Capítulo 11 Tinta de vísceras
La confesión no fue un torrente, sino un goteo lento y venenoso.
Le conté a Álvaro sobre el linaje, sobre la función de los Guardianes, sobre la naturaleza híbrida de mi existencia.
Le hablé de las uñas negras, de la voz del nomo en mi hombro, de la ausencia aterradora de la Madrina como entidad separada y su presencia abrumadora como parte de mi propia psique fracturada.
Álvaro escuchó sin interrumpir. Su rostro era una máscara de piedra tallada por el dolor y la incredulidad, pero sus ojos...
sus ojos nunca se apartaron de los míos.
No había repulsión. Había una curiosidad dolorosa, la de un hombre que ha perdido todo lo que amaba y ahora se enfrenta a la posibilidad de amar algo que ni siquiera entiende.
Cuando terminé, el silencio en la habitación era denso, casi sólido. Clara seguía durmiendo, ajena a que su padre acababa de aceptar que la mujer arrodillada ante él era, en esencia, una criatura del umbral.
—Entonces —apuntó Álvaro finalmente, con la voz ronca por la falta de sueño y el shock—, no eres humana.
—Soy mitad humana —corregí, sintiendo cómo la verdad me raspaba la garganta—. La otra mitad es... antigua. Es caos. Es memoria.
—¿Y ese caos te controla?
—No. Yo lo controlo a él. O intento hacerlo. Es como montar un caballo salvaje mientras corres por un precipicio. Si dejo de prestar atención, caemos los dos.
Álvaro soltó mi mano, pero no para rechazarme. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia la calle desierta.
—He pasado diez años buscando a un monstruo que se llevó a mi hija —murmuró—. Y resulta que el monstruo siempre estuvo aquí. En mis brazos. En mi cama. En mi confianza.
Me puse de pie, sintiéndome pequeña, vulnerable.
—No soy un monstruo, Álvaro. Soy una víctima, igual que tú. Igual que Clara. La diferencia es que yo sobreviví al contacto. Y esa supervivencia tiene un precio.
Se giró hacia mí. Sus ojos estaban húmedos.
—¿Qué precio, Evelyn? ¿Cuál es el coste de ser tú?
—La soledad —respondí, con una honestidad brutal—.
Y la responsabilidad. Ahora sé que Julián no era el único.
Hay más. Hay otros que juegan con estas fuerzas.
Y hay entidades que escapan del Umbral cada vez que la barrera se debilita.
Tengo que cazarlas. Tengo que mantener el equilibrio.
Y no puedo hacerlo sola. Pero tampoco puedo pedirte que te unas a mí.
Es demasiado peligroso. Es demasiado... sucio.
Álvaro sonrió, una sonrisa triste y cansada.
—Evelyn, llevo diez años viviendo en la suciedad. Llevo diez años respirando polvo de archivos muertos y sangre seca. No me asusta la oscuridad. Me asusta la mentira. Y tú... tú has sido la única verdad en mi vida durante los últimos meses.
Se acercó a mí. Extendió la mano y tocó mi mejilla. Sus dedos rozaron la piel donde antes estaba la marca de la garra, ahora apenas visible bajo la palidez translúcida de mi nueva condición.
—Te ayudaré —expresó—. No porque crea en tus dioses o en tus demonios. Te ayudaré porque te amo. Y porque si tú caes, yo caigo contigo. Somos cómplices ahora. Cómplices de un crimen contra la naturaleza misma.
Sentí cómo algo se rompía dentro de mí, pero no era algo malo. Era la última barrera de mi humanidad convencional. Acepté su toque, cerrando los ojos. Por primera vez, no sentí frío. Sentí calor. Calor humano. Calor real.
—Hay un lugar donde debemos ir —dije, abriendo los ojos—. El Rastro. Hoy es domingo. Buscamos a un hombre que vende espejos rotos.
—¿Espejos rotos? —inquirió Álvaro, arqueando una ceja.
—El Sombrerero —expliqué—. Dice Don Fermín que es otro Guardián. O algo parecido. Necesito aprender a controlar esto. Necesito saber cómo cerrar las grietas sin romperme yo misma.
Álvaro asintió.
—Preparémonos. Pero antes... necesito ver a Clara. Necesito saber si ella... si ella sigue siendo ella.
Fuimos a la cama contigua. Clara dormía profundamente.
Su respiración era regular. Su piel tenía color.
Parecía una niña normal. Pero cuando Álvaro le tomó la muñeca para comprobar el pulso, vi cómo sus párpados temblaban.
Soñaba. Y en sus sueños, quizás, aún caminaba por los pasillos de la Devoradora.
—Está bien —susurró Álvaro, aliviado—. Por ahora.
Salimos del apartamento. La mañana madrileña era brillante, bulliciosa.
La ciudad parecía haber olvidado el terror de la noche anterior.
Los transeúntes compraban periódicos, bebían café, reían.
Era una normalidad frágil, una cáscara de huevo sobre un abismo.
Y yo era la única que sabía que la cáscara estaba agrietada.
Llegamos al Rastro. El mercado de pulgas era un caos organizado de colores, olores y voces.
Vendedores gritando ofertas, turistas buscando tesoros baratos, locales regateando con ferocidad.
Me sentí abrumada. Mis sentidos, ahora amplificados, captaban demasiada información.
El olor a cuero viejo, a metal oxidado, a sudor, a comida frita.
Las emociones de la multitud: codicia, alegría, aburrimiento, desesperación. Era un ruido blanco ensordecedor.
—Mantente cerca de mí —dije a Álvaro, tomándolo del brazo. Mi agarre era fuerte, posesivo.
Caminamos entre los puestos, buscando algo que destacara. Algo que no encajara. Espejos rotos.
Pero en aquel momento, lo vimos.
En un rincón apartado, bajo la sombra de un toldo raído, había un puesto pequeño. No había ropa, ni libros, ni cacharros. Solo espejos. Decenas de ellos. De todos los tamaños y formas. Pero todos estaban rotos. Agrietados, astillados, fragmentados.
Detrás del puesto, sentado en una silla de madera coja, había un hombre. Vestía un traje antiguo, de corte victoriano, desgastado pero limpio. Llevaba un sombrero de copa alta, ligeramente ladeado. Su rostro era largo, pálido, con ojos hundidos y oscuros que parecían absorber la luz.
El Sombrerero.
Nos acercamos. Él no nos miró. Estaba puliendo un fragmento de espejo con un paño de terciopelo negro.
—Buenos días —dije, con cautela.
El hombre levantó la vista. Sus ojos eran negros, completamente negros, como los de Clara cuando estaba poseída. Pero no había maldad en ellos. Solo una profundidad infinita, antigua.
—Buenos días, Guardiana —dijo, con una voz suave, melódica, como el sonido de cristales chocando—. Y buenos días, Inspector. Os esperaba.
Álvaro tensó el músculo, llevándose la mano al revólver.
—¿Nos conoces? —preguntó, con desconfianza.
El Sombrerero sonrió. Una sonrisa amplia, llena de dientes pequeños y perfectos.
—Conozco a todos los que miran a través de los espejos rotos. Y vosotros, queridos míos, habéis estado mirando fijamente al abismo durante mucho tiempo. El abismo, por supuesto, os ha devuelto la mirada.
Señaló un taburete vacío frente a él.
—Sentaros. Tenemos mucho que hablar. Y poco tiempo. Los espejos no mienten, pero sí distorsionan. Y la distorsión, hoy, es particularmente peligrosa.
Nos sentamos. El ambiente alrededor del puesto parecía diferente. El ruido del Rastro se amortiguaba, como si estuviéramos dentro de una burbuja de silencio. El aire olía a ozono y a polvo de estrellas.
—¿Quién eres? —pregunté, manteniendo la guardia alta.
—Soy un recolector —respondió El Sombrerero, dejando el paño sobre el mostrador—. Recojo fragmentos. Fragmentos de verdad, de memoria, de identidad. Cuando un espejo se rompe, no muere. Se multiplica. Cada fragmento contiene una versión diferente de la realidad. Yo vendo esas versiones.
Tomó un fragmento triangular y me lo ofreció.
—Mira —dijo.
Dudé, pero tomé el cristal. Al mirar a través de él, no vi mi reflejo. Vi una escena. Vi a mi madre, en Escocia, llorando mientras me entregaba a las sombras. Pero en esta versión, no lo hacía por deber. Lo hacía por amor. Para salvarme de un destino peor: convertirse en la Devoradora misma.
Dejé caer el fragmento, horrorizada.
—Es una mentira —dije, con la voz temblorosa.
—Es una verdad —corrigió El Sombrerero—. Una de muchas. La realidad no es única, Guardiana. Es multifacética. Como un diamante. O como un espejo roto. Tú has vivido solo una faceta. La faceta del trauma. Pero hay otras. Facetas de poder. De libertad. De locura.
Álvaro miraba el intercambio con fascinación y recelo.
—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó el inspector.
—Quiero enseñarle a ella —señaló hacia mí— a navegar por las facetas. A elegir cuál quiere habitar. Porque ahora mismo, ella está atrapada en la faceta de la víctima. Y la víctima atrae a los depredadores.
Se inclinó hacia adelante, sus ojos negros brillando con intensidad.
—Los nomos que viste en el teatro, el pequeño que tienes en el hombro... no son enemigos. Son herramientas. Son extensiones de tu voluntad. Pero las tratas como extraños. Las temes. Y el miedo las corrompe. Debes aceptarlas. Debes integrarlas.
—¿Integrarlas? —pregunté, sintiendo una náusea repentina—. ¿Convertirme en uno de ellos?
—No —negó él—. Convertirte en su reina. En su dueña.
Los Guardianes antiguos no luchaban contra los nomos.
Los gobernaban. Usaban su caos para crear orden.
Era una danza delicada. Una simbiosis. Julián intentó forzar la simbiosis mediante la esclavitud.
Falló. Tú puedes lograrlo mediante la aceptación.
Extendió la mano y tocó mi hombro, justo donde el pequeño nomo espía estaba posado. Sentí una descarga eléctrica, pero esta vez no fue dolorosa. Fue clarificadora.
El nomo se movió, subiendo por mi brazo hasta mi cuello, acariciando mi mejilla con su cabeza fría. No sentí asco. Sentí... pertenencia.
—Él te ha elegido —dijo El Sombrerero—. Te llama hermana. Acéptalo. Dale un nombre.
Miré a la pequeña criatura. Sus ojos curiosos me observaban.
—Puck —susurré.
El nomo emitió un chirrido alegre, como el de un grillo.
—Bien —dijo El Sombrerero, satisfecho—. Puck será tu guía en el mundo invisible. Te mostrará las grietas. Te mostrará dónde se esconden los que huyen.
Sacó otro objeto del bolsillo de su chaleco. Era un espejo de mano, pequeño, redondo, con el marco de plata oxidada. Pero no estaba roto. Estaba intacto.
—Este es tu instrumento —explicó, entregándomelo—. No refleja tu rostro. Refleja tu intención. Si miras a través de él con miedo, verás monstruos. Si miras con autoridad, verás sirvientes. Si miras con amor... verás la verdad.
Tomé el espejo. Era pesado, frío.
—¿Por qué me ayudas? —pregunté.
El Sombrerero sonrió, una sonrisa triste.
—Porque yo fui un Guardián. Hace mucho tiempo.
Antes de que Madrid fuera Madrid. Antes de que los reyes construyeran sus palacios sobre nuestros templos.
Fallé. Perdí a mi humanidad. Me quedé atrapado en el umbral.
Ahora soy un eco. Un vendedor de fragmentos.
Pero tú... tú tienes carne. Tienes sangre.
Tienes amor. Tienes una oportunidad que yo perdí. No la desperdicies.
Se puso de pie, ajustándose el sombrero.
—Volved cuando tengáis preguntas. O cuando tengáis miedo. El miedo es el mejor maestro.
Antes de que pudiéramos responder, se dio la vuelta y comenzó a caminar entre los puestos del Rastro, desapareciendo en la multitud como humo en el viento.
Nos quedamos solos, con el espejo en mi mano y Puck acurrucado en mi cuello.
—¿Confías en él? —preguntó Álvaro.
—No —respondí, mirando el espejo intacto—. Pero confío en lo que dijo. Sobre la aceptación. Sobre el poder.
Levanté el espejo. Miré a través de él. No vi mi rostro. Vi una silueta oscura, poderosa, rodeada de pequeñas luces danzantes. Vi a Puck brillando como una estrella. Vi a Álvaro, detrás de mí, como un pilar de luz sólida.
Vi mi futuro. No era luminoso. No era feliz en el sentido tradicional. Era oscuro, complejo, peligroso.
Pero era mío.
—Vamos —dije, guardando el espejo en mi bolso—. Tenemos trabajo que hacer. Puck ha detectado algo. Una grieta. Cerca del Palacio Real.
Álvaro asintió, sacando su revólver.
—Entonces, vamos a cerrarla.
Caminamos hacia el centro de la ciudad, dos figuras solitarias en un mar de indiferencia. Yo, la Guardiana. Él, el Inspector. Y juntos, íbamos a limpiar las sombras de Madrid.
Pero mientras caminábamos, sentí una punzada en el pecho. El espejo en mi bolso vibraba. Algo grande se acercaba. Algo que no era un nomo. Algo que no era humano.
La Devoradora no había muerto. Solo había cambiado de forma. Y ahora, tenía hambre de nuevo.