El secreto de la cripta Capítulo 27 La sombra del Inquisidor
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Capítulo 27 La sombra del Inquisidor

La lluvia había cesado, dejando tras de sí un amanecer gris y plomizo que teñía las torres de Toledo con una luz enfermiza, como si la ciudad misma estuviera enferma de fiebre.

Beatriz caminaba por las calles desiertas, alejándose del palacio, alejándose de Gabriel, alejándose de la última chispa de humanidad que le quedaba.

Llevaba el vestido empapado, pegado a su piel como una segunda capa de dolor, pero no sentía frío.

Sentía una claridad gélida, una lucidez cortante que le permitía ver el mundo no como un lugar de belleza o misterio, sino como una red de causas y efectos, de traiciones y consecuencias.

La nota de su padre era clara: "Ven sola.

O tu amante morirá." Era un ultimátum clásico, brutal en su simplicidad.

Pero Beatriz sabía que Valdemoro y su padre no actuaban por capricho.

Actuaban por necesidad. Tenían la parte del saber que podía destruir —los nombres, las pruebas de herejía, los mapas de poder—, pero les faltaba la clave para acceder al resto, o quizás, la legitimidad para usarlo sin provocar una revuelta inmediata.

Necesitaban a Beatriz. No solo como llave física, sino como símbolo.

Como la heredera legítima que validaba su usurpación.

Y ella iba a dárselos. Pero no como una víctima. Como un caballo de Troya.

Se dirigió hacia la Plaza de Zocodover. El mercado aún no había abierto, pero los preparativos estaban en marcha.

Carros de bueyes llegaban cargados de verduras y ganado; los vendedores levantaban sus puestos con movimientos rutinarios, ignorantes del drama que se estaba gestando en las sombras de la nobleza.

Beatriz se mezcló con ellos, pasando desapercibida gracias a su aspecto harapiento y a la capucha baja que ocultaba su rostro.

Llegó a la Catedral Primada. Las grandes puertas de bronce estaban cerradas, pero una pequeña puerta lateral, la Puerta del Reloj, estaba entreabierta.

Dos guardias reales, con armaduras brillantes y alabardas en ristre, custodiaban la entrada.

No eran hombres de Valdemoro. Eran soldados de la Corona.

Esto la sorprendió. ¿Por qué involucrar a la guardia oficial?

¿Acaso la conspiración había llegado tan alto?

Uno de los guardias la vio acercarse.

—Alto —ordenó, con voz autoritaria—. La Catedral está cerrada al público hasta la misa mayor.

Beatriz levantó la vista. Bajó la capuja lo suficiente para revelar su rostro pálido, demacrado, pero innegablemente noble.

—Soy Beatriz de Alarcón —dijo, con la voz firme, proyectando la autoridad de su linaje aunque lo detestara—. Y tengo una audiencia con el Santo Oficio.

Los guardias intercambiaron una mirada de sorpresa y respeto temeroso. El nombre Alarcón aún tenía peso, incluso manchado por los rumores recientes.

—El Inquisidor General la espera, señora —señaló el guardia, apartándose para dejarla pasar—. Por aquí.

Beatriz entró. El interior de la Catedral estaba sumido en una penumbra azulada, iluminado solo por la luz difusa que se filtraba a través de los vitrales altos.

El silencio era absoluto, sagrado. Caminó por la nave central, sus pasos resonando en el mármol pulido como latidos de un corazón gigante.

Se dirigía hacia el coro, hacia la sacristía mayor, donde se reunía el tribunal de la Inquisición para los casos de alta traición y herejía.

Al llegar a la puerta de la sacristía, dos hombres vestidos con hábitos negros, rostros ocultos bajo capuchas, le hicieron señas para que entrara. Beatriz obedeció.

La sala era amplia, austera, decorada solo con un gran crucifijo de madera oscura en la pared del fondo.

En el centro, alrededor de una mesa de roble macizo, estaban sentados tres hombres.

Uno era su padre, don Rodrigo de Alarcón, con el rostro demacrado, los ojos hundidos en cuencas oscuras, pareciendo un hombre que no había dormido en semanas.

Otro era el Conde de Valdemoro, sonriendo con esa satisfacción arrogante que Beatriz ya conocía demasiado bien.

Y el tercero...

El tercer hombre era alto, delgado, de una palidez cadavérica.

Vestía el hábito rojo y negro de la Santa Inquisición.

Su rostro era anguloso, con pómulos afilados como cuchillos y ojos grises, fríos, desprovistos de cualquier emoción humana.

Era el Inquisidor General Fray Tomás de Torquemada...

no, él había muerto años atrás. Este era su sucesor, o quizás, su espíritu encarnado.

Fray Bartolomé de las Casas... no, ese era un defensor de los indios.

Este era otro. Fray Ignacio de Loyola...

no. Era alguien nuevo. Alguien cuyo nombre Beatriz no conocía, pero cuya presencia irradiaba un mal puro, destilado.

—Bienvenida, hija mía —dijo el Inquisidor, con una voz suave, aterciopelada, que contrastaba horrorosamente con la frialdad de sus ojos—. Te hemos estado esperando.

Beatriz no respondió. Se quedó de pie, observándolos. Vio la tensión entre su padre y Valdemoro. Vio la complicidad silenciosa entre Valdemoro y el Inquisidor. Y entonces, lo comprendió.

Valdemoro no era el cerebro de la operación. Era el ejecutor. El brazo armado. El cerebro era el Inquisidor.

—Ustedes trabajan juntos —dijo Beatriz, no como una pregunta, sino como una afirmación.

Valdemoro soltó una risa corta.

—Observadora, como siempre. Sí, Beatriz. El Conde y yo tenemos... intereses comunes. Él busca el poder secular; yo, la pureza espiritual. Pero ambos sabemos que la verdad debe ser controlada. Y tú, querida prima, eres el recipiente de esa verdad.

El Inquisidor se levantó lentamente. Caminó hacia Beatriz, rodeando la mesa con pasos silenciosos.

—Tu linaje, Beatriz, es una mancha en el rostro de Dios.

Una mezcla impura de sangre judía y cristiana, de ciencia y superstición.

Durante siglos, hemos permitido que vuestra familia viviera en la sombra, custodiando el secreto, porque era útil.

Porque el saber prohibido necesita guardianes.

Pero ahora... ahora el mundo ha cambiado.

La Reforma amenaza nuestra fe. Los turcos acechan en el Mediterráneo.

Necesitamos ese saber. No para compartirlo.

Para destruirlo. Para asegurar que nadie más pueda desafiar el orden divino establecido por la Iglesia.

Beatriz sintió náuseas. No era solo codicia. Era fanatismo. Querían destruir el conocimiento para mantener el monopolio de la verdad. Querían quemar la biblioteca de los Ben-Alarcón para que solo la Biblia permaneciera.

—Y mi padre... —miró a don Rodrigo, que evitaba su mirada—. ¿Él está de acuerdo con esto?

Don Rodrigo levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—No tuve elección, Beatriz —masculló—. El Inquisidor... él sabe todo. Sabe sobre tu madre. Sobre tu verdadero padre. Si no cooperaba, te habría quemado a ti también. A los dos.

Beatriz sintió un dolor agudo en el pecho. Su padre, el hombre que la había criado, la había entregado a cambio de su propia supervivencia. No por amor. Por cobardía.

—¿Dónde está Gabriel? —preguntó, con la voz helada.

Valdemoro sonrió.

—A salvo. Por ahora. Pero su vida depende de tu cooperación. Entréganos la ubicación exacta de la cámara sellada. Dinos cómo abrir los sellos finales. Y él vivirá. Te lo prometo.

Beatriz los miró a los tres. A su padre cobarde. A Valdemoro ambicioso. Al Inquisidor fanático. Y supo que no podía confiar en ninguna de sus palabras. Una promesa hecha por monstruos no vale nada.

Pero tampoco podía luchar contra ellos físicamente. Estaba sola. Desarmada. Rodeada de enemigos.

Tenía que ganar tiempo. Tenía que engañarlos.

—De acuerdo —dijo, con una voz plana, desprovista de emoción—. Os llevaré allí. Pero necesito ver a Gabriel primero. Para asegurarme de que está vivo.

El Inquisidor frunció el ceño, sospechoso.

—Eso no es parte del acuerdo.

—Es mi condición —respondió Beatriz, con una firmeza que los sorprendió—.

Sin verlo, no hablo. Sin verlo, no me muevo.

Podéis matarme ahora mismo, pero el secreto morirá conmigo.

Y sé que no queréis eso. Queréis el saber intacto.

Queréis la gloria de haberlo recuperado. Así que traedme a Gabriel. Ahora.

Hubo un silencio tenso. Valdemoro miró al Inquisidor, buscando aprobación. El Inquisidor estudió a Beatriz durante un largo momento, buscando engaño. Pero solo vio la desesperación de una mujer que ama. Y eso, para él, era una debilidad explotable.

—Traed al prisionero —ordenó finalmente.

Dos guardias salieron de la sala. Minutos después, regresaron arrastrando a Gabriel. Estaba herido, sangrando por una nueva herida en la cabeza, pero vivo. Sus ojos se encontraron con los de Beatriz. En ellos leyó preocupación, miedo, pero también comprensión. Sabía lo que ella estaba haciendo.

—Gabriel —dijo Beatriz, con la voz quebrada, fingiendo una emoción que no sentía completamente—. ¿Estás bien?

Gabriel asintió débilmente.

—Beatriz... no lo hagas. No les des lo que quieren.

—Cállate —ordenó Valdemoro, dando un golpe a Gabriel con la empuñadura de su espada.

Beatriz fingió sobresaltarse, retrocediendo.

—¡Basta! ¡Le haré daño si le hacéis daño a él!

El Inquisidor sonrió, satisfecho.

—Muy bien, señorita Alarcón. Veo que su lealtad es... convincente. Llevadla a la cámara. Que nos muestre el camino. Y vosotros —señaló a los guardias—, vigilad al capitán. Si intenta algo, matadlo.

Beatriz fue escoltada fuera de la sacristía, seguida por Valdemoro y el Inquisidor. Don Rodrigo se quedó atrás, temblando, incapaz de presenciar el final de su propia creación.

Mientras caminaban por los pasillos oscuros de la Catedral, Beatriz pensaba rápidamente. Tenía que llevarlos a la cámara. Tenía que abrir la puerta. Pero una vez dentro... ¿qué? No podía luchar contra ellos. No podía escapar.

Pero había algo que el Inquisidor no sabía. Algo que ni siquiera Valdemoro conocía.

La cámara no solo contenía libros. Contenía trampas. Mecanismos de defensa antiguos, diseñados por los Ben-Alarcón para proteger el saber de los intrusos. Y Beatriz, gracias al manuscrito, conocía esos mecanismos.

Sonrió internamente. Una sonrisa fría, vengativa.

Los llevaba a su tumba. Y ella estaría allí para verlos caer.