El Secreto de las Orcas Capítulo 28 — Memoria
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Capítulo 28 — Memoria

Nora lo registró en los archivos con la precisión de siempre: última señal del hidrófono a las cuatro y diecisiete de la mañana, dirección noroeste, velocidad estimada de desplazamiento consistente con migración. La manada entera, los siete, en el orden habitual. Negua la primera.

Iria estaba en Bilbao cuando llegó el mensaje.

Fue al pueblo el fin de semana siguiente.

No había razón especial. Era febrero y hacía frío y Elantxobe en febrero es lo que es, que no es mucho si uno busca comodidad o entretenimiento. Pero había cosas que Iria hacía ahora sin necesitar razón especial, que era una novedad en ella misma que todavía estaba aprendiendo a reconocer.

* * *

Nora la esperaba en el centro con el café y los archivos del año abiertos.

Le mostró los registros de OR-7G. La secuencia, grabada tres veces en días distintos, cada vez con más claridad, cada vez más completa. El elemento vocal todavía ahí, distorsionado pero presente, como algo que se ve a través del agua: la forma reconocible, aunque los bordes se pierdan.

—¿Cuándo cree que lo transmitirá a sus crías? —dijo Iria.

—OR-7G tiene tres años. Las hembras de orca maduran entre los doce y los quince. —Nora hizo una pausa—. Tiene tiempo. Tiempo suficiente para aprenderlo bien.

—¿Y Negua?

—Negua está bien. O lo que vemos sugiere que está bien. —Nora cerró el archivo—. La aleta sin cambios nuevos. El comportamiento dentro de lo normal.

Iria asintió.

—¿Hay algo en los datos de este año que no esperaba?

Nora tardó en contestar. No porque no tuviera respuesta, sino porque era el tipo de respuesta que necesitaba el espacio adecuado para darse.

—Sí —dijo—. Una cosa.

Fue a otra pantalla. Abrió un gráfico de frecuencias.

—Este es el registro del último día. La madrugada antes de que se fueran. —Señaló una zona del gráfico—. Aquí, Negua emite la secuencia completa. Toda entera. Más larga que ninguna vez en los doce años de registros de Mateo y en los tres que llevo yo.

—¿Qué significa más larga?

—Significa que añadió algo al final. Una sección que no habíamos documentado antes. —Nora amplió el gráfico—. Aquí. Cuarenta y dos segundos de emisión nueva. Un patrón que no coincide con nada del repertorio conocido del grupo.

Iria miró el gráfico.

—¿Qué es?

—No lo sé todavía. —Nora lo dijo sin frustración, con la calma de quien lleva años conviviendo con lo que no sabe—.

El análisis está en curso. Lo que sí puedo decir es que su estructura interna es diferente al resto de la secuencia.

Más... —Buscó la palabra—. Más abierta. Menos repetitiva.

Como si fuera una variación en lugar de una reproducción.

—¿Podría ser una respuesta?

—¿Una respuesta a qué?

—A todo lo que ha ocurrido este año. —Iria miró la pantalla—. A la placa. A que el fondo de la cala esté limpio. A que la historia haya salido.

Nora la miró.

—Las orcas no saben nada de placas ni de juicios —dijo.

—Lo sé.

—Ni de artículos ni de sentencias.

—Lo sé.

Nora guardó silencio un momento.

—Pero saben que algo en la cala ha cambiado —dijo por fin, muy despacio—.

La composición química del agua cambia con los vertidos y cambia cuando los vertidos desaparecen.

La bioacústica del entorno cambia cuando hay actividad humana y cuando esa actividad cesa.

—Hizo una pausa—. Negua puede haber detectado cambios en el entorno.

Cambios que no ocurrían desde hace treinta años.

—Otra pausa—. No sé si eso explica la variación. Pero es una hipótesis.

—¿La va a publicar?

—La voy a investigar. —Nora miró el gráfico—. Publicar es otra cosa.

Iria asintió.

Salieron del centro. El día era frío y claro, ese tipo de día de febrero que en el norte llega de vez en cuando y que parece una promesa que el invierno hace sin ninguna intención de cumplir pero que mientras dura es real.

Fueron al muelle. Al banco de siempre, el de piedra que miraba al agua.

Se sentaron.

—¿Sabe cuántos años tiene este banco? —dijo Nora.

—No.

—Yo tampoco. —Nora miró la piedra—. Pero lleva aquí más que cualquiera de nosotros. Y va a seguir cuando no estemos.

—Los bancos son así.

—Los bancos y los sitios. —Hizo una pausa—. Y las orcas.

El agua estaba quieta. El sol llegaba de lado y hacía que las olas pequeñas brillaran en la cresta antes de llegar a la orilla.

En el muelle no había casi nadie: un marinero al fondo revisando aparejos, una mujer mayor con un perro que no iba rápido porque el perro era viejo o porque la mujer era vieja o porque los dos habían decidido que ir rápido ya no era lo suyo.

Iria pensó en que llevaba un año yendo y viniendo de este pueblo. En que la bolsa de ropa para dos días que llevó la primera vez se había convertido en algo diferente sin que hubiera un momento exacto en que ocurriera.

En que los sitios te quedas sin saber cuándo decidiste quedarte.

—¿Cómo está? —dijo Nora.

—Bien. —Hizo una pausa—. Cada vez más.

—¿El caso nuevo?

—Complicado. Distinto. —Iria miró el agua—. Los casos siempre son distintos y siempre son parecidos. Aprendes a vivir con esa contradicción.

—Como todo.

—Como todo.

Silencio.

El sol movió las sombras unos centímetros.

El marinero del fondo terminó con los aparejos y se fue.

La mujer del perro viejo llegó al extremo del muelle y se paró a mirar el mar igual que hacía Iria, como si el mar fuera una pantalla donde aparece algo diferente dependiendo del día aunque uno mire siempre al mismo punto.

—Mateo tenía una frase —dijo Nora.

Iria la miró.

—La usaba cuando alguien le preguntaba por qué seguía viniendo aquí año tras año cuando los resultados eran tan lentos y tan difíciles de publicar.

—Nora miró el agua—. Decía que la paciencia no es lo contrario de la urgencia.

Que es otra manera de urgir. Que los animales que llevan más tiempo en la Tierra son los que aprendieron a esperar sin perder la dirección.

Iria pensó en eso.

—¿Usted cree que las orcas tienen dirección? —dijo.

—Creo que tienen algo que funciona parecido. —Nora hizo una pausa—. No intención en el sentido que le damos nosotros. Pero sí continuidad. La memoria de dónde han estado y de lo que encontraron ahí. Y esa memoria les dice adónde ir.

—Como nosotros.

—Parecido. —Otra pausa—. Con menos complicaciones.

Iria sonrió. Poco, pero real.

Se quedaron un rato más en el banco.

En algún punto del mar que empezaba donde terminaba la vista, Negua y sus crías nadaban en dirección noroeste, alejándose de la costa hasta que la costa desapareciera y solo quedara agua.

Llevando lo que llevaban. Guardando lo que guardaban.

Moviéndose hacia donde siempre se movían cuando llegaba el momento de moverse.

Sin saber que alguien en un muelle de un pueblo pequeño de la costa norte estaba pensando en ellas.

Sin necesitar saberlo.

* * *

Iria volvió a Bilbao esa tarde.

La carretera entre Elantxobe y Bilbao tardaba cuarenta minutos sin tráfico y una hora con él, y en febrero a media tarde había lo justo para que fuera entre las dos cosas: ni fluido ni parado, ese ritmo intermedio de la carretera que obliga a estar atento sin exigir demasiado y que deja la cabeza libre para pensar en lo que quiera.

Pensó en poco y en mucho.

En Marcos Iturbe, con quien había quedado la semana siguiente para tomar un café, que era un paso pequeño y era también el único paso disponible en ese momento y por tanto el correcto.

En Ane, que le había mandado un mensaje ese mismo día diciendo que había empezado a escribir algo nuevo.

No sobre el caso de Daniel. Sobre otra cosa.

Sobre algo que había visto en Bilbao que no sabía todavía si era artículo o era otra cosa más larga.

A veces no sabes qué es hasta que llevas un rato escribiéndolo , había escrito.

En Somoza, que esa mañana había estado en los archivos de Gernika catalogando documentos de la cofradía de 1947 y que le había mandado una foto de un registro de capturas de aquel año con un mensaje que decía solo: El mar da y el mar quita. Siempre ha sido así.

En Daniel Arce, que había muerto en una cala a cuatro grados con ocho años y que en primavera iba a tener una placa de piedra que decía su nombre y la frase que su madre recordaba de él.

En Negua, que en algún punto del Atlántico norte seguía moviéndose con sus siete y con la secuencia de aquella noche en la memoria y con los cuarenta y dos segundos nuevos que nadie sabía todavía qué eran.

La carretera pasó por el túnel y salió al otro lado con Bilbao abajo, las luces encendidas porque ya anochecía, la ría brillando entre los edificios con ese reflejo que en invierno tiene algo de frío y en verano algo de calor y que en febrero está justo en el medio, que es donde están muchas cosas cuando uno deja de insistir en que sean de una manera o de la otra.

Iria bajó la rampa hacia la ciudad.

El mar quedó atrás.

Pero el mar siempre queda atrás de esa manera que tienen los sitios a los que uno vuelve: no del todo.

Solo fuera de la vista por ahora. Guardando lo que guarda.

Esperando que uno vuelva, que uno siempre vuelve aunque no sepa cuándo, porque los sitios donde ocurrieron cosas tienen algo que los otros sitios no tienen y uno aprende a vivir con esa diferencia.

O no aprende exactamente.

Solo sigue yendo.