CAPÍTULO 1 El regreso a San Millán
BLOQUE 1
La carretera descendía hacia el valle con una familiaridad que Sebastián Valcárcel ya no podía confundir con tranquilidad.
Habían pasado demasiadas cosas desde la primera vez que recorrió aquel paisaje.
Entonces San Millán de la Cogolla era para él un nombre unido a manuscritos medievales, tradiciones monásticas y discusiones capaces de prolongarse durante años sobre una mesa de archivo.
Ahora cada curva parecía contener una parte de una investigación que había crecido mucho más de lo que cualquiera de ellos imaginó.
Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Burgos y Valvanera ya no eran lugares aislados.
Formaban partes de una historia documental imperfecta que solo había comenzado a adquirir sentido cuando dejaron de preguntarse dónde desapareció el Códice y empezaron a investigar cómo había sobrevivido.
Irene Robles conducía.
Mauro Cebrián viajaba detrás, rodeado de carpetas y reproducciones. Sebastián llevaba sobre las rodillas una copia de la fotografía que, al final de la investigación anterior, había permitido unir definitivamente el volumen con Yuso.
No necesitaba volver a mirarla.
Conocía de memoria la cubierta oscurecida y el deterioro inferior. También la irregularidad del lomo y aquella depresión de la tapa que había sobrevivido después de desaparecer el elemento que probablemente la produjo.
Pero la fotografía ya no era la pregunta.
Era una respuesta.
El Códice había regresado a Yuso durante el siglo XX.
Eso estaba demostrado.
Los partes de trabajo habían situado la campaña en una sala concreta. La equivalencia administrativa había identificado aquella dependencia con Yuso. La hoja de incorporación había mostrado después que el volumen pasó a un fondo emilianense custodiado allí.
La ruta física podía cerrarse.
El problema comenzaba después.
—No vuelvas a mirar la foto —dijo Irene sin apartar la vista de la carretera.
Sebastián levantó la cabeza.
—No la estoy mirando.
—La llevás encima desde que salimos.
Mauro soltó una risa desde atrás.
—Me tranquiliza comprobar que terminar una investigación no resolvió los problemas esenciales del grupo.
Irene sonrió apenas.
Sebastián guardó la reproducción.
—Precisamente porque ya no necesitamos mirarla.
La leve sonrisa de Irene desapareció.
Sabía a qué se refería.
Durante meses habían perseguido el recorrido material del manuscrito.
Ahora ese recorrido terminaba en un fondo de Yuso.
La pregunta ya no era cómo había vuelto.
Era qué ocurrió con su identidad después.
Un volumen podía permanecer físicamente en una institución y desaparecer para cualquier investigador que intentara encontrarlo mediante un nombre antiguo.
Sebastián lo había visto muchas veces.
Una signatura cambiaba durante una reorganización.
Una ficha posterior reducía una descripción extensa a unas pocas características físicas.
El antecedente de procedencia terminaba en otro expediente y, cuando ambos instrumentos dejaban de consultarse juntos, el vínculo histórico se debilitaba.
El libro seguía allí.
Lo que se perdía era el camino para reconocerlo.
Eso podía haber ocurrido con el Códice de San Millán.
Y, por primera vez desde que comenzó la investigación, ya no necesitaban viajar a otro lugar para demostrarlo.
El problema estaba en Yuso.
Irene redujo la velocidad.
El valle comenzó a abrirse.
—Fray Julián nos espera.
—¿Qué le dijiste?
—Que queremos reconstruir las reorganizaciones catalográficas posteriores a la campaña.
Sebastián la miró.
—¿Nada más?
—Nada que él no sepa ya.
Esta vez la situación era distinta.
Fray Julián conocía que el Códice había regresado a Yuso. Había participado en las comprobaciones que permitieron cerrar aquella conclusión.
No necesitaban ocultarle el punto de partida.
Lo que sí debían evitar era convertirlo en una fuente condicionada por la respuesta que esperaban encontrar.
Mauro se inclinó entre los asientos.
—No le preguntamos qué cree que pasó.
—No —respondió Sebastián.
—Preguntamos qué instrumentos existen después de la última ficha demostrada.
Irene asintió.
Eso era exactamente lo que debían hacer.
No buscar un manuscrito.
No recorrer estanterías.
No comparar encuadernaciones.
Primero reconstruir la transformación de una referencia.
Sebastián abrió su cuaderno.
Había escrito durante el viaje:
NO BUSCAR EL CÓDICE. SEGUIR LA FICHA.
Irene lo leyó cuando detuvieron el vehículo.
—Mejor.
Sebastián cerró el cuaderno.
El monasterio apareció frente a ellos.
No sintió la emoción del regreso anterior.
Sintió algo diferente.
La certeza de que, esta vez, sabían exactamente dónde comenzaba el problema.