Capítulo 12 Jardín de las delicias macabras
La vibración del espejo en mi bolso no era un simple temblor mecánico; era un latido cardíaco ajeno, una pulsión rítmica que resonaba en la base de mi columna vertebral.
Puck, acurrucado contra mi cuello bajo el cuello alzado de mi abrigo, emitió un siseo agudo, erizando su pelaje invisible.
El pequeño nomo no tenía miedo, sino una excitación febril, como un sabueso que ha captado el rastro de una presa prohibida.
—No es una grieta común —murmuré, deteniéndome en la esquina de la Calle Mayor, donde la sombra de los edificios caía como una guillotina sobre el pavimento—. Es una invitación.
Álvaro se detuvo junto a mí, con la mano restinga cerca de la funda de su arma, un gesto automático que ya no servía de consuelo pero que anclaba su cordura.
—¿Una invitación? —preguntó, escrutando la fachada barroca del edificio frente al cual nos habíamos parado.
Era un palacete decadente, con los balcones oxidados y las ventanas cegadas por persianas de madera podrida.
Sin embargo, tras esas celosías cerradas, se filtraba una luz violeta, enfermiza y pulsante, acompañada de un zumbido grave que solo yo podía escuchar.
—Alguien sabe que he tomado el espejo —expliqué, sintiendo cómo la bilis me subía a la garganta—. Alguien sabe que he aceptado a Puck. Y quiere probar si soy digna del título que El Sombrerero me ha otorgado. No es la Devoradora. Es algo... más refinado. Más perverso.
Las hadas. No las criaturas etéreas y benévolas de los cuentos infantiles, sino las verdaderas hadas: entidades de capricho cruel, de belleza afilada como cristal roto, de pactos sellados con sangre y olvido.
Las hadas malvadas no buscaban destruir el mundo como la Devoradora; buscaban convertirlo en su jardín privado, un lugar donde el dolor y el placer eran indistinguibles, donde la moralidad humana era tan irrelevante como el polvo.
—Es un nido —dijo Puck directamente en mi mente, su voz sonando como el crujir de hojas secas y risas ahogadas—. La Corte de la Espina. Les gusta tu nuevo brillo, hermana. Quieren ver si te quiebras o si floreces.
Miré a Álvaro. Sus ojos grises reflejaban la luz violeta de las ventanas, pero también reflejaban una determinación inquebrantable.
Sabía lo que eran las hadas. Había leído los informes antiguos, los casos archivados como "locuras colectivas" o "suicidios rituales".
Sabía que entrar allí era adentrarse en una lógica alienígena donde las leyes de la física y de la ética se suspendían.
—Si entramos —le advertí, con la voz baja y urgente—, no podemos confiar en nuestros sentidos.
Ellas tejen ilusiones que se sienten más reales que la carne.
Si ves algo hermoso, desconfía. Si sientes éxtasis, resiste.
Y sobre todo, Álvaro... no aceptes nada.
Ni comida, ni bebida, ni regalos, ni promesas. Cada oferta es una cadena.
Él asintió, apretando la mandíbula.
—Confío en ti para distinguir la verdad de la mentira, Evelyn. Tú eres mi brújula.
Empujamos la puerta principal. No estaba cerrada con llave, sino sellada con un hechizo de silencio que se disolvió al contacto con mi piel marcada.
El vestíbulo nos recibió no con oscuridad, sino con una opulencia nauseabunda.
Las paredes estaban cubiertas de terciopelo color vino, manchado de humedad que olía a perfume rancio y a cobre.
Candelabros de cristal colgaban del techo, pero en lugar de velas, sostenían frutos luminiscentes que goteaban un néctar espeso y dorado.
El suelo era un mosaico de huesos pulidos, dispuestos formando patrones florales que parecían moverse con el rabillo del ojo.
Y la música. Una melodía de cuerdas y flautas que no provenía de ningún instrumento visible, sino que emanaba de las propias paredes, una canción hipnótica que intentaba ralentizar mis pensamientos, adormecer mis defensas, hacerme olvidar mi nombre y mi propósito.
«Bienvenida, hija de la frontera», susurró la música. «Deja tus cargas en el umbral. Aquí no hay deber. Solo deleite.»
Sentí cómo mi voluntad flaqueaba. La fatiga acumulada de los últimos días pesaba como plomo. Sería tan fácil rendirse. Dejar que la música me llevara. Olvidar el horror del teatro, la transformación de mis uñas, la responsabilidad aplastante del Umbral. Solo deleite.
Pero entonces sentí la mano de Álvaro en mi cintura. Un toque firme, cálido, real. Su presencia era un ancla en medio de la tormenta sensorial. Me aferré a esa realidad táctil, usando su humanidad como contrapeso a la seducción feérica.
—No estamos aquí para disfrutar —dije en voz alta, proyectando mi autoridad hacia las sombras danzantes—. Estamos aquí para negociar. O para imponer.
Las sombras se detuvieron. La música cambió de tono, volviéndose discordante, irritada.
Del fondo del salón emergieron figuras. Altas, delgadas, con pieles translúcidas que dejaban ver venas azules y negras.
Sus rostros eran máscaras de belleza perfecta y vacía, con ojos grandes y almendrados que no parpadeaban.
Llevaban vestidos de seda viva que se movían como serpientes alrededor de sus cuerpos.
Una de ellas, la más alta, con una corona de espinas de plata entrelazadas en su cabello blanco, dio un paso adelante. Sonrió, y su sonrisa fue como un corte de navaja.
—La Guardiana trae un mortal a nuestra mesa —apuntó, con una voz que sonaba como campanillas de plata sumergidas en miel—. Qué vulgar. Qué... delicioso.
— No soy vuestra invitada —respondí, manteniendo la espalda erguida, aunque cada instinto me gritaba que huyera o que me arrodillara—. Soy la dueña del Umbral. Y vuestro jardín se está desbordando hacia mi ciudad.
La reina de las espinas ladeó la cabeza, evaluándome con una curiosidad felina.
—Dueña —repitió, saboreando la palabra como si fuera un caramelo amargo—. Julián decía ser dueño. Y mira cómo terminó. Convertido en ceniza y eco. ¿Crees que eres diferente porque tienes uñas negras y un parásito en el hombro?
Puck siseó, desplegando unas alas membranosas que antes eran invisibles. Su forma se expandió, proyectando una sombra que rivalizaba con la de las hadas. No era un parásito. Era un aliado. Y ellas lo sabían.
—Julián era un aficionado que jugaba con fuego —dije, dando un paso adelante.
El suelo de huesos crujió bajo mis botas—.
Yo soy el fuego. Y he venido a poner límites.
Vuestras delicias están corrompiendo la psique de los madrileños.
Los sueños se vuelven pesadillas adictivas.
La gente desaparece en vuestros jardines y nunca regresa. Eso termina hoy.
La reina rio, un sonido cristalino que hizo vibrar los candelabros.
—¿Límites? Nosotras somos la ausencia de límites. Somos el deseo sin freno. ¿Cómo vas a limitar el océano con una taza de té?
Se acercó a mí, flotando a unos centímetros del suelo. Su olor era embriagador: jazmín, sangre fresca y tierra húmeda después de la lluvia. Extendió una mano pálida y me ofreció una copa de cristal tallado, llena de un líquido iridiscente.
—Bebe —musitó—. Bebe y olvida el peso. Bebe y recuerda quién eras antes de que el mundo te rompiera. Bebe y sé libre.
La tentación fue física. Mi garganta ardía de sed. Mi alma gritaba por ese alivio prometido. Sabía que si bebía, perdería una parte de mí. Pero también sabía que rechazar la copa sin ofrecer nada a cambio sería interpretado como debilidad. Las hadas respetaban el intercambio, no la abstinencia.
Saqué el espejo de El Sombrerero de mi bolso. Lo sostuve en alto, interponiéndolo entre la copa y mis labios.
—No bebo ilusiones —dije, mirando a través del cristal intacto.
En el reflejo del espejo, la copa no contenía néctar.
Contenía larvas. Gusanos blancos y retorciéndose que se alimentarían de mi memoria, de mi identidad, hasta dejarme hueca y obediente.
Y la reina... en el espejo, su rostro hermoso se desmoronaba, revelando una calavera roída por siglos de hambre insaciable.
Le mostré el reflejo a ella.
—Veo vuestra verdad —dije con frialdad—. Y no me agrada.
La reina retiró la mano bruscamente, la copa desapareciendo en una nube de humo violeta. Su máscara de belleza se agrietó, dejando ver un destello de furia genuina.
—Tienes los ojos del Sombrerero —escupió—. Ese viejo traidor que prefirió la soledad a nuestra compañía. Te ha dado sus juguetes, pero no te ha dado su sabiduría. Aún eres una niña jugando con cuchillos.
—Soy una mujer que ha sobrevivido a peores cosas que vosotras —repliqué, guardando el espejo—. Y tengo una propuesta. No una súplica. Un trato.
Álvaro, que había permanecido en silencio, observando cada movimiento con la tensión de un resorte comprimido, dio un paso adelante.
—Sabemos dónde están vuestras hermanas perdidas —dijo, con la voz firme y autoritaria del inspector que era—.
Las que fueron desterradas por romper vuestros propios tabúes.
Las que vagan por las alcantarillas de Madrid, hambrientas y locas.
Os ofrecemos su ubicación. A cambio, retiraréis vuestra influencia de la superficie.
Vuestro jardín se quedará donde pertenece: en el subsuelo de la realidad, no en las mentes de los inocentes.
Las hadas murmuraron entre ellas, un sonido como el de avispas enfurecidas.
La oferta de Álvaro era brillante. Apelaba a su política interna, a sus rencillas antiguas.
Les daba algo que deseaban (el poder sobre sus rivales) a cambio de algo que les costaba poco (dejar de jugar con los humanos).
Era un intercambio justo en su moneda retorcida.
La reina nos miró alternativamente. A mí, con mis uñas negras y mi espejo. A Álvaro, con su revólver inútil y su amor inquebrantable. Evaluó nuestra fuerza combinada. La magia y la razón. La oscuridad aceptada y la luz persistente.
—Un trato —expresó finalmente, con una sonrisa que esta vez fue menos afilada, casi... respetuosa—. Pero la información debe ser verificada. Y el pago... debe ser inmediato.
Extendió la mano nuevamente. Esta vez no ofrecía una copa. Ofrecía un pacto. Un hilo de luz plateada que brotaba de su palma.
—Toca el hilo, Guardiana. Sella el acuerdo con tu esencia. Si mientes, el hilo te cortará el alma. Si dices la verdad, el hilo se convertirá en un puente seguro entre nuestros mundos.
Miré a Álvaro. Él asintió levemente. Confiaba en mí. Y yo confiaba en la verdad que llevaba dentro.
Extendí mi mano marcada. Mis uñas negras rozaron el hilo de luz.
Sentí un ardor intenso, como si me quemara con hielo.
Pero no hubo corte. Hubo conexión. Una corriente de información fluyó en ambas direcciones: yo le di los nombres y lugares de las hadas desterradas; ella me dio la garantía de que la Corte de la Espina retiraría sus tentáculos de la superficie de Madrid.
El hilo se fundió en mi piel, dejando una marca plateada en forma de espina en mi muñeca.
—Hecho —indicó la reina, retrocediendo—. Vuestro jardín está a salvo. Por ahora. Pero recuerda, Guardiana: los tratos con nosotras son como las flores. Bellas, pero efímeras. Cuando se marchiten, volveremos a tener hambre.
—Y yo estaré aquí para recordaros vuestro lugar —respondí.
Nos dimos la vuelta y salimos del palacete. La puerta se cerró tras nosotros con un suspiro de alivio. La luz violeta se apagó. La música cesó.
Estábamos de nuevo en la calle, bajo el sol gris de Madrid. El aire olía a humo y a realidad.
Álvaro exhaló largamente, apoyándose contra la pared de piedra.
—Pensé que no saldríamos —admitió, con una sonrisa cansada.
—Yo también —confesé, mirando la marca plateada en mi muñeca. Brillaba tenuemente, un recordatorio permanente de que la paz con los monstruos siempre tiene fecha de caducidad.
Pero habíamos ganado. Habíamos cerrado otra grieta. Y esta vez, no había sido con violencia, sino con diplomacia oscura.
Puck ronroneó contra mi cuello, satisfecho.
«Bien hecho, hermana. Ahora saben que no eres presa. Eres jugadora.»
Sí. Era jugadora. Y el tablero era más grande de lo que jamás había imaginado.
Pero mientras caminábamos de regreso, sentí que la marca de la espina en mi muñeca palpitaba. No era solo un sello. Era un canal. Y a través de él, podía sentir... gratitud. No de las hadas. De algo más profundo. De la ciudad misma.
Madrid me estaba aceptando. No como una salvadora. Sino como una parte necesaria de su anatomía oculta.
Por eso, más que cualquier victoria, era lo que realmente me asustaba. Porque significaba que ya no podía irme. Nunca.