Capítulo 27 — Superficie
Lo contó el periódico local de Elantxobe en una nota breve, cuatro párrafos, sin foto.
La nota la escribió alguien que no era Ane porque Ane llevaba meses sin escribir sobre el caso directamente: había decidido que el seguimiento judicial lo hacían otros y que ella tenía otras cosas que decir sobre otras cosas, que era lo que hacen los periodistas cuando han terminado con una historia y necesitan empezar con la siguiente para no quedarse dentro de la anterior para siempre.
El pueblo lo recibió en silencio.
No en el silencio cómplice de antes, ese silencio que protege y encubre y entierra. En el silencio de los sitios donde algo ha terminado y todavía no se sabe bien qué viene después. El tipo de silencio que no es vacío sino espera.
La cofradía siguió funcionando.
Eso era lo primero que sorprendía a quien venía de fuera esperando encontrar algo roto: la cofradía seguía.
Las embarcaciones salían cada mañana. La lonja abría.
Los precios se negociaban. Los contratos con los restaurantes de la zona se renovaban en otoño como cada año.
Ciento veinte familias seguían necesitando lo que la cofradía les daba y la cofradía seguía dándoselo.
El nuevo patrón mayor se llamaba Egoitz Erkiaga.
Cuarenta y dos años, hijo de pescador, había estado en la junta directiva los últimos ocho.
Era callado y eficiente y no tenía la presencia física de Xabier Landa ni la fuerza de gravedad que Xabier había tenido, pero tenía algo que quizá era más útil en este momento: la capacidad de no ser Xabier Landa.
Gorka Andueza seguía en la cofradía.
Nadie le había pedido que se fuera. Nadie, que se supiera, había organizado ninguna campaña para echarlo.
Lo que había ocurrido con él era lo que ocurre en los pueblos pequeños con las cosas complicadas: se aceptó de una manera oblicua, sin nombrarlo directamente, con el pragmatismo de quien sabe que el hombre que está en el muelle cada mañana desde hace veinte años y que conoce cada cabo, cada motor, cada corriente de esta costa, es difícil de reemplazar y más difícil todavía de condenar sin condenarse uno mismo a perder algo que funciona.
Tenía las persianas abiertas, eso sí.
Iria lo supo porque Nora se lo dijo de pasada, en uno de sus mensajes de actualización: He visto a Gorka esta mañana en el muelle. Tenía buena cara. Las persianas del apartamento estaban abiertas.
Era una observación pequeña. Era también todo lo que había que decir.
* * *
Somoza cumplió con las condiciones de su sentencia suspendida colaborando con el Archivo Histórico de Gernika en la digitalización de documentos relacionados con la historia de la cofradía de Elantxobe.
Era trabajo de archivo, ordenar y catalogar papeles viejos, el tipo de trabajo que no requiere moverse demasiado y que puede hacerse sentado, con el bastón al lado. Tres mañanas a la semana.
La funcionaria Amaia, la del clip de colores, le había asignado un escritorio junto a la ventana.
Iria se enteró de eso también por Nora, que se lo había contado Ane, que se lo había contado la propia Amaia, que al parecer había resultado ser una persona con más dimensiones de las que mostraba detrás del mostrador.
Lo que Somoza encontró en esos archivos, si encontró algo, era cosa suya.
Lo que Iria sí sabía era que Somoza había propuesto, a través del juzgado y con el beneplácito de Miren Eguía, que se instalara una placa en la cala de Armintz.
Pequeña, de piedra, resistente al mar. Con el nombre de Daniel Arce y la fecha.
Y una frase que había escogido Miren y que era una frase de Daniel, algo que su madre recordaba que el niño decía cuando encontraba un animal en apuros:
Primero hay que sacarlo.
El ayuntamiento había aprobado la propuesta en diciembre. La instalación estaba prevista para primavera.
* * *
Patxi Uriarte cerró el Kai-Ondo en noviembre.
No para siempre: lo cerró cuatro semanas para reformarlo, que era algo que llevaba queriendo hacer desde hacía años y que nunca había hecho porque siempre había una razón para no hacerlo.
Cuando reabrió en diciembre, el interior tenía la misma barra de siempre pero las paredes pintadas de otro color, un blanco limpio que hacía que la luz llegara de manera diferente, y dos ventanas nuevas que daban al muelle y que antes estaban tapiadas porque alguien en otra época había decidido que tapiarlas era más práctico.
Era lo mismo y era otro sitio.
O era el mismo sitio con más luz. Que a veces es suficiente para que algo cambie sin que nada cambie del todo.
El barman joven que Patxi había contratado en septiembre se quedó. Se llamaba Kepa y tenía veintitrés años y una manera de hablar que hacía que la gente le preguntara cosas que normalmente no preguntaba en un bar, lo cual era un don difícil de explicar y más difícil todavía de enseñar.
Gorka Andueza empezó a tomar el café de la mañana ahí.
Primero solo. Luego, con el tiempo, con otros del muelle. La conversación de los que trabajan con el mar y comparten el primer café del día antes de salir, que es la conversación más honesta del mundo porque ocurre demasiado temprano para mentiras.
Patxi los dejaba estar.
* * *
Ane publicó el artículo definitivo sobre el caso en noviembre, en el periódico de Bilbao, con una extensión que el editor le había dicho que era demasiada y que publicó de todas formas porque había días en que los editores reconocen que están equivocados antes de que se lo digan.
El artículo se llamaba: Daniel, Negua y la memoria que no se elige.
Iria lo leyó en el tren de vuelta de una diligencia en San Sebastián, en el teléfono, con el túnel del Urola haciendo parpadear la pantalla cada poco. Lo leyó entero sin parar y cuando llegó a Bilbao se quedó sentada en el andén unos minutos más de lo necesario.
Era el artículo que el caso se merecía. No porque fuera perfecto, que no lo era: había un párrafo en el centro que Iria habría escrito diferente, con menos explicación y más confianza en el lector. Pero esa era una opinión de lectora, no de jueza.
Lo que el artículo tenía era honestidad sobre lo que no sabía además de sobre lo que sabía, que era la parte más difícil de conseguir.
Y tenía a Daniel.
No como víctima y no como símbolo. Como el niño que era: con la caja de conchas y los nombres científicos y el impulso de arreglar lo que estaba roto aunque fuera de noche y nadie le hubiera pedido que lo arreglara.
Iria mandó un mensaje a Ane que decía solo: Sí.
Ane tardó cuarenta minutos en contestar, que era lo que tardaba en leer los mensajes cuando había publicado algo y estaba gestionando las reacciones.
Contestó: Gracias. Ya puedo descansar un poco.
Lo que significaba que no iba a descansar en absoluto porque los periodistas que dicen eso son los que tienen ya la siguiente historia en la cabeza, solo que todavía no lo saben o no quieren reconocerlo.
* * *
Marcos Iturbe llamó a Iria el primer domingo de diciembre.
No al revés. Él la llamó.
La llamada duró dieciséis minutos y fue una conversación diferente a la de octubre, menos formal, con más silencios que no eran incómodos sino de los que permiten que las palabras lleguen cuando llegan y no antes.
Marcos le dijo que había estado pensando en lo que le había dicho.
Que no había llegado todavía a un lugar concreto con ello, que probablemente tardaría en llegar.
Pero que quería que supiera que lo había escuchado.
Iria le dijo que era suficiente.
No porque lo fuera del todo. Porque era lo que había y lo que había era real, que era más de lo que tenía antes de llamar.
Cuando colgaron se quedó un momento con el teléfono en la mano, en el salón de su apartamento de Bilbao, con la luz encendida porque ya oscurecía temprano en diciembre y no había acordado de encender las lámparas antes y cuando uno no las enciende antes el momento en que la oscuridad entra no tiene un punto exacto.
Luego encendió las lámparas.
Se preparó algo de comer.
Puso la radio, que era algo que hacía cada vez más, la radio como ruido de fondo que no requiere atención pero llena el silencio de una manera diferente al silencio puro.
Era un domingo de diciembre en Bilbao. Era un domingo normal.
No todos los domingos eran normales todavía. Pero algunos sí.
* * *
Nora llamó el 21 de diciembre.
—Iria.
—Dime.
—El hidrófono ha registrado actividad.
—¿Las orcas?
—Sí. La manada entera. —Una pausa—. Están en la bocana de Armintz.
Iria miró por la ventana de su apartamento. La noche de diciembre en Bilbao, las luces de la ciudad, el ruido de la calle. Cien kilómetros entre ella y la cala.
—¿Cuándo llegan? —dijo Nora.
—Esta vez han llegado antes. —Otra pausa—. Están aquí.
Iria pensó en eso.
—¿Hay algo nuevo en el audio?
—Estoy revisando. —Una pausa—. OR-7G emite. El fragmento es más completo que en enero. Está aprendiendo rápido.
Iria escuchó.
—¿Cuándo va a ir a la cala?
—Mañana por la mañana, si siguen aquí. —Una pausa—. ¿Viene?
Iria miró la ventana. La noche. Las luces.
—Sí —dijo—. Mañana temprano.
Colgó.
Se quedó un momento quieta en el salón, con el teléfono en la mano y la radio de fondo diciendo cosas sobre algo que no tenía nada que ver con orcas ni con calas ni con niños de ocho años.
Pensó en Daniel Arce en la oscuridad de la cala con las manos en el agua tirando de una red. Sin saber que había nadie cerca. Sin saber nada de lo que iba a ocurrir. Solo el animal atrapado y la red y la voluntad de soltarlo.
Primero hay que sacarlo.
Apagó la radio.
Fue a la habitación a preparar la bolsa.
Ropa para dos días, por si acaso.