental podía ser correcta hasta cierto punto y aun así terminar en una unidad equivocada si había existido un cambio no registrado.
Sebastián agradeció la respuesta.
Mauro preguntó cuántos rasgos tenían que coincidir.
Irene negó.
—No quiero fijar un número.
La identificación no dependía de contar marcas.
Una cubierta oscura, por sí sola, no significaba demasiado.
Lo importante era la coherencia de todo el perfil material y su correspondencia con las observaciones acumuladas en documentos independientes.
Sebastián escribió una última nota:
UN RASGO AISLADO NO IDENTIFICA. LA CONTINUIDAD MATERIAL DEBE SER COHERENTE CON TODA LA CADENA DOCUMENTAL
A media tarde caminaron hacia la sala preparada para piezas delicadas.
Fray Julián iba delante.
Sebastián había dejado casi toda la documentación en la sala anterior.
Irene llevaba únicamente las fichas técnicas que necesitaba para el cotejo.
La puerta era completamente ordinaria.
No había nada en ella que correspondiera a las historias de cámaras ocultas que tantas veces se construían alrededor de manuscritos perdidos.
Era una dependencia de trabajo.
Sobre la mesa habían preparado los soportes necesarios para recibir una pieza frágil.
El volumen todavía no estaba allí.
Mauro observó el espacio vacío.
—Después de tantos años...
Sebastián no respondió.
No quería anticipar el resultado.
Una persona del archivo entró unos minutos después con una caja de conservación.
La depositó cuidadosamente sobre la mesa y comprobó el identificador.
Coincidía.
Era la misma unidad que figuraba en la migración digital y la misma que el catálogo describía como una miscelánea devocional.
Fray Julián firmó la recepción temporal para consulta.
Irene se acercó.
La caja seguía cerrada.
Sebastián miró el número.
Por primera vez, el extremo final de toda la cadena documental estaba físicamente delante de ellos.
Todavía no podían afirmar qué contenía.
Eso vendría después del examen.
Pero ya no había ningún documento esencial perdido entre el volumen que había regresado décadas atrás y aquella caja.
Solo faltaba abrirla.
Y comprobar si la materia recordaba aquello que los inventarios habían olvidado.